Atención Por Favor.

Ante todo nos dirigimos y agradecemos a todos por la ayuda que nos dan con este blog ya sean seguidores, oyentes del programa de radio y por sobre todo a todos aquellos propietarios de webs, blogs, libros y todos los lugares donde han obtenidos la información y nos han acercado a nuestro mail para que podamos publicarlas en este humilde blog, para que todas las semanas desde hace ya 7 años podamos compartir en dos emisiones las tantas historias, enigmas y misterios del universo que se van pasando de generación en generación y así reflejar esas viejas leyendas, historias, enigmas y misterios que de niños oímos mas de una vez y que nos asustaban en algunos casos como también en otras nos enseñaban a valorar y respetar esas narraciones.

Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.

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martes, 11 de julio de 2017

Juegos Públicos Antigua Grecia

En la antiguedad se establecieron los juegos públicos, que eran a manera de espectáculos que se celebraban en el circo, en el estadio o en otros lugares destinados a este fin. No había en Grecia ni en Roma juegos que no estuviesen consagrados a alguna divinidad, y nunca se procedía a su celebración sin antes haber ofrendado sacrificios a los dioses.

Los cuatro principales juegos de Grecia eran los Olímpicos, los Píticos o Pitios, los Istmicos o Istmios, y los Nemeos.

Juegos olímpicos

Fueron establecidos en honor de Júpiter y se celebraban cada cinco años en Olimpia, ciudad de la provincia de la Elide, en el Peloponeso; empezaban el 22 de junio y duraban cinco días. Eran los más antiguos, solemnes y brillantes de toda la Grecia.

Su origen es muy dudoso, pero comúnmente se cree que fueron instituidos por Pelops, hijo de Tántalo. Atreo ordenó por segunda vez que fuesen celebrados, hacia el año 1250 a.C. Al volver Hércules de la expedición a la Cólquide, reunió en Olimpia a los argonautas para celebrar de nuevo allí estos nobles ejercicios en memoria del éxito de la expedición, y cada espectador y cada atleta se comprometieron a volver a Olimpia para el mismo fin, después de transcurridos cuatro años. Las guerras intestinas de Grecia interrumpieron tales fiestas hasta el reinado de Ifito, rey de la Elide y contemporáneo de Licurgo, es decir, durante tres siglos.

La celebración de estos juegos se regía por un lapso de cuatro años, período que recibió el nombre de olimpíada y que —a partir del año 776 antes de Jesucristo, en que se fijó la primera— fue adoptado por los griegos como unidad para contar el tiempo.

Los ejercicios que se verificaban habitualmente eran los cinco siguientes: 1. la carrera, que al principio se efectuaba a pie, después a caballo y por fin en carro; 2. el salto, que consistía en salvar un foso o una elevación cualquiera; 3. el disco, que era una piedra muy pesada que debía ser lanzada lo más lejos posible; 4. la lucha o combate de dos atletas, cuerpo a cuerpo; 5. el pugilato, que era una especie de esgrima a puñetazos. Los dos atletas, antes de salir al combate, armaban sus vigorosas manos con un guante de cuero provisto de trozos de plomo, se lanzaban uno sobre otro y se aporreaban a puñetazos hasta que uno de los dos se declaraba vencido o expiraba en la lid. El combate constituido por los ejercicios consecutivos de la lucha y el pugilato, recibía el nombre de pancracio, y cuando se quería designar todos ellos con una sola palabra, se les llamaba el pentatleo, o sea los cinco combates reunidos.

Estas fiestas eran presididas por jueces elegidos entre los eleos, que cuidaban de mantener el orden e impedir que para ganar el premio se pudiese recurrir al fraude o a la superchería. Los vencedores obtenían por toda recompensa una corona de olivo, pero eran conducidos en triunfo a su patria, sobre un carro tirado por cuatro caballos blancos y, como mayor homenaje, entraban en la ciudad por una brecha expresamente abierta en sus muros. Horacio llega a afirmar que el laurel ganado en Olimpia elevaba al atleta victorioso por encima de la condición humana: «No es ya un hombre —dice— es un dios».

Juegos píticos

Fueron instituidos en Delfos por el mismo Apolo con motivo de la victoria por él obtenida sobre la serpiente Pitón. Se celebraban cada cinco años, y al principio fueron verdaderos certámenes de poesía y música: el premio era otorgado al concursante que había compuesto y cantado el himno más hermoso en honor del dios cuyas flechas habían causado la muerte al monstruoso reptil. Tiempo después se añadieron a éstos los otros combates de los juegos olímpicos. El laurel fue la recompensa concedida a los vencedores.

Juegos ístmicos

Fueron instituidos en honor de Neptuno por Teseo, hacia el año 1260 antes de Jesucristo, y se celebraban siempre con gran esplendor en el istmo de Corintio —circunstancia a la que deben su denominación— cada tres años, durante el verano. La afluencia de espectadores era tan grande que solamente los’ notables de las ciudades griegas podían contar con un puesto. En estos juegos, como en los olímpicos, se disputaba el premio de la carrera, el salto, el disco, la lucha y el pugilato, sin excluir los certámenes de la poesía y la música. Una rama de pino coronaba la frente de los atletas victoriosos.

