lunes, 1 de septiembre de 2014

Vampiros y Personajes Históricos

Más conocido como Barba Azul, Gilles de Rais fue un aristócrata francés que vivió durante el siglo XV. Compañero de armas de Juana de Arco y un héroe nacional de la Guerra de los Cien Años, fue considerado en su tiempo como la reencarnación del mismo demonio y un desenfrenado homosexual, del que se dice que llegó a sacrificar más de ochocientos niños, a los que hacía raptar y llevar a su castillo. Allí cometía con ellos los más aberrantes rituales de magia negra y satanismo, de los que no se excluían prácticas como la violación o el descuartizamiento de los cuerpos, con el fin de procurarse la piedra filosofal que le concedería fortuna y vida eterna.

Por su parte, Erzsébet de Báthory, la Condesa sangrienta, fue miembro de una ilustre familia húngara, y vivió entre los siglos XVI y el XVII. Las campañas militares de su marido hacían que la condesa Báthory se viera obligada a pasar largas temporadas sola, así que comenzó a reunir a su alrededor una cohorte de encantadores, brujos y alquimistas que la iniciaron en las prácticas de magia negra. Convencida de que si se bañaba en sangre de doncellas conservaría su hermosura indefinidamente, inmoló para estos sangrientos rituales más de seiscientas víctimas reclutadas entre las campesinas de sus posesiones.

Otro de los más famosos criminales de la historia es el alemán Peter Kürten, conocido como el Vampiro de Dusseldorf, un sádico cuya mayor satisfacción era beber la sangre directamente de la herida que infligía a sus víctimas. La sucesión de crímenes que tuvo lugar en Colonia en los primeros años del siglo XX produjo el mismo pánico que la acontecida en Londres en tiempos de Jack el Destripador y fue justificada por el propio asesino en una serie de cartas que, una vez en prisión, dirigió a los familiares de sus víctimas, en las que hablaba de su necesidad de sangre, del mismo modo que otros necesitan el alcohol.

El más famoso de todos es sin duda Vlad Tepes, Príncipe de Valaquia, en cuyo personaje se inspiró Bram Stoker para escribir su célebre obra Drácula.
Nació hacia el 1428 y murió en 1476.

El apodo fue una herencia de su padre, príncipe del antiguo señorío de Valaquia, situado a orillas del Danubio, a quien sus súbditos concedieron el calificativo de Dracul (término rumano que significa 'el Diablo') por su extrema crueldad. El pequeño Vlad, tercero de los hijos del señor de Valaquia, fue desde su infancia Draculea, o lo que es lo mismo, 'hijo del Diablo', sobrenombre al que se añadió con el tiempo el no menos terrible de Tepes, 'el Empalador', por ser este el castigo que aplicaba contra sus enemigos.

Los escasos datos biográficos que ha transmitido la historia acerca de este personaje no son demasiado esclarecedores. Todo parece indicar que nació cerca de la ciudad transilvana de Sighisoara, donde vivía su padre por aquel entonces, en fecha que se desconoce, y casi seguro tuvo que ayudar desde muy joven a defender el trono de Valaquia, por el cual luchaban húngaros y rumanos desde hacía mucho tiempo; de hecho, la mayor de sus preocupaciones durante su vida fue conservar el principado, para lo cual tuvo que aliarse con sus enemigos declarados, los turcos. Sus deseos de recuperar su trono, que le había sido arrebatado por el príncipe húngaro Vladislav II, le hicieron alejarse poco a poco de los turcos y, hacia 1456, estrechar relaciones con el príncipe Iancu de Hunedoara, quien años antes había hecho ejecutar al padre de Vlad, y que a la sazón luchaba con el príncipe Vladislav por la posesión de las ciudades que éste tenía en Transilvania.

Tepes no desaprovechó la oportunidad que se le presentaba de recuperar de nuevo el control de sus dominios y, viendo que el rey de Bohemia, Ladislao V de Habsburgo, veía peligrar sus intereses en la zona en conflicto, solicitó de éste un ejército con el que entrar en combate y, pocos meses más tarde, volvía a reinar en Valaquia. En 1457, los príncipes húngaros y alemanes, temerosos del fuerte impulso independentista que el valaco estaba imprimiendo a su reinado, se aliaron entre sí y emprendieron una campaña popular contra él, que terminó cuando Vlad hizo empalar a los cabecillas rebeldes, a los que previamente había hecho cavar sus tumbas. Así pues, el que para unos era un héroe nacional, ardiente defensor de la independencia de su país, para otros fue un sádico, que torturaba a sus víctimas innecesariamente, tan sólo por su propio placer.

