Atención Por Favor.

Ante todo nos dirigimos y agradecemos a todos por la ayuda que nos dan con este blog ya sean seguidores, oyentes del programa de radio y por sobre todo a todos aquellos propietarios de webs, blogs, libros y todos los lugares donde han obtenidos la información y nos han acercado a nuestro mail para que podamos publicarlas en este humilde blog, para que todas las semanas desde hace ya 7 años podamos compartir en dos emisiones las tantas historias, enigmas y misterios del universo que se van pasando de generación en generación y así reflejar esas viejas leyendas, historias, enigmas y misterios que de niños oímos mas de una vez y que nos asustaban en algunos casos como también en otras nos enseñaban a valorar y respetar esas narraciones.

Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.

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lunes, 11 de mayo de 2015

Descenso De Innanna Al Inframundo

Inanna, la reina del cielo y de la tierra decidió un día bajar al inframundo. Siendo consciente del peligro que implica dicha empresa, incluso para una diosa tan poderosa como ella, lo prepara todo bien antes de partir. Dejó instrucciones muy precisas a su visir Ninshubur sobre que hacer si al cabo de tres días desde su partida, ella no regresaba. Además se atavió con sus insignias reales y sus amuletos mágicos; los "siete me":

- El shugurra, una corona de estepa.
- El collar de cuentas de lapislázuli.
- La vestidura real.
- El ungüento de ojos "Que venga él, que venga él".
- El pectoral "Ven hombre, ven".
- El aro de oro.
- La vara y la cuerda de medir de lapislázuli.

A las puertas del inframundo, Inanna pide ser recibida por su hermana Ereshkigal, con la excusa de organizar el funeral de su cuñado. Cuando el vigilante de la puerta hace saber a la reina del inframundo esta petición, ésta monta en cólera y ordena que se cierren las siete puertas con llave y que se deje pasar a Inanna con la condición de que antes de pasar cada puerta debe desprenderse de una de las siete insignias.

De esta forma, Inanna se presenta delante de su hermana desnuda e indefensa, y con sus intentos desesperados de apoderarse del trono no consigue más que los jueces del inframundo dicten su condena a muerte y acuerden que su cuerpo sea colgado de un gancho sujeto a la pared.

Cuando se cumplió en plazo de espera e Inanna no había regresado, Ninshubur decidió actuar. Realizó lamentaciones y apeló a otros dioses para que ayudaran a la reina del cielo y la tierra. Tanto Enlil como Nannar se niegan alegando que ha sido la ambición de la diosa la que la ha llevado a la situación en la que se encontraba.

Solo Enki se apiada de ella y decide ayudarla. De la mugre de sus uñas crea dos seres (sus nombres reflejan los de oficiantes de cultos o travestidos relacionados con los rituales de Inanna). Estos seres consiguen ser recibidos por Ereshkigal fingiendo sentir conmiseración por sus sufrimientos.

Adulada, Ereshkigal decidió ofrecer una recompensa y éstos, instruidos por Enki, piden el cuerpo de Inanna, el cual rociaron con el Agua de la Vida que les otorgó el dios. sin embargo, los jueces del inframundo exigieron que ella aportara a alguien que la supliera. Una hueste de demonios la acompañó en su camino de regreso, y al salir a la tierra, detienen a Ninshubur. Inanna se negó e impidió que ningún dios que hubiera guardado duelo por ella fuera apresado.


Pero al ver a su esposo Dumuzi ataviado con esplendorosos ropajes y sentado sobre un gran trono de oro, lo señala encolerizada y lo entregó a los demonios para que la supliera en el inframundo. Al final, la hermana de éste, se apiadó de él y decidieron que cada uno pasaría medio año en el inframundo y el otro medio en la tierra.

Sedna

Sedna era una muchacha que al llegar a la edad casadera, había rechazado a todos sus pretendientes. Para castigarla, su padre la casó con un perro y la envió a vivir a una isla cercana. Un día, cuando su marido-perro se hallaba fuera de la casa, arribó en la isla un barco a bordo del cual viajaba un apuesto joven. Éste la llamó y seduciéndola con palabras llenas de promesas y tesoros, consiguió que la muchacha subiera al barco y se escapara con él.

Tras un largo viaje, llegaron a las tierras del joven y tras contraer matrimonio, Sedna descubrió quién era en realidad su nuevo marido; un petrel, un ave marina, con la capacidad de adoptar forma humana. Sedna, asustada, quiso escapar.

Resultado de imagen de petrelEntretanto, el padre de Sedna, había emprendido la búsqueda de su hija, desesperado. Al fin, llegó a las tierras del petrel y encontró a su hija, a la que escondió detrás de unas rocas y esperó a que su marido se fuera de casa en busca de pesca. cuando éste hubo abandonado su morada, Sedna y su padre huyeron.

Sin embargo, el petrel llegó a tiempo para ver como ambos huían y comenzó una persecución, en la que además provocó una gran tormenta que hacía peligrar la embarcación. Ante esta situación, el padre de Sedna arrojó a su hija por la borda.

Sedna, agarrada al costado del barco, suplicó a su padre que la salvara, mientras la violencia de la tormenta iba en aumento. Su padre no solo no la ayudó a salvarse sino que fue cortando uno a uno los dedos de su hija, que según caían al mar, iban convirtiéndose en focas, ballenas y narvales. Antes de que Sedna cayera al mar, su padre le arrancó un ojo. La muchacha descendió al mundo inferior del fondo del mar, convirtiéndose en dueña y señora de todos aquellos mamíferos marinos que habían sido sus dedos. 

Por lo general, Sedna suele ser generosa con los seres humanos y cuidadosa con los animales marinos, pero en ocasiones, cuando los cazadores causan daño al alma de los animales, ella los retiene, provocando escasez de caza para los humanos. Cuando se dan estas situaciones, un chamán debe viajar a la morada de Sedna y rogarle que suelte a los animales.