Según algunos autores, estos juegos fueron establecidos por los corintios en honor de Melicerto, hijo de Afamante, cuyo cadáver había sido depositado por las olas en las riberas del istmo.

Juegos Nemeos

La institución de estos juegos se remonta hasta la victoria obtenida por Hércules sobre el león de Nemea, o, según otros, fueron creados por los habitantes de Argos con motivo del trágico fin del joven Arquemoro, cuya historia abreviada es como sigue.

Licurgo, rey de Nemea, entregó su hijo Arquemoro a Hipsipile, después de haberla reducido a la esclavitud, para que lo amamantase. Un día en que la nodriza vagaba placenteramente por el campo con el niño en brazos, acercáronse a ella los siete jefes argivos, que cruzando el bosque nemeo marchaban a la expedición contra Tebas, en súplica de que les indicase una fuente próxima en que satisfacer la sed intensísima que les abrasaba y descansar un momento. La esclava, sin medir lo peligroso de lo que hacía o quizá ofuscada por la turbación, dejó al niño sobre una mata y acompañó a los expedicionarios hasta una fuente algo distante. Mientras tanto, la criatura moría ahogada por una serpiente.

Hipsipile fue condenada por Licurgo a prisión, y la muerte hubiera sido el castigo de su descuido, pero los jefes argivos intercedieron en su favor, obtuvieron su libertad y dedicaron al pequeño Arquemoro magníficos funerales.


Desde entonces, cada tres años, se celebró en este mismo lugar y con la misma suntuosidad, la conmemoración de esta desgracia. Sólo los argivos contribuyeron a los gastos de estos juegos, cuya presidencia ocupaban vestidos de riguroso luto, y los vencedores eran coronados con apio silvestre, que es una planta fúnebre.

Ruinas De Copán

La zona arqueológica de Copan se encuentra ubicada en la parte más occidental de Honduras, dentro de los límites lingüísticos del área Chortí, dialecto derivado de la antigua lengua Maya. La parte restaurada se conoce como “Parque Arqueológico de las Ruinas de Copan” en el que hay cinco plazas o atrios y varios templos, con las esculturas más sobresalientes y monumentos arquitectónicos construidos por los Mayas de la época clásica. En Copan la fecha inscrita más antigua encontrada hasta hoy es 9.3.6.17.18. año 501 después de Cristo; y, la más reciente es 9.18.10.0.0. año 800 D.C.; sin embargo, se encuentran indicios de que grupos de recolectores y cazadores se encontraban establecidos en esta zona 2,000 años antes de Cristo, más o menos. En Copan es frecuente encontrar cerámica Mamón o abuela, y también: Chicanel, Tzokol y Tepeuh.

Ruinas de Copán
La zona arqueológica de Copan se encuentra ubicada en la parte más occidental de Honduras, dentro de los límites lingüísticos del área Chortí, dialecto derivado de la antigua lengua Maya. La parte restaurada se conoce como “Parque Arqueológico de las Ruinas de Copan” en el que hay cinco plazas o atrios y varios templos, con las esculturas más sobresalientes y monumentos arquitectónicos construidos por los Mayas de la época clásica. En Copan la fecha inscrita más antigua encontrada hasta hoy es 9.3.6.17.18. año 501 después de Cristo; y, la más reciente es 9.18.10.0.0. año 800 D.C.; sin embargo, se encuentran indicios de que grupos de recolectores y cazadores se encontraban establecidos en esta zona 2,000 años antes de Cristo, más o menos. En Copan es frecuente encontrar cerámica Mamón o abuela, y también: Chicanel, Tzokol y Tepeuh.




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Rastros fehacientes del período formativo de la Civilización Maya de Copan, se encuentran en los grupos de El Sapo y de Titoror. En el primero tallas toscas en la roca bruta, y sus montículos sin explorar no se sabe qué ocultan. Titoror muestra una época en que los mayas quizás no conocían o dominaban el estuco y menos la talla, apenas sabían como labrar la piedra pero conocían como pigmentaria. La primitiva estela de Quebrada Seca y frente a ella tres quemadores de copal y un altar, nos hacen meditar en aquellos ritos dedicados al sol naciente.

La entrada por la avenida principal del Parque Arqueológico de las Ruinas de Copan, con montículos a sus lados, aún sin explorar, cubiertos de arboleda tropical, dá al visitante un impacto de esplendor lleno de paz; luego, se empieza a meditar, pareciendo increíble que aquél sitio haya sido el centro científico de la época clásica de los Mayas, “la ciudad en donde aparece el uso más antiguo de los numerales en forma de cabeza”; lugar en donde el nuevo método de computar los meses lunares se empleó en el año 682 D.C.; el lugar en donde se hizo el cálculo más completo del año trópico, acontecimiento que aparece conmemorado en el Altar “Q”, con una reunión de la Academia Maya de Ciencias, con astrónomos de otros centros mayas de la época.