Una vez establecido en su trono, el siguiente problema que Tepes tenía que encarar era la cuestión turca, que en los últimos tiempos se había visto agravada ante la negativa del valaco a pagar tributos. Cuando el sultán Muhammad II le citó cerca de Bucarest con una excusa banal, Vlad fingió caer en la trampa, e incluso acudió con generosos regalos para el de la media luna, quien, confiado en su astucia, no se dio cuenta que los encargados de transportar los ricos presentes eran soldados del séquito del príncipe, que apresaron a los otomanos y volvieron con ellos a Tirgovisthe, la capital valaca, donde una vez más se ejecutó con ellos el castigo que había hecho famoso a Draculea, el empalamiento.

Animado por el triunfo, el voivoda continuó avanzando hacia Estambul sobre la orilla derecha del Danubio, diezmando las tropas turcas (sus víctimas se contaron en número de veinticuatro mil, entre soldados y civiles, como cuenta él mismo en una carta dirigida al soberano Matías Corvino); la oportunidad de poner fin al poderío turco era, pues, de oro, algo que no supieron ver los príncipes cristianos, que no prestaron al valaco ninguna ayuda. Así las cosas, el sultán Muhammad II reunió el mayor ejército jamás visto (un cronista de la época da la cifra, sin duda exagerada, de doscientos cincuenta mil hombres) y aprestó a los hombres a la lucha, que estaría reforzada por una flota en el Danubio. Contra todo este aparato bélico, Vlad sólo podía oponer su pequeño ejército de diez mil hombres y recurrir a estrategias como la guerra de guerrillas y la tierra quemada que, sin embargo, le valieron el triunfo sobre el Sultán. Éste se vio obligado a ordenar la retirada y presentar la rendición, pero mediante una serie de intrigas políticas consiguió que el propio rey Matías ordenase encarcelar a Tepes. Durante los doce años que duró su cautiverio, desde 1462 a 1475, fue su hermano Randu quien ocupó el trono de Valaquia, que puso prácticamente en manos turcas.

La historia no aclara debidamente en que momento Vlad consiguió salir de la prisión, pero se tiene constancia de que tomó parte en la batalla de Vaslui, en la región de Moldavia, el 10 de enero de 1475, a las órdenes de Esteban Báthory, y también de que al año siguiente el príncipe volvía de nuevo a tomar posesión de su trono. Pocas semanas más tarde fue sorprendido sin su escolta por los turcos, asesinado a traición y su cabeza fue exhibida en Estambul.


Tipología Del Vampiro

El vampiro babilónico, conocido bajo el nombre de ekimmu, era el espectro de un difunto que, al no encontrar reposo en la vida ultraterrena, intentaba en ésta adueñarse de las almas de los vivos. Además, existían variantes de estos demonios-vampiros, según el lugar en el que vivían; por ejemplo, los utuhhu vagaban por el desierto, camuflados entre las dunas de arena para atacar a los hombres; mientras que los maskinvolaban por los cielos gracias a sus grandes alas, provocaban los eclipses e incendiaban las colas de los cometas.

El vampiro egipcio era, como la mayoría de las divinidades del panteón, un híbrido entre animal y humano. Aparece la figura de Apoop o Uapuait, con cabeza de lobo, de perro o de chacal, provista de afilados colmillos con los que devora cadáveres humanos. Este tipo de deidades pasaron más tarde a integrar la lycópolis griega.

Entre los vampiros de la antigua Roma, aparte de las hermosas mujeres-vampiro, las striges, se encuentran los lémures, espíritus de los antepasados difuntos, susceptibles de convertirse en vampiros y llevar a cabo su actividad maléfica si no se les apaciguaba con complicados rituales destinados a impedir que volvieran a la tierra. Estos ritos (denominados en principio Remuria y, más tarde, por corrupción de la primera letra, Lemuria) fueron instituidos por Rómulo para expiar la muerte de su hermano Remo, y los llevaba a cabo el cabeza de familia.