A veces, los mamíferos marinos se quedan prendidos en la cabellera de Sedna, enredada debido a la violación de los tabúes por parte de los humanos y ante esta situación, el chamán debe viajar hasta las profundidades del mar para peinar a Sedna, puesto que ella no tiene dedos, y así liberar a los animales que servirán de alimento de los humanos.

El milagro de la multiplicación del arroz de Olivenza

Todo sucedió un frío 23 de enero de 1949. El hambre y la pobreza de la posguerra está presente en toda España y, sobre todo, en las provincias más rurales donde miles de personas subsisten gracias a los comedores benéficos regentados por religiosas. Entre estos lugares está la Institución Benéfica de San José, en Olivenza, pequeño pueblo de la provincia de Extremadura. 

En la institución pacense  hay muchas niñas hospedadas y al mediodía, los más pobres de los alrededores acuden hasta allí con la intención de llevar algo caliente hasta sus estómagos.


Leandra Rebollo, la cocinera del hospedaje, no está hoy de buen humor. Las donaciones a la institución en los últimos días han sido prácticamente inexistentes y se encuentra ante la tristeza de tan solo tener tres tazas de arroz (750 grs) para verter en la enorme olla. Hoy los pobres no comerán y para las niñas internas, apenas llegará para engañar sus estómagos.

sábado, 9 de mayo de 2015

La Piel Del Venado

Los mayas cuentan que hubo una época en la cual la piel del venado era distinta a como hoy la conocemos. En ese tiempo, tenía un color muy claro, por eso el venado podía verse con mucha facilidad desde cualquier parte del monte. Gracias a ello, era presa fácil para los cazadores, quienes apreciaban mucho el sabor de su carne y la resistencia de su piel, que usaban en la construcción de escudos para los guerreros. Por esas razones, el venado era muy perseguido y estuvo a punto de desaparecer de El Mayab.

Pero un día, un pequeño venado bebía agua cuando escuchó voces extrañas; al voltear vio que era un grupo de cazadores que disparaban sus flechas contra él. Muy asustado, el cervatillo corrió tan veloz como se lo permitían sus patas, pero sus perseguidores casi lo atrapaban. Justo cuando una flecha iba a herirlo, resbaló y cayó dentro de una cueva oculta por matorrales.

En esta cueva vivían tres genios buenos, quienes escucharon al venado quejarse, ya que se había lastimado una pata al caer. Compadecidos por el sufrimiento del animal, los genios aliviaron sus heridas y le permitieron esconderse unos días. El cervatillo estaba muy agradecido y no se cansaba de lamer las manos de sus protectores, así que los genios le tomaron cariño.

En unos días, el animal sanó y ya podía irse de la cueva. Se despidió de los tres genios, pero antes de que se fuera, uno de ellos le dijo:

?¡Espera! No te vayas aún; queremos concederte un don, pídenos lo que más desees.

El cervatillo lo pensó un rato y después les dijo con seriedad:

?Lo que más deseo es que los venados estemos protegidos de los hombres, ¿ustedes pueden ayudarme?

?Claro que sí ?aseguraron los genios. Luego, lo acompañaron fuera de la cueva. Entonces uno de los genios tomó un poco de tierra y la echó sobre la piel del venado, al mismo tiempo que otro de ellos le pidió al sol que sus rayos cambiaran de color al animal. Poco a poco, la piel del cervatillo dejó de ser clara y se llenó de manchas, hasta que tuvo el mismo tono que la tierra que cubre el suelo de El Mayab. En ese momento, el tercer genio dijo:

?A partir de hoy, la piel de los venados tendrá el color de nuestra tierra y con ella será confundida. Así los venados se ocultarán de los cazadores, pero si un día están en peligro, podrán entrar a lo más profundo de las cuevas, allí nadie los encontrará.


El cervatillo agradeció a los genios el favor que le hicieron y corrió a darles la noticia a sus compañeros. Desde ese día, la piel del venado representa a El Mayab: su color es el de la tierra y las manchas que la cubren son como la entrada de las cuevas. Todavía hoy, los venados sienten gratitud hacia los genios, pues por el don que les dieron muchos de ellos lograron escapar de los cazadores y todavía habitan la tierra de los mayas.

Leyenda De Los Temblores

Por estas tierras se cuenta que, hace mucho tiempo, hubo una serpiente de colores, brillante y larga.

Era de cascabel y para avanzar arrastraba su cuerpo como una víbora cualquiera. Pero tenía algo que la hacía distinta a las demás: una cola de manantial, una cola de agua transparente.

Sssh sssh… la serpiente avanzaba. Sssh sssh… la serpiente de colores recorría la tierra. Sssh sssh… la serpiente parecía un arcoiris juguetón, cuando sonaba su cola de maraca. Sssh sssh…

Dicen los abuelos que donde quiera que pasaba dejaba algún bien, alguna alegría sobre la tierra.

Sssh sssh… ahí iba por montes y llanos, mojando todo lo que hallaba a su paso. Sssh sssh… ahí iba por montes y llanos, dándoles de beber a los plantíos, a los árboles y a las flores silvestres. Sssh sssh… ahí iba por el mundo, mojando todo, regando todo, dándole de beber a todo lo que encontraba a su paso.

Hubo un día en el que los hombres pelearon por primera vez. Y la serpiente desapareció. Entonces hubo sequía en la tierra.

Hubo otro día en el que los hombres dejaron de pelear. Y la serpiente volvió a aparecer. Se acabó la sequía, volvió a florecer todo. Del corazón de la tierra salieron frutos y del corazón de los hombres brotaron cantos.

Pero todavía hubo otro día en el que los hombres armaron una discusión grande, que terminó en pelea. Esa pelea duró años y años. Fue entonces cuando la serpiente desapareció para siempre.