Causa gran admiración poder apreciar en COPAN las distintas esculturas, estelas y altares; los golpes precisos dados por los talladores con herramientas rudimentarias, cinceles hechos de rocas durísimas, encontradas en la toba volcánica y otros de pedernal y de obsidiana. Estos artistas en la talla, lograron hacer sobresalir de los bloques de roca andesita, acarreados de las canteras que están a la vista del Parque, las figuras humanas de sus altos personajes, algo que no pudieron lograr los talladores de otros centros mayas del viejo imperio o época clásica. Se nos pregunta: ¿por qué en Copan no hay tallas de figuras guerreras? . La respuesta es simple: en Copan la clase de dirigentes fue de científicos y no de guerreros.

El pequeño museo de San José de Copan, muestra una rica colección de tesoros de incalculable valor arqueológico; cuchillas de obsidiana, cerámica, collares de Jade, pendientes y placas de obsidiana y de jade, esculturas variadas; las cuchillas de obsidiana encontradas en el Templo 11 que se encuentran en una de las vitrinas, parece ser que fueron empleadas para afeitarse y para hacerse tatuajes cicatrizables. Debe tenerse presente, además, que una de las expediciones del Museo Peabody encontró en Copan, las primeras pruebas de dentistería prehistórica que constituye el primer testimonio de incrustaciones hechas hace más de mil años según la exposición hecha por el Doctor en Dentistería R.R. Andrews en el Primer Congreso Médico Panamericano realizado en la ciudad de Washington.


Escribir sobre Copan con toda la amplitud deseada, necesitaría de varios volúmenes y aún así, se corre el riesgo de olvidar aspectos interesantes; solamente visitando Copan, con detenimiento y estudios, puede valorarse su riqueza.

La Leyenda Del Poás - El Sacrificio de Rualdo

Costa Rica es un hermoso país de la América Central cuya exótica Geografía exhibe selvas espesas y montañas jalonadas por fieros volcanes. Uno de ellos es el Poás.

En las selvas que se extienden en los alrededores del coloso, viven infinidad de aves cantoras, muchas de ellas con nombres curiosos y muy originales. Sólo una, la más bella por los colores de su plumaje, es muda. Se llama Rualdo y es el principal protagonista de una hermosa leyenda indígena.

Cuenta esta leyenda que hace muchos siglos, antes de la llegada de los conquistadores, el Rualdo era un ave de plumaje corriente pero su canto era el más bello y melodioso de toda la selva.

En los límites de la jungla, cerca del volcán, había un poblado indígena. En una de sus chozas vivía una hermosa muchacha huérfana, amiga de los pájaros…

Todas las mañanas, al dirigirse al río con un pequeño cántaro, la doncella caminaba lentamente, mientras escuchaba extasiada el hermoso canto de las pequeñas aves…

En cierta ocasión, una pareja de Rualdos anidó cerca de su choza. Día a día la joven observaba complacida el alegre ir y venir de los pajaritos, llevando alimentos a su pequeñuelo.

Una mañana…

Qué extraño, hace dos días no oigo el canto de los rualdos y el pequeño no hace más que piar desesperadamente.

Algo tuvo que haberle ocurrido a los padres… jamás podrían abandonar a su cría así por así…

Ven conmigo amiguito, yo te cuidaré hasta que seas grande y fuerte. Conmigo nadie te hará daño.

Desde entonces la muchacha se dedicó con sumo esmero al cuido del indefenso paj arillo. El animalito pronto creció y se hizo vivaz y cantarín, alegrando con sus trinos la morada de la solitaria joven.

El vínculo que se estableció entre el Rualdo y su ama, llegó a ser entrañable. El ave acompañaba a la joven en todo momento y lugar, ella le contaba sus cuitas y confidencias.

Un día…

¡La furia del Poás se ha desatado!

La tierra tembló violentamente y los habitantes del poblado salieron de sus chozas, presas del pánico. Mientras bajaban torrentes de lava por las laderas del volcán.

¡El dios del volcán está molesto, hay que calmar su furia antes de que sea demasiado tarde!

¡Reverenciamos tu grandeza gran dios del fuego y del trueno… compadécete de nosotros!

Los brujos pronunciaban oraciones ininteligibles y le ofrecían al dios volcánico animales y frutas. Mientras tanto, la joven huérfana corrió a esconderse al interior de su choza.

No temas pequeño Rualdo, pronto pasará la furia del gran dios. El volcán rugía cada vez con mayor furia.

El gran dios no se conforma con nuestras ofrendas… parece pedir algo más…

Sí… y yo creo saber que quiere…

El brujo más anciano decidió acercarse a la lava para confirmar sus corazonadas

Quiere un sacrificio humano

¡Soy tu confidente, gran dios del fuego… dime con qué ofrenda calmaremos tu furia!

