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Ante todo nos dirigimos y agradecemos a todos por la ayuda que nos dan con este blog ya sean seguidores, oyentes del programa de radio y por sobre todo a todos aquellos propietarios de webs, blogs, libros y todos los lugares donde han obtenidos la información y nos han acercado a nuestro mail para que podamos publicarlas en este humilde blog, para que todas las semanas desde hace ya 7 años podamos compartir en dos emisiones las tantas historias, enigmas y misterios del universo que se van pasando de generación en generación y así reflejar esas viejas leyendas, historias, enigmas y misterios que de niños oímos mas de una vez y que nos asustaban en algunos casos como también en otras nos enseñaban a valorar y respetar esas narraciones.

Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.

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lunes, 7 de abril de 2014

La Niña Que Fue Por El Medico



El doctor S. Weir Mitchell, eminente neurólogo de la Filadelfia del siglo xix, quedó adormecido en su butaca una tarde de invierno, tras una agotadora jornada de trabajo en su clínica.

Le despertó el timbre de la puerta, y al abrirla vio en el escalón a una niña con un raído chai sobre los hombros y tiritando de frío. Le pidió que fuese con ella a ver a su madre que, según le explicó, estaba desesperadamente enferma.
El doctor la siguió por las nevadas calles hasta una vieja casa, y la chiquilla le guió escaleras arriba.

Allí encontró a una enferma, a la que reconoció como antigua sirvienta de su casa. Diagnosticó que padecía neumonía y envió a buscar las medicinas que necesitaba. Mitchell acomodó a la enferma lo mejor que pudo y la felicitó por tener una hija tan obediente.

Al escucharlo, la anciana lo miró sorprendida y le dijo: «Mi hija murió hace un mes. En aquel armario están sus zapatos y su chai.»

El médico encontró allí el mismo chai que había visto sobre los hombros de la patética muchacha que llamó a su puerta. Estaba doblado y seco, y era imposible que hubiera sido utilizado a la intemperie aquella noche bajo la rigurosa nevada.

La chica que le condujo a la casa no apareció jamás.

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