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Equipo Infinito.

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lunes, 2 de abril de 2012

Los orígenes de las sangrías


La sangría, entendida como la pérdida deliberada de sangre a través de la piel o de los tegumentos mucosos visibles, es un gesto que como procedimiento terapéutico acompaña al hombre desde los albores de su historia. Desde antiguo la sangre fue considerada como portadora de la vida y por tanto era razonable aceptar que su entrega constituyera una preciada ofrenda. Con similar fundamento puede haber surgido el concepto que su alteración o la presencia en ella de seres maléficos pudiera ser causa de las enfermedades, justificando así su extracción con fin curativo. Cualquiera sea su verdadero origen, lo cierto es que las sangrías, con ropaje religioso, aparecen en casi todas las civilizaciones primitivas sea como sacrificios voluntarios o como actos médicos. Los antropólogos consideran la sangría, junto a las abluciones, baños y aspersiones, y la administración de catánicos, eméticos o clisterios, dentro de los “ritos activos de purificación”. Otros ritos destinados al mismo fin pretendían transportar el factor maléfico a objetos, animales o plantas (rito del chivo expiatorio, ya mencionado en el Levítico) o a destruir los “demonios” mediante el fuego (cauterizaciones o incineración) Algurnos ritos actuales, como el bautizo o las aspersiones con agua bendita entre los cristianos, las abluciones de los musulmanes, la circuncisión judía y la quema de herejes, brujas o relapsos deben considerarse como vestigios de aquellos ancestrales ritos.

En el período neolítico la sangría se practicaba con escarificaciones o el uso de sanguijuelas y, al igual que las craneotomías pretendían dar ‘salida a los demonios. En el Egipto faraónico la sangría no es mencionada. En la India antigua aparece en los libros de los Vedas (Ayur Veda entre los años 2000 y 1000 a.C), en los que también se indica la forma de adiestrar a sus ejecutores. En la China primitiva, a partir del siglo III a.C. y en el Japón a partir del siglo VII d.C. la sangría se apoya en la filosofía del Ying y Yang (Taoismo), pretendiendo recuperar el equilibrio espiritual. En la cultura hebraica la sangría es mencionada en el Talmud aunque no en la Biblia. En las tribus de las planicies de América del Norte, los shamanes eran los encargados de las sangrías. En la California Central abrían las venas del brazo derecho para curar las enfermedades del tronco y las del izquierdo para tratar las enfermedades de los miembros. En Mesoamérica los derramamientos de sangre, relacionados con la propia teogonia de sus moradores, se orientan a alimentar a sus dioses. Entre los aztecas, en los días señalados por el calendario religioso (Tonalamatlm) los sacerdotes se autosangraban utilizando espinas de maguey o cuchillos de obsidiana. En sus ceremonias públicas, dedicadas a Tlaloc (dios de la lluvia y fertilidad) y a Huitzilopochtli (dios de la guerra), realizaban sangrientos sacrificios humanos asociados con actos de canibalismo. En el campo terapéutico y con similar trasfondo religioso, las sangrías se utilizaban junto a las purgas y clisterios. Los incas utilizaban las sangrías como tratamiento de las cefaleas, infiriendo heridas en el entrecejo con un cuchillo de edernal. Para la cura de otros males abrían la vena más próxima al lugar afectado. Los indios amazónicos “karaya” utilizaban un trozo triangular de cáscara de nuez unida a dientes de pescado y rodeado de hierbas que impedían una penetración excesiva. Otras tribus provocaban hemorragias mediante disparos de flecha dirigidos al miembro afectado. En la Polinesia se utilizaba un colmillo de tiburón o una concha aguzada. En la cultura australiana aparece como rito de iniciación celebrado mediante incisiones uretrales, del septum nasal, extracciones dentarias o heridas en el pene y las extremidades. En South Wales la-sangre era recogida y luego untada sobre el cuerpo o bebida a pequeños sorbos.