El monstruo confió sus secretos al gran brujo…

Quiero en sacrificio a la doncella más hermosa del poblado… la doncella más hermosa del poblado…

… La doncella más hermosa del poblado… yo sé bien donde vive… en la vieja choza con su Rualdo.

El brujo convocó a todos los líderes del poblado y los enteró sobre los deseos del dios del Poás.

No hay tiempo que perder, vamos por esa doncella antes de que sea demasiado tarde.

En el interior de la choza, la joven yacía escondida en un rincón, acompañada de su Rualdo. Su corazón parecía avisarle del peligro que corría su vida.

De pronto…

Sabemos que estás ahí muchacha, hemos venido por ti para sacrificarte al gran dios del fuego.

No por favor, no quiero morir.

Es inútil que implores piedad muchacha, todo el pueblo atiende los deseos del gran dios del volcán.

La doncella pronto comprendió su imposibilidad de luchar contra los designios de su pueblo. Su vida y su belleza eran inevitablemente el precio a pagar para salvar a los suyos de una muerte segura.

Si me niego al sacrificio, el dios del volcán aniquilará entonces a todo este poblado y yo, de todas formas, moriré. Ofrendaré mi vida para cumplir la voluntad de mi raza y salvar así a muchas vidas inocentes.

Venciendo sus temores, la muchacha se entregó a los supremos sacerdotes.

A lo alto, el monstruo volcánico esperaba impaciente a su víctima.

El sacerdote condujo a la doncella cerca del cráter. Ahí, mascullando oraciones, la dejó en libertad para que avanzara hacia el fuego. No podría ya retroceder, a sus espaldas esperaban los cuchillos del pedernal…

Por el bien de mi pueblo, por la salvación de mi raza, acógeme en tus entrañas, gran dios del fuego y de la lava…

La muchacha dio unos pasos vacilantes y entonces…

Gran dios del Poás, te imploro el perdón para mi ama…

Volando en círculos sobre el cráter, mientras burlaba las lenguas de fuego, el Rualdo habló al volcán en el lenguaje misterioso de la naturaleza…

A cambio de su vida te ofrezco la armonía de mi voz

Y el Rualdo cantó como nunca antes lo había hecho. La maravilla de sus melodiosos trinos vibraron en el ambiente, ahogando el rugido del coloso volcánico.

El Poás se enterneció, la dulzura de los cantos hicieron saltar sus lágrimas, llenándose con ellas el cráter en medio de una gran humadera.

El fuego y la lava se extinguieron, ocupando en su lugar una hermosa laguna que cubrió gran parte de la oquedad del volcán.

Testigos maravillados de tan soberbio espectáculo fueron la hermosa doncella huérfana y su noble Rualdo, el cual seguía volando en círculo sobre el enorme cráter…

Las ardientes emanaciones del fuego extinto habían secado su voz para siempre pero el calor doró sus plumas y las matizó de hermosos colores azul y verde.

En adelante la selva jamás volvería a deleitarse con la mágica armonía de sus trinos, pero su hermoso plumaje sería una melodía visual para todos aquellos que gozaban del privilegio de verlo volar sobre bosques y montañas. La doncella regresó a la aldea, en medio del asombro y el silencio reverencial de toda la población.


Cuenta la leyenda que el Poás, ennomblecido por el sacrificio del Rualdo, nunca dejó de llorar. De cuando en cuando deja escapar chorros de vapor caliente… son los llantos tardíos del gran dios del fuego y de la lava…

domingo, 9 de julio de 2017

La Fuente Del Sacrificio

Leyendas indígenas de mi tierra ¡cuánta belleza y cuánta imaginación hay en ellas …!

Al desprenderse un terraplén de tierra, cerca del yurro cantarina, dejó al descubierto una pared casi vertical, como si ella hubiera sido hecha a propósito por la cuchilla de un aparato mecánico moderno.

Examinada por los vecinos de la ranchería cercana, encontraron que ciertas líneas transversales simulaban el cuerpo de una joven india, acostada con la cara al cielo.

Aquella buena gente de la Sabana de la Concepción, del cantón de Buenos Aires, se quedó “pasmada” de asombro, porque ese tatuaje en la pared del cerro, venía a recordar una vieja y extraña leyenda indígena, casi olvidada, del tiempo de la conquista y la pacificación.

Y diz los vecinos más ancianos, que a su vez lo escucharon de sus progenitores, que fue precisamente en ese mismo sitio, que siempre se llamó la Fuente del Sacrificio, donde un padre indígena sorprendió a su hija con un soldado español de los que acompañaron en su gira, por aquellos lados, a Vázquez de Coronado. Y continúa la leyenda diciendo que aquel padre, enardecido por la ira, de un flechazo mató al arcabucero, al verlo entretenido deleitándose en acariciar los senos de la india, y que, a continuación, para limpiar la impureza, procedió a rebanar a aquellas partes de la belleza aborigen.