El vampiro hindú, llamado rakshasa, es de naturaleza semidivina y hace gala de las más reprensibles pasiones (lujuria, glotonería y violencia). Su natural maléfico les impulsa a devorar los cadáveres humanos, con los que practicaban rituales caníbales; sin embargo, entre ellos se muestran lealtad y un cierto afecto filial. De aspecto repulsivo, pueden tomar cualquier forma que deseen a voluntad y son grandes aficionados a la magia. La ciudad donde habitan se encuentra en la isla de Ceilán (la actual Sri Lanka) y es extraordinariamente bella, pues está construida por Vivakarma, el arquitecto de los dioses; sobre ésta ejerce su poder el rey Râma.

El vampiro islámico, a pesar de su nombre, gulo, que remite a la palabra eslava ogoljen, presenta notables diferencias con los vampiros de la tradición cristiana. Era un ser demoníaco que se movía entre el cielo y la tierra, sin miedo a la luz solar, y que adoptaba un comportamiento bastante normal, a fin de pasar inadvertido. Solían habitar en los cementerios, practicaban la necrofagia y se les combatía con fuego. No chupaban la sangre a sus víctimas, posiblemente debido a que el los países árabes, por razones climatológicas, se tiene de por sí la costumbre de extraer la sangre de los animales comestibles, para conservar su carne en buen estado el mayor tiempo posible.

El vampiro rumano, llamado strigoi (derivado de striga, 'gritar', porque sus estridentes chillidos se oyen preferentemente durante la noche, cuando luchan entre sí), puede ser de dos tipos: por nacimiento o por haberse convertido en tal una vez muerto. El primer tipo posee dos corazones y una cola peluda que crece con el calor, apéndice que les confiere su fuerza. Los strigoi muertos, mucho más malignos, son sorprendentemente hábiles a la hora de metamorfosearse en insectos y otros animales nocturnos. Es significativo observar que si bien tienen forma humana, presentan gran cantidad de atributos animales en su físico, tales como patas de cabra, pezuñas o grandes orejas, características que se repiten con frecuencia en la iconografía infernal formando un conjunto muy homogéneo.

El vampiro eslavo-griego, que recibe el nombre de vlkodlak o vurdalak, reúne todas las características de varios seres fantásticos de la región montañosa de la Arcadia, en el Peloponeso, y es posible que se derive del culto a Zeus licio ("Zeus lobo"), cuyos sacerdotes se reunían una vez al año para comer una mezcla de carne humana y animal especialmente preparada para la ocasión; de hecho, el vurdalak nace de la mordedura de un licántropo, la cual, como la del vampiro, causa la mutación en el atacado después de la muerte. Del vampiro rumano hereda ciertas características cósmicas que le permiten ascender al cielo y devorar la luna, causando los eclipses, mientras que del vampiro griego conserva la piel tirante del cuerpo, con su aspecto congestionado y el color rojo sangre.
El radio de acción del vurdalak es siempre el mismo y siempre en ciclos de siete años, pasados los cuales debe cambiar de zona para comenzar un nuevo ciclo. Aunque sus hábitos son idénticos a los de todos los vampiros, uno de ellos los hace especialmente temibles: prefieren chupar la sangre de sus parientes más allegados y de sus amigos más íntimos. Para neutralizarlo se recomienda introducir en su ombligo un ramo de espino albar y, tras cubrir con rastrojos las partes peludas del cuerpo, prenderle fuego con una vela utilizada para velar a un muerto.

El vampiro gitano, denominado mulo, 'el que está muerto', aúna tradiciones antiquísimas de los países del este de Europa. La transformación en mulo sólo puede realizarla un muerto de la etnia gitana, nunca un payo, y su acción es de tipo sexual más que sanguinaria, lo cual supone un mal de menor categoría.

El vampiro chino presenta características muy similares a las hasta ahora citadas: recibe su fuerza de la Luna, adquiere su forma humana a expensas de un cadáver y realiza bellas acrobacias aéreas durante la noche. Con sus brillantes ojos que lucen en la oscuridad, largas uñas y un exuberante pelo blanco o verde cubriendo su cuerpo, presenta las mismas características satánicas que sus colegas europeos.