Cuenta la leyenda que no desapareció, sino que se fue a vivir al fondo de la tierra y que ahí sigue. Pero, de vez en cuando, sale y se asoma. Al mover su cuerpo sacude la tierra, abre grietas y asoma la cabeza. Como ve que los hombres siguen en su pelea, sssh… ella se va. Sssh sssh… ella regresa al fondo de la tierra. Sssh sssh… ella hace temblar… ella desaparece.

La Mujer Xtabay

Los mayas de Yucatán son sin duda alguna, quienes mejor han conservado su idioma. Si no pueden interpretar, como tampoco lo ha hecho nadie en el mundo, sus complicados jeroglíficos, verdaderos retos ideográficos, si mantienen vivo su idioma lleno de firos y genuflexiones extraordinarios y en su fonética han sabido copiar el vuelo del murciélago dzib y lo que dice el pájaro Puhuy. Temen al temible Kahazbal y a los Aluxes, pequeños duendecillos del bosque y de las siembras, porque ellos, los mayas, no han permitido aún la corrupción idiomática que introdujeron los hispanos que vinieron a hacer confuso todo lo relativo al suelo que en mal día hollaron.

De esta forma se ha conservado intacta la hermosa leyenda, una de las más lindas, bellas leyendas yucatecas de las miles y miles que flotan como el perfume de la flor Xtabentún en el viento tibio de Mayab, o se esconden en las profundidades cavernosas de los cenotes de donde sale el agua fresca y clara y los cuentos que perduran en el alma yucateca. Esa leyenda es la que se refiere a la mujer Xtabay.

Bajo la luna del antiguo Mayapan, al socaire de los asombrosos templos de los itzaes, he oído repetida esta leyenda sin que nadie le quite o le aumente a su albedrío, sin que ninguno ose deformarla y así, como joya de milagrería se conserva para deleite de quien oye o de quien lee esta historia que como muchas no se ha borrado, no se borrará jamás, porque ha quedado inscrita en los libros antiguos y en las páginas sagradas del recuerdo Maya.

Dice pues la leyenda que la mujer tabay es la mujer hermosa, inmensamente bella que suele agradar al viajero que por las noches se aventura en los caminos del Mayab. Sentada al pie de la más frondosa ceiba del bosque, lo atraé con cánticos, con frases dulces de amor, lo seduce, lo embruja y cruelmente lo destruye.

Los cuerpos destrozados de esos incautos enamorados aparecen al día siguiente con las más horribles huellas de rasguños, de mordidas y con el pecho abierto por uñas como garras.

Muchos ladinos, gentes que desconocen el origen verdadero de la mujer Xtabay, han dicho que es hija del Ceibam que nace de sus torcidas y serpentinas raíces pero eso no es verdad, la auténtica tradición maya dice que la mujer Xtabay nace de una planta espinosa, punzadora y mala y si es que la Xtabay aparece junto a las ceibas, es porque este árbol es sagrado para los hijos de la tierra del faisán y del venado y muchas veces en cobijo y sombra, se acogen bajo sus ramas, confiados en la protección de tan bello y útil árbol.

Vivían en un cierto pueblo de la península yucateca dos mujeres siendo el nombre de una de ellas Xkeban o mejor decir su apodo ya que Xkeban quiere decir prostituta, mujer mala o dada al amor ilícito. Decían que la Xkeban estaba enferma de amor y de pasión y que todo su afán era prodigar su cuerpo y su belleza que eran prodigiosos, a cuanto mancebo se lo solicitaba. Su verdadero nombre era Xtabay.

Muy cerca de la casa que ocupaba esta bellísima mujer, habitaba en otra casa bien hecha, limpia y arreglada continuamente, la consentida del pueblo que llamaban Utz-Colel, que en la traducción hispana sería mujer buena, mujer decente y limpia. Erase esta mujer la Utz-Colel, virtuosa y recta, honesta a carta cabal y jamás había cometido ningun dezlis ni el mínimo pecado amoroso.

La Xtabay tenía un corazón tan grande, como su belleza y su bondad la hacía socorrer a los humildes, amparar al necesitado, curar al enfermo y recoger a los animales que abandonaban por inútiles. Su grandeza de alma la llevaba hasta poblados lejanos a donde llegaba para auxiliar al enfermo y se despojaba de las joyas que le daban sus enamorados y hasta de sus finas vestiduras para cubrir la desnudez de los desheredados.

Jamás levantaba la cabeza en son altivo, nunca murmuró ni criticó a nadie y con absoluta humildad soportaba los insultos y humillaciones de las gentes.

En cambio bajo las ropas de la Ut-Colel se dibujaba la piel dañina de las serpientes, era fría, orgullosa, dura de corazón y nunca jamás socorría al enfermo y sentía repugnancia por el pobre.

Y ocurrió que un día las gentes odiosas del pueblo no vieron salir de su casa a la Xkeban y supusieron que andaba por los pueblos ofreciendo su cuerpo y sus pasiones indignas. Se contentaron de poder descansar de su ignominiosa presencia, pero transcurrieron días y más días y de pronto por todo el pueblo se esparció un fino aroma de flores, un perfume delicado y exquisito que lo invadía todo. Nadie se explicaba de dónde emanaba tan precioso aroma y así, buscando, fueron a dar a la casa de la Xteban a la que hallaron muerta, abandonada, sola.

Más lo extraordinario era que si la Xkeban no estaba acompañada de personas, varios animales cuidaban de su cuerpo del que brotaba aquel perfume que envolvía al pueblo.

Entrada la Utz-Colel dijo que esa era una vil mentira, ya que de un cuerpo corrupto y vil como el de la Xkeban, no podía emanar sino podredumbre y pestilencia, más que si tal cosa era como todos los vecinos, decían, debía ser cosa de los malos espíritus, del dios del mal que así continuaba provocando a los hombres.