Pero la leyenda no concluye ahí, porque notada la ausencia del deseatriado soldado aventurero en la expedición, Vázquez de Coronado ordenó la búsqueda encontrándoselo muerto con una flecha en la espalda.

Hechas las averiguaciones, y convicto de asesinato el indio, que no negó los cargos, fue condenado a morir a garrote “para escarnio de uno y otro”.

La joven india, arrepentida y mordida por la pena de sentirse causante de tan gran tragedia, después de esconderse varios días, retornó al sitio y se dejó morir.


Por algunas lunas y muchos soles aquellos graves sucesos fueron el plato de conversación de la indiada, pero los años fueron pasando poniendo su polvito de olvido en la mente de todos y nadie volvió a recordarlos. Es decir, sí se recordaban; allá de cuando en cuando, un abuelito en la tertulia familiar hacía triste reminiscencia de esa historia.

La Leyenda Del Turrialba

Hace muchísimos años, antes de que los españoles vinieran a estas tierras, vivían en la región de lo que hoy conocemos como Turrialba, indios fuertes y valientes, dispuestos a defender su territorio y a las gentes de su tribu. Estos indios eran artistas y trabajaban el barro con mucha maestría. Ellos hacían vasijas y ollas, adornadas con lindos dibujos, también figuras de gente y de sus dioses. Eran inteligentes y cultos. Tenían su música y sus danzas. Los instrumentos musicales los fabricaban ellos mismos con pieles y cueros de animales que cazaban.

En ese tiempo, el cacique de la tribu era un hombre entrado en años, que había quedado viudo. Tenía una hija. La cuidaba como su mejor tesoro. Ella se llamaba Cira. Cira era una india muy bella, de quince años, de cuerpo esbelto, pechos en maduración y carnes morenas provocativas. Su cabello era largo y de color negro, era además caritativa y amorosa con todos; manejaba el arco y la flecha con destreza. Ella iba a bañarse al río, bien custodiada por otras mujeres de la tribu, que peinaban sus largos cabellos y los perfumaban con aceites de flores.

El cacique quería darla en matrimonio a un joven de la tribu, guapo y famoso cazador. Este joven regalaba a Cira conchas de colores para adornar su cuello y sus brazos. Pero Cira no lo quería. Ella estaba enamorada de un indio de otra tribu. Su amor era secreto y nadie, ni siquiera sus más íntimas amigas, lo sabían. Solo una vez lo había visto, cuando se reunieron todas las tribus de la región para danzar y jugar. Pero desde esa vez, la imagen del indio quedó grabada en su mente. Sólo quería verlo. Muchas veces, guiada por aquella idea, Cira se había adentrado en el bosque con la ilusión de encontrarse con él. ¡Nada! Parecía habérselo tragado la tierra.

Un día, las ganas de ver al muchacho no la dejaban dormir. Cira se levantó. Echó a andar como llamada por una voz extraña. La luna estaba clarísima. Alumbraba todo el campo. Silenciosa se alejó del campamento de su tribu. Estaba asustada y oía latir su corazón. Tenía miedo de que alguien de su tribu la hubiera seguido. Sus pies quebraban las ramitas secas, sintió miedo, gritó, pero las tinieblas devoraban su grito; comenzó a llorar. Los animales nocturnos huían asustados. Caminó y caminó, internándose cada vez más. Ya cansada de vagar se sentó a la par de un enorme tronco de un viejo árbol para recuperar las fuerzas por un momento, pero se quedó dormida. Los árboles dejaron penetrar hilos de plata que iluminaban el rostro de aquella virgen salvaje. Entonces tuvo un hermoso sueño: el hombre que ella quería llegó y le dio un beso. Cira se despertó sobresaltada, llamándolo. Cuando abrió los ojos vio a un joven indio, alto, y apuesto, que le sonreía dejando entrever una dentadura blanca y parejita ¡Era su amado! Efectivamente, él se había detenido ante aquel diamante rodeado de esmeraldas.

La alegría de encontrarse fue tanta que los jóvenes se abrazaron y se besaron una y otra vez. El hombre le cantó su amor acompañado del leve suspiro de las hojas que crujían ante el alba que nacía, débil cinta de plata iluminaba la pareja feliz; las estrellas temblorosas, como pétalos de rosa que se marchita, comenzaban a huir. Y allí nació un amor vigoroso y bello, como bella es la naturaleza que les sirvió de escenario. Mientras tanto, en la tribu de Cira había confusión, el padre de Cira había ordenado la búsqueda de la muchacha. Muchos indios andaban por todo el bosque llamándola desesperadamente, los caracoles punzaron el espacio con su grito de alerta. El viejo cacique, el primero, se internó en la selva que ocultaba a su diosa. Todos los indios con sus arcos lisos, le seguían de cerca. Caminaron, caminaron; el sol se desprendía alegre y coquetón de la cima.