El vampiro americano fue de amplia difusión en ambos lados del continente, dada la importancia que tuvo la sangre en los rituales religiosos; desde el Pacífico hasta las Montañas Rocosas los propios indios desarrollaron actividades de tipo vampírico, como la antropofagia con los enemigos muertos y vivos o comer ciertas vísceras de los guerreros, lo que otorgaba al que las ingería las cualidades que representaban -el corazón, el valor o el coraje, o el cerebro, la inteligencia. En lo que respecta a su morfología, los americanos eran similares a los vampiros ya vistos, excepción hecha del mejicano, que se distinguía claramente por llevar el cráneo rapado, o del vampiro brasileño, que podía ser serpentiforme.

La figura femenina, la vampira, tuvo bastante importancia en América. Ya en época de la conquista española se citan ciertas brujas, llamadas civateteo, que succionaban la sangre de sus víctimas, preferentemente infantiles, hasta que morían por consunción. Otra modalidad de vampiro femenino fueron las iraguru, ancianas que habitaban en la isla de Granada (perteneciente a las Antillas, en el Caribe), a las que un pacto con el demonio dotaba de su enorme fuerza destructora, gracias a la cual obtenían la mayor cantidad posible de sangre humana de los lactantes. La misma superstición del vampiro femenino (lilith) aparece, curiosamente, entre un pueblo marcadamente monoteísta como el hebreo.
La imagen de la bruja asesina y devoradora de niños tuvo amplia difusión en las civilizaciones europeas, especialmente desde que en la Edad Media se proyectó en su figura el temor a la muerte y se convirtió a la mujer en portadora de la monstruosidad del género humano. En su versión moderna y humorística, el término vampiresa (o más familiarmente, vamp o vampi) se asoció a la femme fatale, una fémina atractiva y codiciosa, que utiliza en su provecho a los hombres que caen en sus redes.

La última mención es para el vampiro español, país en el que la idea del cadáver viviente es extremadamente antigua, como reseña el antropólogo Caro Baroja a raíz de sus estudios con pinturas rupestres. Muestra cómo en una sociedad eminentemente agrícola, en la que el culto y la religión estaban relacionados con la Naturaleza, tampoco es posible esquivar este tema, visible en representaciones pictóricas de seres de aspecto animal (perros o lobos con feroces colmillos, al lado de otros seres alados).


Los Geoglifos Olvidados

Al norte de Chile, entre Arica y Tocopilla, diseminados por el desierto de Atacama, se contabilizan decenas de figuras y dibujos que, al igual que en Nazca y Paracas, parecen concebidos y realizados para ser observados desde el aire o desde la distancia.

Allí, en mitad de la desolación del desierto, aparecen líneas y pistas como las de Nazca, figuras de hombres, gigantescos sapos, rebaños de camélidos, enigmáticos círculos, espirales, flechas y un sin fin de símbolos de difícil interpretación.

Muchos de estos geoglifos, a diferencia de los nazqueños, no ofrecen duda alguna sobre la técnica de su realización. Basta aproximarse a ellos para observar que han sido ejecutados mediante la acumulación de piedras de origen volcánico que oscilan entre los diez y cincuenta centímetros de longitud. De esta forma, el material lítico gris oscuro, distribuido a manera de mosaico, se destaca sobre el resto del terreno, multiplicando el efecto visual. Pero aunque en este caso se sepa el método de realización lo que sigue siendo una incógnita es el porqué o para qué de su existencia.


¿Se trataba de señalizaciones? ¿Algo así como los modernos indicadores de nuestras carreteras?. Eso podría encajar con determinados geoglifos ubicados al filo de los antiguos caminos y cañadas. Pero, ¿cómo ajustar esa tesis a las figuras que reposan lejos de las rutas caravaneras?. Por otra parte, las enormes proporciones de muchos de ellos parecen reñidas con una intencionalidad meramente orientativa, ya que sólo son perceptibles desde el aire.

lunes, 11 de agosto de 2014

Dos Amigos: Indios y Lobos

Desde luego los lobos no eran los únicos animales a los que los indios respetaban, en todas las tribus que existieron, tenían las mismas normas respecto a los demás animales, se cazaba lo necesario para alimentarse, y siempre se pedía antes permiso a la madre naturaleza.