Agregó la Utz-Colel que si de mujer tan mala y perversa escapaba en tal caso ese perfume, cuando ella muriera el perfume que escaparía de su cuerpo sería mucho más aromático y exquisito.

Más por compasión, por lástima y por su deber social, un grupo de gentes del poblado fue a enterrar a la Xkeban y cuéntase que el día siguiente, su tumba estaba cubierta de flores aromáticas y hermosas, tan tapizado estaba el túmulo que parecía como si una cascada de olorosas florecillas hasta entonces desconocidas en el Mayab, hubiera caído del cielo. La tumba de la Xkeban duró todo el tiempo florecida y olorosa.

Poco después murió la Utz-Colel y a su entierro acudió todo el pueblo que siempre había ponderado sus virtudes, su honestidad, su recogimiento y cantando y gritando que habia muerto virgen y pura, la enterraron con muchos lloros y mucha pena.

Entonces recordaron lo que había dicho en vida acerca de que al morir, su cadáver debería exhalar un perfume mucho mejor que el de la Xkeban, pero para asombro de todas las gentes que la creían buena y recta, comprobaron que a poco de enterrada comenzó a escapar de la tierra floja, todavía, un hedor insoportable, el olor nausabundo a cadáver putrefacto. Toda la gente se retiró asombrada.

En su idioma maya dicen los viejos que aún cuentan la historia con todos los detalles que debió ocurrir en la leyenda, que hoy la florecilla que naciera en la tumba de la pecadora Xkeban, es la actual flor Xtabentún que es una florecilla tan humilde y bella, que se da en forma silvestre en las cercas y caminos, entre las hojas buidas y tersas del agave. El jugo de esa florecilla embriaga muy agradablemente, como debió ser el amor embriagador y dulce de la Xkeban.

Tzacam, que es el nombre del cactus erizado de espinas y de mal olor por ambas cosas, intocable, es la flor que nació sobre la tumba de la Utz-Colel, es la florecilla si bien hermosa sin aroma alguna y a veces de olor desagradable, como era el carácter y la falsa virtud de la Utz-Colel.

Esto es lo que ha dicho el maya y lo sigue repitiendo a través del tiempo, sin cambiarlo, sin ponerle ni quitarle, como deben conservarse las cosas nuestras, intactas, con las mismas palabras con que nacieron en el mito, en la leyenda, en el alma de quienes tan dulcemente han tejido estas historias.

No es pues la Xtabay, la mujer mal que destruye a los hombres después de atraerlos con engaños al pie de las frondosas ceibas, pero puede ser otro de esos malos espíritus que rondan por la selva al acecho del peregrino que cruza los caminos aún poblados de superstición y de leyenda.

Puede ser el ama errante de una de tantas vírgenes sacrificadas a la orilla del cenote sagrado, puede ser la vaporosa figura de una mujer que llora el engaño del amado.

Pero la Xtabay, jamás.


Esto dicen las mayas, esto han contado y seguirán contando los hombres de esa tierra en donde conservan el ritual de un relato y defienden sus costumbres de una intromisión que aniquilo su cultura.

jueves, 7 de mayo de 2015

Mitos del África Negra

En los últimos tiempos han surgido numerosas reflexiones, estudios e informaciones, sobre el Africa negra. Parece como si existiera un acuerdo tácito para poner de moda a la negritud. Tal vez se trate, por otro lado, de hacer justicia, puesto que hasta épocas muy recientes apenas se había hablado de Africa, ya fuera por la dejadez de muchos investigadores, o porque apenas se sabía gran cosa de su historia y su cultura.

Sin embargo, en la actualidad, muchos historiadores y etnólogos nos hablan de Africa con verdadera pasión. Explican que para la mejor comprensión del mundo negro se hace necesario conocer sus aspectos geográficos y físicos, puesto que ambos inciden sustancialmente sobre lo histórico, y lo determinan.

Y así, interpretan el mundo africano de forma minuciosa y desde una perspectiva nueva hasta entonces -aunque acaso sus estudios y reflexiones puedan conducirles a una especie de determinismo geográfico-, e inédita, puesto que se concede prioridad al estudio, por ejemplo, de datos climáticos, orográficos e hidrográficos sobre consideraciones de tipo histórico. Todo lo cual conduce a la consideración del continente negro como un espacio cerrado, en el que sus pobladores rechazarían cualquier amago de influencia ajena a ellos; con lo que se hallarían abocados a cierta clase de impenetrable ostracismo étnico. No obstante, los distintos pueblos, y tribus, que se encontraban desperdigados por el territorio africano, ciertamente que tenían limitado su espacio por una especie de muro de arena que señalaba, de forma expeditiva, la frontera norte del Africa negra: se trataba del hoy célebre desierto del Sáhara.

Fronteras de arena

Pero, esto, no siempre fue así, puesto que esa franja desértica denominada “desierto del Sáhara”, antaño era un verdadero vergel, pleno de abundante vegetación, con árboles y prados, y feraces llanuras y colinas. Mas ello sucedió hace ya seis mil años, cuando ya en otras zonas de Africa los primeros homínidos habían dejado grabados -en las paredes rocosas de las cuevas que usaban para guarecerse- signos mínimos cargados de simbolismo emblemático; y pinturas esquemáticas, cuyo valor como documento social, político, ritual y estético es incalculable.

Esa especie de jardín natural, que fue el actual desierto del Sáhara, quedó agostado por una gran sequía que tuvo su origen cuatro milenios antes de nuestra era. La gran desecación perduró por espacio de casi dos mil años, y las consecuencias directas de sus efectos están ahí, en esa enorme franja desierta que se extiende de occidente a oriente en la zona norte del continente africano y que, según algunos historiadores, constituye el límite que la propia naturaleza ha impuesto al mundo negro.