Los dos amantes estaban ahí al pie del tronco, muy abrazados. Cuando su padre vio a ambos jóvenes, su enojo no tuvo límite y lanzó un grito que hizo temblar la selva, pues el indio pertenecía a otra tribu. Entonces quiso separarlos y matarlos, pero al levantar su arco para atravesarlos, la tierra se agitó y abrió sus entrañas y se tragó a los dos jóvenes. Luego salió una columna de humo sagrado, como testimonio o apoteosis del amor eterno entré ambos jóvenes de dos razas y de la tierra brotó lava y piedras hasta convertirse en un volcán.

Guanina y Sotomayor (Leyenda Taina)

Guanina era una india taina, hermana de Agüeybaná el Bravo, jefe de la tribu y de un grupo de bravos guerreros, el cacique supremo de toda la isla de Puerto Rico. Guanina significa en el lenguaje taíno: “Resplandeciente como el oro”.

Los conquistadores españoles se habían apoderado de la isla de Borinquén, que así se llamaba entonces la isla de Puerto Rico.

En aquel tiempo, un indio llamado Guarionex vivía enamorado de Guanina. Guanina era la hermana del cacique supremo, o sea el jefe de todas las tribus de la isla.

Cada vez que Guarionex veía a Guanina, el corazón le latía de tal manera que parecía que se le quería salir del pecho. Cada vez que él la veía le declaraba su amor. Ella no le correspondía porque vivía enamorada de un conquistador español llamado Don Cristóbal de Sotomayor, alcalde mayor y fundador de un poblado al que había bautizado con su propio apellido.

Guarionex, lleno de odio mortal hacia Sotomayor, le gritaba: – ¡Don Cristóbal, uno de los dos debe de morir! Tú no mereces vivir porque me robaste el amor de Guanina, y yo no quiero seguir viviendo si me falta su amor.

Los indios ya no podían soportar más el trato cruel de los españoles. Los indios taínos los habían recibido con amistad y habían celebrado la ceremonia del guatiao ( pacto de fraternidad que sellaban con el intercambio de nombres). Por eso al cacique Agüeybaná también se le llamaba Don Cristobal.

Los españoles, haciendo caso omiso al pacto, se repartieron a los indios como siervos. Los explotaban especialmente en los yacimientos de oro. Así explotados, los indios anhelaban volver a ser libres. Una noche, celebraron un areito (reuniones para celebrar sus fiestas, recordar tradiciones, y tomar decisiones, sobre todo cuando era necesario resolver sobre una guerra). Esa noche Agüeybaná y los taínos decidieron que los españoles tenían que morir para ellos poder ser libres otra vez.

Guarionex quiso el poblado de su enemigo mayor, que era Don Cristóbal de Sotomayor. Güarionex no pudo matar a Don Cristobal de Sotomayor porque en ese momento Sotomayor estaba llegando al bohío de Agüeybaná donde Guanina le advirtió que se salvara pues los indios se habían levantado en su contra.

Sotomayor se fue con sus soldados a La Villa de Caparra para ver al Gobernador. Agüeybaná le prestó a Sotomayor a unos Naborías para que lo ayudaran con la carga. Pero en secreto les dijo que cuando empezara el ataque, huyeran con las vitualles. Guanina no quiso dejar a Sotomayor huir solo y se fue con él.

Los indios tainos los persiguieron y el ataque empezó. Sotomayor peleaba ferozmente con su espada mientras los golpes de las macanas de los indios le iban abriendo profundas heridas. En el momento de mayor peligro, Guanina se interpuso entre Sotomayor y los indios y recibió en su cuerpo la herida mortal que iba dirigida a su amado. En ese momento de distracción de Sotomayor, Agüeybaná aprovechó para traspasarlo con su flecha. Cayó Sotomayor en los brazos de su amada Guanina.

Agüeybaná mandó a que los enterraran juntos, pero que a Sotomayor le dejaron los pies fuera de la tumba para que no pudiera encontrar el camino a la tierra de los muertos.

Poco después los españoles rescataron los cuerpos y los enterraron, uno al lado del otro, al pie de un risco empinado y a la sombra de una enorme ceiba.

Desde entonces, los jíbaros dicen que cuando el viento agita de noche las ramas del árbol frondoso, se oye un murmullo, que no es el rumor de las hojas, y se ven dos luces muy blancas, que no son luces de luciérnagas o cucubano, sino los espíritus de Guanina y Sotomayor que flotan, danzan y se funden, cantando la dicha de estar unidos siempre.


cucubano = insecto volador que despide una luz azulada durante la noche.

viernes, 7 de julio de 2017

El Señor Wolo y El Señor Kuta

Esta es la historia del señor Wolo y el señor Kuta. El señor Wolo es un pájaro y el señor Kuta es una tortuga. El señor Wolo tenía hambre. ¡Papapapapaap! ¡Tenía mucha hambre! ¡El señor Wolo siempre tenía hambre! Acostumbraba a coger algunas semillas de los campos. Pero ese año había pocas semillas. Las lluvias habían llegado tarde y se fueron pronto. Los granjeros estaban preocupados porque no podían llenar sus graneros. Lo hicieron todo para proteger sus cosechas. Uno de los granjeros se había construido una pequeña cabaña en su campo. Se sentaba allí todo el día para mirar su campo. Estaba muy preocupado. Cada tarde inspeccionaba su campo. Cada tarde algunas semillas se perdían.