Al matar el animal se le honraba con una petición: que el espíritu del animal penetrara en el cazador, tomando así las grandes virtudes del animal.

El lobo era uno de los animales al que más respetaban y el espíritu del lobo representaba la fuerza, la inteligencia y la nobleza.


Mitos De La Creación

Eran numerosas las tribus de América, pero todas quedaron plasmadas finalmente en diversas clasificaciones. Una de ellas es la que propone a los algonquinos e iroqueses del este, los pescadores del noroeste, los esquimales del norte, los cazadores de búfalos o indios de las praderas occidentales, y los del lejano oeste en la zona del desierto y California.

Todos estos grupos, a pesar de las grandes distancias que los separaban (tanto espaciales como lingüísticas), tenían unos mitos y unas leyendas comunes sobre su propia creación que les vinculaba directamente con la naturaleza.

En la primera parte del mito se cuenta cómo los dioses o pueblos primitivos habitaban un mundo de paz y armonía. Poco a poco, esa unidad fue rota por los intereses personales y las acciones que, conscientes o no, hacían daño a los demás. Los dioses se metamorfosearon gracias a sus poderes, convirtiéndose en todo lo que hoy conocemos: árboles, flores, el Sol, las estrellas, pájaros, peces... Sólo un reducido número se abstuvo del caos y la discordia y continuó viviendo tan armoniosamente como lo hiciera hasta entonces.

La segunda parte del mito narra cómo ese pequeño grupo de dioses pasó a crear el mundo que conocemos actualmente. Aquí las diferentes tribus difieren en sus versiones. Algunas, como la de los sioux, tienen la creencia de que su raza sobrevivió en un pueblo subterráneo cerca de un inmenso lago. Varios hombres subieron cierto día por las raíces de unos viñedos que despuntaban en la tierra y quedaron maravillados al ver la gran cantidad de alimentos vegetales y la abundancia de animales de la superficie en comparación con lo pobre de su subsuelo. Bajaron de nuevo a contarlo y el pueblo entero abandonó sus hogares y les siguió; pero no todos lograron subir, ya que el peso de una mujer corpulenta hizo que la planta se rompiera.

Esta leyenda, además, es la base de las creencias siouanas de la reencarnación, puesto que tras la muerte piensan que su alma regresará a aquel lugar subterráneo, unos bajando a través de las raíces, mientras que otros no podrán realizar el pasaje debido al peso de sus pecados y permanecerán en la superficie.

Tribus distintas sitúan su origen en la creación de los hombres por parte de su máxima deidad o Gran Espíritu (el Gran Manitú entre los algonquinos e iroqueses, y Wakan-Tanka en el lenguaje de los indios de las praderas) a partir del barro modelado, previamente extraído de las profundidades del mar, que después era colocado sobre la tierra para que desarrollara su vida.

Otros pueblos, no obstante, tienen el mito común de que el Gran Espíritu, desde el cielo, o el mismo Sol, al mirar a la Madre Tierra la fecunda, y de ella nacen los primeros hombres que conforman las actuales tribus amerindias.


El Indio Tal Y Como Lo Hizo El Gran Espíritu

¿Has comido bien, hermano? ¿Tienes hambre? Éste es el saludo del piel roja. Los blancos se preguntan por la salud, el indio piensa que el que tiene el estómago lleno olvida sus desgracias.

Para el piel roja el tiempo no significa nada. El curso del Sol le informa sobre ciertos momentos del día. De un día a otro pasará un sueño. El piel roja habla también de lunas, porque ha advertido el fenómeno del ciclo de nuestro satélite.

Las estaciones son los momentos en que podrá recoger frutos o en que los bisontes regresarán a la llanura, o cuando el suelo está helado. Para hablar de un año dirá de una nieve a otra; la nieve es lo que cuenta, porque significa frío y sufrimiento. Lo que el indio no pueda hacer en una nieve lo hará en otra.
El paso del tiempo no representa gran cosa para unos hombres que rara vez mueren de vejez en su camastro, sino más bien de frío, hambre o por la bala del fusil de un blanco. Cuando vea al hombre blanco apresurarse para terminar las cosas cuanto antes, el piel roja dirá con una sonrisa compasiva: El rostro pálido se vuelve loco de tanto precipitarse.
El indio concede mucha importancia a su muerte, y a la vista de una bella mañana soleada dirá: Es un buen día para morir. Gracias a su muerte se seguirá hablando de él cuando haya entregado su alma al Gran Espíritu.