Ya en tiempos de las glaciaciones, a finales del período terciario -hace aproximadamente seiscientos mil años-, el territorio africano había sido lugar de residencia de los primeros homínidos. En algunas partes de su zona sur se han hallado, junto a útiles de piedras sin labrar y cantos rodados o eolitos, restos humanos de gran antigüedad. También se han conseguido datos y pruebas que han permitido, a los especialistas e investigadores, afirmar que aquellos primeros homínidos conocían el fuego. Esas zonas africanas están consideradas, en la actualidad, como centros de importantes hallazgos prehistóricos.

Una nueva tierra

Los pobladores de las zonas desérticas se extendieron, y emigraron, hacia el norte, el sur y el este. En su afán por buscar una nueva tierra en la que echar raíces, por así decirlo, se toparon con otras tribus que, desde épocas remotas, habitaban en las zonas tropicales del continente africano.

Ante la ausencia de pruebas fidedignas para catalogar con exactitud los distintos pueblos que se hallaban diseminados por tierras africanas, se han adelantado hipótesis que afirman que existieron tribus primitivas “paleo-negríticas” que practicaban la caza y conocían técnicas rudimentarias para trabajar la tierra; especialmente se esforzaban en lograr que le terreno pobre y yermo de zonas extremas y montañosas llegara a ser fértil y feraz. Para ello, contaban con el conocimiento del cultivo intensivo, mediante el que conseguían, además del total abastecimiento de todo tipo de productos hortícolas, algo más importante, a saber, la cohesión social necesaria para hacer posible el auge poblacional y, por ende, el asentamiento definitivo en una determinada zona; de este modo llegarían a la formación de núcleos o grupos sociales con una densidad de casi cincuenta habitantes por kilómetro cuadrado.

Pueblos y culturas

Algunos de estos grupos poblacionales ocuparon la región norte del territorio africano, lugar cercano a la ribera oriental del Nilo; tal es el caso de la tribu de los dogones, que se caracterizaba porque entre sus miembros y el propio entorno geográfico se estableció un vínculo tribal difícil de romper.

También, el grupo de los basari es otro de los denominados “pueblos desnudos” de Africa, los cuales se hallaban desperdigados por diferentes zonas. Su antigüedad se remonta a cerca de seis mil años y terminaron asentándose en Guinea. En la Costa de Marfil se establecieron los “lobis”. Los “sombas” ocuparon la región de Togo. Y las tierras de Nigeria se vieron pobladas por tribus de “angus” y “fabis”. Todos los grupos enumerados fueron conformando las grandes zonas étnicas de Africa.

Mas también en los territorios desérticos y en las zonas ecuatoriales se fueron asentando poblaciones de raigambre étnico como los “mandinga” y los “bambara”. También los “yoruba”, en unión de los “hausa” y los “ibos”, se irían asentando por la zona de Nigeria hasta constituirse en la masa de población más rica de todo el continente africano.

Según todos los investigadores, las distintas tribus señaladas mantenían entre sí una clara diferenciación social, y otro tanto sucedía en el terreno político o religioso. La autonomía estaba garantizada, lo mismo que las costumbres milenarias de cada tribu y su idiosincrasia propia. La variedad de creencias, de historia, de leyendas y de mitos, que confluyen en las poblaciones reseñadas, hace que el continente africano se muestre atractivo e interesante en grado sumo. Si a todo ello se añade que fue en Nubia -territorio situado en el fértil, y maravilloso, valle del Nilo- en donde tuvo su origen una de las primeras civilizaciones del continente africano, que recibió precisamente el nombre de civilización de los nubios -en la actualidad casi toda la zona es territorio sudanés-, la cual provenía probablemente de Asia, puesto que el color de su piel era muy similar al de los pobladores de ese continente y, durante un milenio, mantuvo todo su esplendor.

El sur

La región situada más al sur del lugar de asentamiento de los egipcios era denominada por éstos con el nombre de “Kus” ; los nativos de esta zona tenían la pigmentación de su piel más oscura que los del norte, eran de raza negra. Habían establecido la capital de toda la región en una zona muy próxima a un enorme recoveco del río Nilo y, en su subsuelo, se hallaban las más fabulosas reservas de oro de todos los tiempos.

Esta capital recibió el nombre de Napata y tuvo dirigentes que la hicieron crecer en demasía, hasta el punto de que Egipto mismo fue sometido. Los márgenes del Nilo también fueron conquistados por los reyes de Napata. En aquel tiempo -hace casi tres mil años- toda la extensa ribera de ambos lados del Nilo estaba formada por valles y pastizales siempre fértiles; actualmente hay grandes zonas yermas y terrenos eriales.

La riqueza de la población de la zona del Kus -los “kusitas”- se vio incrementada por el descubrimiento, en el subsuelo más próximo a la ciudad de Napata, de gran cantidad de mineral de hierro. A todo ello habrá que añadir, además, las productivas transacciones de marfil que los pueblos limítrofes les suministraban.

Pero, este gran imperio “kusita” se hallaba sometido a la rapiña y al hurto de numerosas tribus nómadas. Ya desde el siglo III, antes de nuestra era, los ladrones esquilmaban las caravanas “kusitas” que transportaban oro y marfil por las rutas comerciales abiertas al efecto.

El resultado final es que el emperador del poderoso reino de “Axum”, situado más al sur, en las cercanías de la meseta de Etiopía, someterá a todas las poblaciones del “Kus” y se apropiará de sus ricas minas de hierro y oro.