-Debe de ser ese pájaro -se decía-. Durante todo el día lo veo sentado en el árbol. Estoy seguro que ese pájaro se come mis semillas. ¡Pero espera, ave! Te cogeré.

En efecto, ese pájaro era el señor Wolo. Miraba con cuidado al granjero. Cuando este se marchaba, el señor Wolo se apresuraba a coger algunas semillas.

Un día el granjero no vio al señor Wolo. Pensó:

-Ese pájaro no osa volver. Tiene miedo, la cogeré.

El granjero estaba muy contento.

¿Qué pasó? ¿Por qué el granjero no vio al señor Wolo? Esa mañana, de camino hacia el campo, el señor Wolo se encontró al señor Kuta.

-Buenos días, señor Kuta. ¿Cómo va la mañana? ¿Y cómo va usted?

-La mañana está aquí, señor Wolo, y yo estoy bien. Pero la vida está difícil en estos días. No hay mucha comida -dijo el señor Kuta.

-Tienes razón -dijo el señor Wolo- pero, ¿por qué no te unes a mí? Conozco un lugar donde podemos recoger un montón de semillas.

-Ea, conozco el campo de donde sacas las semillas. Es ése de ahí. El granjero mira su campo cada día. Tiene un arco y flechas. Tiene un cuchillo. Es muy peligroso sacar semillas de ahí.

-No te preocupes, señor Kuta. Te ayudaré.

-¿Cómo puedes ayudarme? ¿No ves mis piernas? Son demasiado cortas. Si el granjero viene detrás de mí, no podré escapar. Soy demasiado lento.

-Te ayudaré a escapar -dijo el señor Wolo.

-No puedes ayudarme. Tú tienes alas y puedes volar muy lejos, pero yo no tengo alas. El granjero me cogería.

-Sí, señor Kuta, tengo alas. Tienes razón. Puedo volar si veo que se acerca el granjero. Así es como voy a ayudarte. Te llevaré conmigo. Volaremos muy lejos juntos.

El señor Wolo pensó para sus adentros: “Debo persuadir a este estúpido para que se una a mí. El granjero le verá y pensará que es el único que coge sus semillas”.

-Pienso, señor Kuta, que te preocupas demasiado. Juntos podemos coger más semillas que si estamos solos. Tú tienes hambre y yo tengo hambre. Prometo ayudarte. Si no nos apresuramos, otros cogerán las semillas. Vayamos al campo.

-De acuerdo -dijo el señor Kuta- confío en ti. Vayamos.

Llegaron al campo. El granjero no estaba.

-¿Lo ves, señor Kuta? El granjero no está. Podemos comer todas las semillas que queramos.

Entonces empezaron a escarbar para coger las semillas. Escarbaron y escarbaron. El señor Kuta escarbaba y el señor Wolo recogía los granos. De vez en cuando se comían algunos.

-Voy a descansar un rato -dijo el señor Wolo, y se puso a volar hacia la cima de un árbol.

-¡Eh! ¿Qué estás haciendo? -gritó el señor Kuta, asustado.

-Quiero descansar. He comido mucho. No te preocupes -contestó el señor Wolo.

¡Tap, tap tap! ¡Bang, bang! El señor Kuta oyó que alguien se acercaba.

-¡Malditos ladrones! -oyó.

Al señor Kuta le entró el pánico. “El granjero viene, el granjero viene. ¿Dónde está el señor Wolo?” Se apresuró a esconderse debajo de un montón de ramas. El granjero ya estaba allí..

-¿Qué es esto? -gritó-. ¿ Dónde están mis semillas? ¿Dónde está el ladrón?

Miró a su alrededor. No había nadie.

-Has desaparecido, ladrón, pero sé que volverás.

El granjero volvió a su cabaña. El señor Kuta salió de su escondite.

-¡Uf! -dijo-. El granjero se ha ido, pero… ¿dónde está el señor Wolo?

-Estoy aquí -dijo el señor Wolo-. Te he estado observando todo el rato. Estaba aquí para protegerte. No perdamos más tiempo. Tenemos que acabarnos las semillas antes de la puesta del sol.

Los dos continuaron escarbando y comiendo semillas. ¿Qué hizo el granjero? Se quedó en su cabaña espiando a través de un agujero.

-¡Ajá! -dijo-. El ladrón ha vuelto. Veo movimiento allí detrás. Ahora lo cogeré.

Esta vez el granjero no se acercó andando, se deslizó como una serpiente. El señor Wolo y el señor Kuta estaban es ese momento trabajando duro, por eso no lo oyeron llegar.