El piel roja es temperamental, puede sentirse muy orgulloso de sí y proclamarlo a voz en cuello o bien, avergonzado, ocultarse de todos. Se muestra tan puntilloso por el bien parecer que le desagrada importunar a los otros con preguntas.

El indio no blasfema, su vocabulario carece de insultos, y la peor de las ofensas es llamarle vieja o vieja cepa podrida. El bravo ofendido se retira mohíno a un rincón hasta que el ofensor acude a presentarle sus excusas, que serán tanto más rápidamente aceptadas cuanto más costosos sean los regalos que las acompañen.

La pregunta directa es la peor de las descortesías, y precisamente por eso un piel roja jamás dirá a uno de sus hermanos de raza: ¿ De dónde vienes? ¿Qué has hecho?. Tan curioso como una vieja lechuza, dará un largo rodeo hasta conseguir la respuesta sin haber formulado la pregunta. Los hombres blancos, que no conocían esta particularidad, se quejaban siempre de que los pieles rojas nunca respondían a sus preguntas y de que llegaban incluso a adoptar un semblante triste cuando se las formulaban. Sí, el indio se sentía triste al ver hasta qué punto podían ser descorteses aquellos hombres que se decían civilizados.

Si, por azar, un indio mataba a un blanco, los soldados de chaquetas azules acudían a la tribu para apoderarse del culpable. Con objeto de hacerse perdonar, éste les ofrecía tres o cuatro caballos como indemnización, pero los rostros pálidos nunca los aceptaban y se lo llevaban para ahorcarlo. Los pieles rojas han considerado siempre que un hombre que se balancea al extremo de una cuerda es una visión mucho más horrible que la falta que haya podido cometer. Si acontecía que un indio mataba a otro, la familia del muerto exigía una reparación, el culpable ofrecía unos regalos y el incidente quedaba zanjado. Si no podía realizar éstos se exiliaba, avergonzado, o era perseguido por los suyos por no haber respetado las costumbres. Los indios no reconocían el derecho de castigar con la muerte a uno de los suyos. Unos sioux, tras haber visto cómo unos blancos ahorcaban a otros blancos, juraron no tener jamás contacto alguno con tales salvajes.

Esta manera de ver las cosas abría un foso entre blancos y pieles rojas. Las palabras valentía y cobardía tampoco tenía para los indios el sentido que les dan los hombres blancos.
Totalmente carentes de prejuicios ante los cambios de opinión, los pieles rojas podían entablar un combate y detenerlo pocos minutos después por una razón práctica; esta conducta no podía ser entendida por los blancos.

Si el piel roja gusta de las bellas leyendas y de las verdes praderas, su sentido artístico no empaña en nada su sentido práctico. La verde pradera es verde a sus ojos porque engorda los bisontes de los que el piel roja se alimenta. Un bello bosque podrá ser una arboleda de troncos medio calcinados por el incendio entre los cuales pasar fácilmente el cazador y a los que abatirá con pocos esfuerzos para calentarse. Una ristra de perniles de alce será una decoración inigualable a la entrada de su tipi. Los barriles de madera que utilizaba el hombre blanco pueden convertirse en el más maravilloso de los objetos porque con el metal de sus aros el indio tallará las puntas de sus flechas y de sus lanzas, que tan útiles le resultan para la caza. El indio es positivo y considera que más vale pájaro en mano que ciento volando. Pero esto no impide que sepa sonreír cuando pierde.