Artesanos y herreros

Todo lo antedicho ha servido para que algunos investigadores expresen, con contundencia, sus tesis favorables a la más que probable influencia de las grandes civilizaciones norte africanas sobre las culturas desarrolladas en el mundo negro, y sobre su estructura social. Algunos hallazgos relevantes vienen a avalar la tesis expuesta. Por ejemplo, se han encontrado perlas de cristal egipcio en áreas del territorio de Gabón, y también pequeñas representaciones y efigies del dios Osiris en zonas situadas al sur del río Zumbeze y en los territorios del oriente del Congo. Tal vez no suponga todo ello una prueba concluyente de la incidencia de la civilización egipcia en el mundo negro pero, sin embargo, sí que se abren expectativas por mor de las cuales puede afirmarse que en el campo artístico y técnico existió cierta relación; el caso más claro es la utilización, por ambos pueblos, de la técnica de la fundición con cera. No obstante, ya desde el año 3000 (a. C.), las tribus de la zona del Níger, por ejemplo, conocían la metalurgia del hierro y, desde épocas muy remotas, ya habían formado una especie de gremios, o sociedades, de herreros, que se constituían en castas y trabajaban el estaño y la metalurgia del hierro.

Zonas de refugio

Dos grupos étnicos, firmes exponentes de la negritud, se hace necesario destacar: los bantú y los negros sudaneses.

A pesar de ciertas diferencias, más bien debidas a determinados avatares históricos que a la voluntad de los protagonistas, ambas etnias mantienen su unidad cultural y lingüística. La raza bantú es originaria de los grandes lagos africanos y no se ha visto mezclada con otros grupos, tales como los beréberes islamizados, moros, o cualesquiera otros pueblos de raigambre islámico-semita.

Los bantúes se regían por monarcas que pretendían, en todos los casos, lograr la paz para su pueblo. Se les denominaba “kakabas” y la relación con el resto de la población, o con otros territorios circundantes, no se hacía directamente, sino que utilizaban tambores para comunicarse. También, según las proporciones del sonido, o las variaciones del ritmo de los tambores, se podía deducir el poder de los reyes bantúes. Los tambores -algunos tenían hasta dos metros de radio- se depositaban en el interior de lugares sagrados y templos. Quienes los custodiaban y se encargaban de hacerlos sonar formaban una casta privilegiada y eran muy considerados por las tribus y reinos de los grandes lagos. Actualmente, los bantúes se hallan asentados en la isla de Madagascar y, en opinión de etnólogos y geógrafos, deben considerarse “fuera del continente negro”. Se considera a los pigmeos como descendientes de los primeros pobladores del continente africano. Permanecen en las “zonas de refugio, constituidas por extensas tierras selváticas, donde el agua de lluvia se mantiene en el mismo lugar sobre el que ha caído para, así, formar una inmensa selva virgen, una selva-esponja, saturada de agua, con los macizos espesos de árboles gigantes, con el monte embrollado, oscuro y silencioso, resistente a cualquier roturación, hostil al establecimiento humano e, incluso,a la circulación, salvo la que se hace por los ríos; región de vida precaria, aislada, basada en la pesca y en la caza”.

Fuerzas poderosas

Recientes excavaciones han dejado al descubierto figuras de terracota -como las halladas en la zona de Nok (Nigeria)- cuya antigüedad se remonta a casi dos mil quinientos años. Algunas de estas estatuas están realizadas de tal modo que la cabeza es mucho mayor que el cuerpo; semejante desproporción era una característica de los artistas africanos y con ello querían dar a entender que no sólo representaban seres humanos sino que también su arte pretendía llamar la atención sobre cierta clase de significación simbólica, alejada de todo naturalismo.

En este sentido, el hallazgo de las denominadas “figuras de Jano” -llamadas así porque recuerdan a la deidad romana Jano, que aparecía representada con dos cabezas contrapuestas, puesto que personificaba la vigilancia y la custodia-, llevado a cabo en el valle de Taruga, es un claro ejemplo pleno de connotaciones míticas y emblemáticas. Además, algunas de las estatuas encontradas en la aldea de Nok representan, y simbolizan, a las fuerzas sobrenaturales y poderosas que aparecían relacionadas con la producción de alimentos y la satisfacción de las primeras necesidades.

Otros hallazgos, en los que aparecían hasta media docena de cabezas, de terracota, se han relacionado con la existencia de santuarios, templos o lugares de culto y rito, en los bosques considerados, por lo mismo, como sagrados.

Se afirma, además, que “la técnica de la fundición guarda cierta relación mítica y ritual con las figuras de terracota de los hornos del valle de Taruga”.

Otro tanto acaece con el arte estatuario de Benin, que alcanzó su plenitud entre los siglos XI y XV de nuestra era. “En tal sentido las figuras de animales, como el leopardo, simbolizan el poder de sus reyes que, a veces, portaban máscaras realizadas en marfil, las cuales llevaban incrustadas, a su vez, pequeñas figurillas de los colonizadores europeos con el objeto de apropiarse de su saber y su inteligencia y, de este modo, no ser dominados por ellos”.

Sagrada naturaleza

Los pueblos africanos tenían hacia los fenómenos naturales, hacia el Sol, la Luna,las estrellas, hacia las montañas, los ríos, mares y árboles, cierto respeto sacro. Todo estaba personificado y vivo -asimismo-; y, por doquier, surgían ídolos, fetiches, talismanes, brujos, hechiceros y magos.

El primitivismo de las leyendas de los pueblos de Africa meridional entronca con una especie de animismo, que les hace adorar a los árboles porque pensaban que, en un tiempo muy lejano, fueron sus antepasados. Lo mismo sucedía con los animales; con el añadido, además, de que se les asociaba con cierta clase de esoterismo que conducía a la creencia de que los muertos se aparecían a los vivos, precisamente, en forma de animales. El culto a los muertos se hallaba muy extendido, y se consideraba obligatorio hacerles ofrendas. De este modo, la muerte que siempre era tabú -es decir, algo que no debía ni mencionarse ni mentarse pues, de lo contrario, podrían sobrevenir terribles castigos a los infractores de tales preceptos-, adquiría una importancia capital entre los componentes de una determinada tribu y su modo de comportarse. Cuando alguien moría, todos los demás abandonaban el lugar de marras, para que la desgracia no les alcanzara como al finado. Son muy frecuentes, por lo demás, las leyendas sobre la muerte, y existen varios mitos, acerca del origen de tan tremendo mal, en algunas tribus africanas de la zona que estamos describiendo.