“Hoy es mi día de suerte” pensó el señor Wolo. “Este señor Kuta es un poco estúpido, pero es muy trabajador. Lo voy a dejar trabajando un rato mientras yo me tomo un descanso”.

-Lo estás haciendo bien, señor Kuta -le dijo-. ¿Sabes? Voy a ir volando a buscar a mi hijo para que nos ayude.

-De acuerdo, señor Wolo. Tu hijo puede ayudarnos. Estoy cansado. Pero asegúrate de volver pronto.

El señor Kuta estaba solo y cansado.

¡Bang, bang! ¿Qué estaba pasando?

-¡El ladrón! ¡El ladrón! ¡He cogido al ladrón! Mira a esa tortuga, ahora no puede escapar.

El granjero bailaba y gritaba.

“El granjero me ha cogido. ¿Qué puedo hacer?”, se decía el señor Kuta.

-Buenas tardes, señor granjero -dijo-. Soy el señor Kuta y he venido a ver sus semillas.

-¡Oh sí! Tú has venido a ver mis semillas. ¡Has venido a comértelas! No me mientas. Tú eres el ladrón y voy a matarte. Vas a venirte conmigo. Mi mujer va a cocinarte y voy a comer una estupenda sopa.

El señor Kuta estaba asustado.

-Se trata de un malentendido, señor granjero. Déjeme que le cuente algo antes de matarme.

-No me hagas perder el tiempo. He estado esperando durante días para cogerte, ladrón. Ahora tengo hambre. Aquí está mi cuchillo. Voy a matarte.

-Espere, espere, señor granjero. No debería matarme así. Voy a cantar una canción para usted. Déjeme que le cante una canción.

-De acuerdo, tortuga. Puedes cantar una canción mientras afilo mi cuchillo.

El señor Kuta había ganado algún tiempo. Debía hacer cualquier cosa para escapar. Pero ese señor Wolo lo había decepcionado, no tenía el corazón limpio.

El señor Kuta cantó su canción:

El ave me decepcionó

El ave me decepcionó

En el campo del granjero

Me dijo que fuéramos a robar semillas

Pero yo le dije que no tenía pico

Me dijo que fuéramos a robar semillas

Pero yo le dije que no tenía piernas

Aún así me dijo que fuéramos a robar semillas

Y yo le dije que no tenía alas

El ave me decepcionó

El ave me decepcionó

En el campo del granjero

Al principio el granjero casi no lo oyó. No estaba interesado. Aún estaba enfadado por las semillas que había perdido. Estaba hambriento y su mente sólo pensaba en comida. Pero como el señor Kuta continuó cantando, algo extraño le sucedió al granjero. Le empezó a gustar la canción. Era tan dulce. El granjero notó cómo sus piernas se movían. Estaba bailando.

La canción terminó.

Señor granjero -dijo el señor Kuta- si quiere que sus esposas oigan la canción, podemos ir al lavadero y voy a cantar para ellas.

-Tortuga, eres un ladrón y estoy decidido a matarte. Pero mis mujeres deben oír tu canción. Les va a gustar. Vamos.

Se marcharon hacia el lavadero.

-Mujeres, les he traído al ladrón que robaba mis semillas. Lo vamos a matar para hacer sopa. Pero primero va cantar una canción para nosotros. El señor Kuta cantó su canción:

El ave me decepcionó

El ave me decepcionó

En el campo del granjero

Me dijo que fuéramos a robar semillas

Pero yo le dije que no tenía pico

Me dijo que fuéramos a robar semillas

Pero yo le dije que no tenía piernas

Aún así me dijo que fuéramos a robar semillas

Y yo le dije que no tenía alas

El ave me decepcionó

El ave me decepcionó

En el campo del granjero

Las mujeres lo escucharon y les gustó la canción. Eran felices. Todo el mundo bailó.

-Veo que les gusta mi canción -dijo el señor Kuta-. Si quieren disfrutar más, puedo cantarla otra vez. Pero hace mucho calor aquí. Déjanos ir a la orilla del río, hay árboles y se está más fresco.

Todos estuvieron de acuerdo. Todos siguieron al señor Kuta hasta la orilla del río. El señor Kuta cantó su canción. La cantó dos veces. Cantó, cantó y cantó. La gente escuchaba y bailaba.

El señor Kuta también bailaba. Se movía lentamente hacia todos los lados. Se acercó al agua. Nadie se dio cuenta de los movimientos del señor Kuta. Se acercó más y más al agua.

La gente bailaba. No se dieron cuenta de que allí no había nadie cantando la canción. No habían visto al señor Kuta deslizarse hasta el agua. Se había marchado. El señor Kuta había desaparecido. Era afortunado por haber escapado del peligro.

El señor Kuta llegó a la otra orilla del río. Dio gracias a Dios.

-La gente todavía está bailando. Mi canción les ha hecho felices, pero ahora se ha acabado. Es hora de marcharme y descansar.


Cuento anónimo africano