La filosofía del indio se halla sobre todo determinada por los sueños. Toma esta filosofía del más allá, en la interpretación de los ensueños o de las humaredas y en el vuelo de las aves, pero lo más importante son los sueños. El indio, como cualquiera, sueña mientras duerme, pero este sueño no es tan fuerte, tan profético como el que puede obtener en la tienda ritual. En esta tienda, construida de diferentes maneras según las tribus, recibe un baño de vapor, sudando copiosamente. Entre los indios de las praderas se trata de un tipi de pequeñas dimensiones y especialmente dispuesto. Entre los indios de los bosques es un wigwam, cabaña reservada a este efecto. En ambos casos dispone de un agujero excavado en el centro del baño de vapor, donde se coloca el fuego. Encima de éste se sitúa una especie de rejilla sobre cuatro patas. Las mujeres se encargan de encender el fuego que luego cubren con piedras. Cuando ya están muy calientes, el indio se coloca en la rejilla y las mujeres arrojan agua sobre las piedras, con lo que se desprende un abundante vapor. A veces permanece durante varios días en esta tienda, mientras las mujeres mantienen el fuego y no dejan de arrojar agua sobre las piedras. Allí, en un ayuno ritual, el indio transpira abundantemente y llega a sufrir varios síncopes y alucinaciones que interpretar al recobrar la conciencia. Al salir de la tienda ritual su conducta se guiará por la interpretación de los sueños. Si el nuevo inspirado declara haber recibido un mensaje y éste es aceptado, puede cambiar el curso de la vida de toda la tribu. Estos sueños son la base de las expediciones bélicas y de las grandes partidas de caza. Pueden también obligar a la tribu entera a cambiar de campamento y a instalar la aldea a quinientos kilómetros del lugar donde se hallaba.Cada clan tiene sus brujos; entre los sioux es el chamán. Éste dispone de toda una gama de accesorios para predecir el porvenir. Conserva el secreto de sus recetas, que constituyen la fuerza de su medicina. Enciende fuegos y durante horas examina escrupulosamente las volutas de humo; arroja al suelo un puñado de ramitas e interpreta las formas geométricas que componen. Hace otro tanto con guijarros, leyendo con idéntica facilidad en la arena, en las nubes o en las entrañas de una rana: sus deducciones pueden aportar la prosperidad... o conducir al peor de los cataclismos.

Los indios llevan consigo constantemente un saco que los primeros norteamericanos llamaron medicina, pensando que contenía hierbas para cuidar las heridas y las enfermedades pero no se trataba de nada de eso. Confeccionado generalmente con la piel de un animal, el saco-medicina se halla siempre adornado, puede ser grande o pequeño, de piel de armiño, de lobo, de rana, de lince o de ave; la medicina comienza ya con la piel elegida. En ciertas tribus, el indio tiene dos sacos- medicina: uno, secreto y precintado, que no se abre nunca y va cosido a la ropa o atado al cuerpo; el otro le sirve de morral donde coloca su pipa, el tabaco, las pinturas para su cuerpo y sus talismanes. Estos últimos pueden ser una garra de oso, una piedra, una pluma, una pata de liebre, la oreja de un enemigo o cualquier otra cosa. Los dos sacos tienen el mismo carácter sagrado, porque los dos guardan objetos sagrados. El saco-medicina es la propia vida del piel roja y su protección. Todo depende de él, y para agradar a su medicina, el indio acaricia el saco, ofrece banquetes en su honor o se inflige duras penitencias si cree haber provocado su cólera. En este saco se hallan reunidos lo bueno y lo malo. Al llegar la pubertad, el joven indio se aleja de la tribu y ayuna aislado. Durante largos días llama al Gran Espíritu y elige al primer animal entrevisto en los sueños de su delirio. El joven ya no tiene más que regresar a la aldea, recobrar sus fuerzas y lanzarse armado a la búsqueda del animal designado por el Ser Eterno; este animal se convierte en su protector para toda la vida y con su piel el indio confecciona su saco. Nunca más podrá volver a matar un animal de esta especie sin destruirse a sí mismo. La medicina es un don del Gran Espíritu, del que el indio no puede disponer; vender su saco, darlo, perderlo, dejárselo quitar, convierte a este desgraciado en un-hombre-sin-medicina, que pierde en el acto el respeto de los suyos. Al indio así desposeído y afligido sólo le queda un recurso: arrancar el saco- medicina a un enemigo y regresar a su campamento para recuperar sus antiguos privilegios.


sábado, 9 de agosto de 2014

Perlas De La Sabiduria

En las largas noches de invierno los cazadores indios se reunían alrededor del fuego para escuchar las tradiciones históricas, las leyendas... y cuentos de hadas que les habían contado sus padres y los padres de sus padres...