En el valle del río Níger, el fetichismo se halla muy extendido y, de entre sus pobladores, surgen muchos magos y hechiceros que son los encargados de dirigir el culto al ídolo y de ofrecerle los distintos sacrificios; también tienen el don de predecir el futuro y de pronunciar oráculos.

Mito de la creacion

Muchos pueblos africanos cuentan, también, con numerosas leyendas para explicar el origen de la especie y, al propio tiempo, han elaborado curiosos mitos sobre la creación del primer hombre y de la primera mujer. La narración de los hechos aparece repleta de inventiva y fantasía:

Hubo un tiempo en que el ser superior Mulukú -en las poblaciones centroafricanas, a la deidad suprema se la conocía con el nombre de Woka- se propuso hacer brotar, de la tierra misma, a la primera pareja de la que todos descendemos. Mulukú, que dominaba el oficio de la siembra o, por mejor decir, era el sembrador por excelencia, hizo dos agujeros en el suelo. De uno surgió una mujer, del otro surgió un hombre. Ambos gozaban de la simpatía y el cariño de su hacedor y, por lo mismo, decidió enseñarles todo lo relativo a la tierra y su cultivo. Les proveyó, además, de herramientas para cavar y mullir el suelo y para cortar, o podar, árboles secos, y para clavar estacas. Puso en sus manos semillas de mijo para sembrar en la tierra y, en fin, les mostró la manera de vivir por sí mismos, sin dependencia alguna de cualesquiera otras criaturas.

Sin embargo, cuenta la leyenda que la primera pareja de nuestra especie desatendió todos los consejos que la deidad les había dado y que, por lo mismo, abandonaron las tierras, las cuales terminaron convirtiéndose en eriales y campos yermos. Y, así, la primera pareja consumó su desobediencia, con lo que su hacedor los trastocó en monos. El mito -o, por mejor decir, la fábula-, relata que Mulukú montó en cólera y arrancó la cola de los monos para ponérsela a la especie humana. Al propio tiempo ordenó a los monos que fueran humanos y a los humanos que fueran monos; depositó en éstos su confianza, mientras que se la retiraba a los humanos. Y dijo a los monos: “Sed humanos”. Y a los humanos: “Sed monos”.

La cuna del “Australopithecus”

La figura de un padre protector y poderoso también aparece entre los pueblos africanos. Y, respecto a su cosmología, numerosas leyendas jalonan la propia idiosincrasia de las diferentes tribus. Todos los pobladores del Africa negra han creído que la tierra no tenía edad, y que existía desde siempre. Y, según opinión de muchos historiadores insuficientemente documentados, es decir, que basaban más sus asertos y conclusiones en fatuas declaraciones de eruditos pensadores, que en una labor de investigación y estudio personales, se ha llegado a decir que los africanos forman parte de los denominados “pueblos sin historia”. Lo cual quiere decir que no han contribuido al desarrollo de la humanidad, ni mucho ni poco; y que entre los negros africanos ha sido desigual su evolución y, desde luego, ninguno ha creado una cultura autóctona que lo caracterice. Sin embargo, descubrimientos arqueológicos de gran importancia -entre otros el del primer homínido, conocido con el nombre de “australopithecus”, pues sus restos fueron hallados, hace poco más de medio siglo, concretamente en el año 1924, en la zona austral del continente africano-, así como el profundo estudio de las innumerables muestras de arte rupestre, que se encuentran en toda Africa, han llevado a reconsiderar los erróneos criterios que hasta hace muy poco se tenían del continente negro.

Nuestra propia historia

Hoy, por mor de las excavaciones, y estudios, que se llevan a cabo en toda Africa -muy especialmente en zonas que hasta el presente, no se sabe a causa de qué criterios, habían sido relegadas-, se han detectado pruebas suficientes para concluir que fue en este territorio en donde comenzó el proceso de hominización. En cualquier caso, los hallazgos de los especialistas e investigadores nos llevan a concluir que Africa fue uno de los más importantes focos de cultura pre homínida. Los eslabones de la cadena que nos une a nuestros más ancestrales antepasados, se encuentran en el continente negro. Otro factor a tener en cuenta, a la hora de enjuiciar el escaso avance de los estudios llevados a cabo en el continente negro, es aquel que se refiere a las condiciones adversas de su suelo; la acidez del suelo africano desgasta con prontitud todo vestigio, especialmente los restos fósiles. Sin embargo, hoy se sabe que fueron los primeros homínidos del continente africano quienes, debido a sus peculiaridades físicas y somáticas -por ejemplo su piel sin vello, su producción de melanina que les dará la adecuada pigmentación, su abundancia de glándulas sudoríparas, su cabello rizado, etc.-, iniciaron el denominado proceso de adaptación al medio, con el que comenzará, sin ninguna duda, la hominización propiamente dicha. La importancia de este proceso es capital pues, en un principio, el homínido se caracteriza por su actitud práctica, ya que primordialmente pretende construir toda una serie de artilugios que le llevan a dominar las técnicas de la pesca, la caza, la agricultura y la ganadería. Como para ello debe contar con herramientas diversas, se transformar en “homo faber” y “homo habilis”, de aquí a constituirse en nuestro seguro antepasado, el “homo sapiens”, apenas media una mínima distancia.

Costumbres ancestrales

El largo camino de la hominización no fue, sin embargo, tan lineal como pudiera parecer a primera vista. Muchos horrores, que el acceso de las civilizaciones iría corrigiendo, jalonaron el tiempo y el espacio históricos. Algunas de las tribus que pueblan los territorios del occidente africano conservaron, hasta épocas muy recientes, costumbres que muy poco tienen que ver con el programa social y político de otros grupos humanos.