Cuando se encuentran dos seres son como dos pájaros delante de una llama. Esta llama tiene dos lados, uno que calienta y otro que quema. El lado que te calienta es el lado que te gusta de la otra persona. El lado que te quema es el lado que no te gusta de ella. Si tienes la paciencia de sentarte al fuego y de aguantar la quemadura hasta que poco a poco se va apagando la llama que quema, hallarás la llama que calienta y estarás bien. Si no tienes esa paciencia tendrás que dejar el fuego, o quemarte más allá de lo que quieres. Tendrás que dejar muchos fuegos, quemarte muchas veces y quizá un día te quemarás en tu propio fuego.
Leyenda Amaisi-Yaqui, La voz del viento

Lo que les sucede a los animales, también les sucede a los hombres. Eso lo sabemos muy bien. Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una misma familia. Todo está unido. Lo que acaece a la Tierra, les acaece, también, a los hijos de la Tierra.
Gran Jefe Seattle

Permanecía yo entonces allí, de pie, sobre la más alta de las montañas y abajo, a mi alrededor, estaba el círculo del mundo. Y mientras allí estuve contemplé más de lo que pude describir y comprendí mucho más que lo hasta entonces visto; porque veía de un modo sagrado la forma de todas las cosas en el Espíritu y la forma de todas las formas, como si todo viviera unido cual si fuera un único ser. Y contemplé como el círculo sagrado de mi pueblo formaba parte de los muchos círculos que componen el Gran Círculo, amplio como la luz del día y como la luz de las estrellas en la noche, y en su centro crecía un árbol poderoso y florecido, para cobijar a todos los hijos de una misma madre y de un mismo padre. Y vi que esto era sagrado.
Alce Negro

Desde su juventud, Caballo Loco (Tashunka Witko) había sabido que el mundo en que vivían los hombres era sólo una sombra del mundo real. Para entrar al mundo real él tenía que soñar, y cuando estaba en el mundo real todo parecía flotar o bailar. En este mundo real su caballo bailaba como si fuera salvaje o estuviera loco, y por esta razón se llamaba a sí mismo Caballo Loco. Había aprendido que si entraba soñando en el mundo real antes de una pelea, podría resistir cualquier cosa.
Dee Brown, Bury my Heart at Wounded Knee


Todo lo que hace el Poder del Universo lo hace en forma de círculo. El cielo es circular, y he oído decir que la tierra es redonda, y las estrellas son redondas. El viento, en su fuerza máxima, se arremolina. Los pájaros hacen sus nidos en forma de círculos, pues tienen la misma religión que nosotros. El sol sale y se pone en círculo, como la luna. Incluso las estaciones forman un círculo enorme, y vuelven siempre a donde estuvieron. La vida del hombre es un círculo de infancia a infancia. Nuestros tipis eran redondos como los nidos de los pájaros, y siempre se disponían en círculo, el aro de la nación, nido de múltiples nidos, en el que el Gran Espíritu deseaba que nosotros empollásemos a nuestros hijos.

Nos hicieron muchas promesas, más de las que puedo recordar.
Pero de todas sólo cumplieron una.
Prometieron despojarnos de nuestra tierra... y así fue.


Que nuestra Madre Tierra se envuelva
en una cuádruple túnica de harina blanca.
Que sea cubierta de flores de escarcha.
Que allá, en todas las montañas cubiertas de musgo
los bosques se aprieten unos contra otros, de frío.
Que sus brazos sean quebrados por la nieve
para que la tierra permanezca así.

He esculpido mi báculo de oración
en forma de seres vivos.
Ofrenda Zuñi
En la gran noche mi corazón saldrá.
A mi encuentro viene la oscuridad zumbadora.
En la gran noche mi corazón saldrá.
Canto Papago

Apresuraos,
¡Oh hijos de los jefes de las tribus!,
en convertiros en mi esposo
porque yo haré de él
un gran jefe gracias a mi padre.
Estoy sentada sobre tesoros de cobre
y mi padre dará privilegios a mi pretendiente.
Porque mi ceñidor lo ha tejido mi madre
y me lo pongo cuando velo las jarras
que mi padre dará el día de mi boda
a quien se case conmigo.

Canto de una adolescentes Kwakiutl