A este respecto, el gran investigador Frazer, en su cualificada obra La Rama Dorada, se hace eco de las siguientes palabras que un misionero dejó escritas -cuando ya el siglo XIX tocaba a su fin- después de convivir con algunas tribus del Africa negra: “Entre las costumbres del país, una de las más curiosas es incuestionablemente la de juzgar y castigar al rey.Si él ha merecido el odio de su pueblo por excederse en sus derechos, uno de sus consejeros, sobre el que recae la obligación más pesada, requiere al príncipe para que se vaya a dormir, lo que significa sencillamente envenenarse y morir”.

Al parecer, en el último momento, algunos monarcas no estaban dispuestos a quitarse la vida de un modo tan expeditivo, lo cual era interpretado por los súbditos más allegados como una falta de valor. Entonces, se recababa la ayuda de un amigo que en el instante supremo se encargaría de darle un último empujón, por así decirlo; lo importante era que el pueblo no llegara a enterarse de la falta de valor de su soberano. En cuanto al sujeto elegido para llevar a cabo tan abominable magnicidio, se loaba su predisposición y se agradecía el servicio prestado a su tribu.

Geniecillos y gigantes

La variedad de leyendas del Africa negra se debe a la diversidad de tribus que la habitan. En muchas poblaciones se tenía en gran estima todo el ancestro de sus antepasados y, aun cuando su territorio fuera invadido por otros pueblos de costumbres e ideas diferentes, nunca dejaron que sus ritos y mitos se perdieran. Tal es el caso de algunas tribus de pescadores y campesinos que moraban en las riberas del Níger, que vieron anegada su propia idiosincrasia por otros pueblos, especialmente musulmanes. Sin embargo, las creencias y la fuerza de sus mitos no perdieron apenas prestancia. Siguieron adorando a los espíritus y genios que moraban en la naturaleza, y a los que se hacía necesario aplacar, y mantener contentos, para que las cosechas no se agotaran y para que la pesca fuera abundante.

El aire, la tierra y el río, estaban plagados de espíritus -lo cual implica el concepto animista que de la naturaleza tenían los negros africanos-, a quienes se acudía, y se invocaba, cuando se necesitaba una ayuda superior. Había también ciertas leyendas en las que aparecía el polífago gigante Maka que, para satisfacer su voraz apetito, necesitaba devorar animales tan enormes como los hipopótamos; y cuando se disponía a saciar su sed, algunos de los lagos cercanos se veían seriamente mermados.

Ciudades bajo el agua

También había una hermosa mujer que aparecía plena de juventud y lozanía. Se llamaba Haraké, y su poder de atracción era tal que no se sabía si era diosa o si pertenecía a la especie de los humanos mortales. La leyenda más extendida afirmaba que Haraké tenía los cabellos tan transparentes como las propias aguas que le servían de morada. Al atardecer, la hermosa muchacha tenía por costumbre descansar al borde mismo del Níger, y esperar así hasta que llegara su amante. En cuanto éste se reunía con ella, ambos se adentraban en las profundidades de aquellas aguas encantadas y profundas; la muchacha llevaba al elegido en su corazón a través de maravillosos caminos que conducían a fastuosas y desconocidas ciudades. En sus espléndidos recintos, y entre el sonido del tantán y de los tambores, tendría lugar la ostentosa ceremonia que uniría a la feliz pareja para toda la vida.

Todas las narraciones de la fábula expuesta hacen hincapié en que fue Haraké quien condujo a su amante, y no viceversa. Con ello se quiere dar a entender que la mujer era muy respetada entre ciertas tribus del Africa negra. Sus privilegios provenían de su consideración como madre y esposa.

Aunque, al mismo tiempo, aparecen representaciones femeninas en actitud sumisa pero, si uno se fija en su rostro, observará cierta clase de serenidad que, al decir de investigadores y antropólogos, indicaba la importancia concedida a esa especie de mundo anímico, o vida interior, con que debía arroparse la mujer negra, so pena de poner en entredicho su condición femenina.

Mito de las dos luminarias

De entre las numerosas leyendas del continente africano sobresale la de los negros de Senegal, puesto que acaso sean los únicos que tienen una cosmología digna de tal nombre.

Sus fábulas muestran que las dos luminarias, es decir, tanto el Sol como la Luna, estaban ya consideradas como superiores a los demás astros. El mito cosmogónico pretende establecer las diferencias de ambos cuerpos astrales, y se propone explicar -de una manera muy simple, aunque cargada de connotaciones míticas y emblemáticas- las grandes diferencias entre la Luna y el Sol. El brillo,el calor y la luz que se desprenden del astro-rey impiden que seamos capaces de mirarlo fijamente. En cambio, a la Luna podemos contemplarla con insistencia sin que nuestros ojos sufran daño alguno. Ello es así porque, en cierta ocasión, estaban bañándose desnudas las madres de ambas luminarias. Mientras el Sol mantuvo una actitud cargada de pudor, y no dirigió su mirada ni un instante hacia la desnudez de su progenitura, la Luna, en cambio, no tuvo reparos en observar la desnudez de su antecesora. Después de salir del baño, le fue dicho al Sol: “Hijo mío, siempre me has respetado y deseo que la única, y poderosa deidad, te bendiga por ello. Tus ojos se apartaron de mí mientras me bañaba desnuda y, por ello, quiero que desde ahora, ningún ser vivo pueda mirarte a ti sin que su vista quede dañada”.


Y a la Luna le fue dicho: “Hija mía, tú no me has respetado mientras me bañaba. Me has mirado fijamente, como si fuera un objeto brillante y, por ello, yo quiero que, a partir de ahora, todos los seres vivos puedan mirarte a ti sin que su vista que dañada ni se cansen sus ojos”.