A partir del siglo VII a.C. luego de desarrollar una ingeniosa mitología que había humanizado a sus dioses, los griegos lograron un manifiesto acercamiento con los moradores de su panteón. En esta “desalmidonada” relación la cultura griega, manteniendo el equilibrio entre lo dionisíaco y lo apolíneo y contando, ahora sí, con una filosofía‘ que facilitó la sistematización del pensamiento lógico, se animó con impulso prometeico a explorar el universo sentando los cimientos de la llamada cultura occidental.

Aunque ya en la mitología babilónica, así como en la Teogonia de Hesíodo (s.VII a.C.) (ll) se relativizaba el papel de los dioses en la génesis de los fenómenos naturales fue Aristóteles quien reconoció para Tales de Mileto (624 — 548 a.C.) la gloria de ser el primer pensador que se animó a considerar la naturaleza (physís) como una fuerza creadora, cuyo principio esencial (arkhe) era el agua, dando así el trascendental paso que pennitió a la humanidad transitar desde la creencia al conocimiento (del mito al logos). Anaximandro (61 1-546 a.C.) agrega al agma otro elemento básico: el aire (apeiron), de cuya combinación provienen, según Empédocles (483-430 a.C.), los componentes básicos del cosmos: aire, agua, tierra y fuego. En ese fértil ambiente y contando con la figura señera de Hipócrates (460-377 a.C.) y sus seguidores, creadores de la llamada Escuela Hipocrática, nace la nueva medicina enriquecida más tarde con el pensamiento oriental aportado después de las campañas de Alejandro Magno (era helenística), Según afirma Landsberg la sangría fue introducida entre los griegos por la escuela de Crotona, uno de cuyos médicos, Diógenes de Abdera, fue maestro de Hipócrates. En uno de los textos del Corpus Hipocraticus (“De la naturaleza humana”) se expone la teoría de los humores (kymos), identificados por Polibo (201

120 a.C.) como sangre, bilis amarilla, bilis negra y “flegma” originados en el corazón, hígado, cerebro y bazo, respectivamente y de cuyas alteraciones cuanti-cualitativas resultaban las

enfermedades (10). A partir de esta interpretación la sangría muda su esencia para convertirse en un acto terapéutico racional, que, aplicado sin violar los límites de la naturaleza (hybris), busca recuperar el equilibrio humoral perdido. Así la sangría y en general los restantes tratamientos, dejan de ser ritos para convertirse en técnicas (tekhne iatrike). La flema, como humor principal, se corporizaba en el material fibrino-seroso obtenido de la s angre recogida. Los diversos aspectos que este coágulo ofrecía, eran considerados como manifestaciones visibles de lo que sucedía en el organismo y fundamentaban conclusiones diagnósticas y aun pronósticas. La flebotomía destinada extraer la “flema pútrida, impura y pemiciosa” se realizaba del mismo lado y cerca del foco “de putrefacción”. Las mejorías observadas significaban para 10s hipocráticos la más importante evidencia de la acción perniciosa de la flema.

En la época de Hipócrates la sangría constituyó una rareza, siendo recién durante la era Alejandrina (s. IH a.C.) cuando adquirió su mayor vigencia, aunque Herófilo (340— 7 a.C.) y Erasistrato, distinguidos pertenecientes a esa escuela, desaprobaron su práctica. En el siglo I a.C. con la escuela de los metódicos y su principio de “contraria contrariis” (oposición al mal), Temison de Laodicea (50 a.C.) aceptaba que la sangría no busca evacuar humores dañinos sino disminuir el impulso de la enfermedad surgiendo así la tendencia a ampliar sus indicaciones realizándola en el lado opuesto al de la enfermedad (sangría revulsiva) .

El mundo latino conoció la cultura griega a través de sus relaciones con la Magna Grecia y a través de la influencia ejercida por el actuar de los médicos griegos,-Arcágato (?—219 a.C.) y Asclepiades de Prusa (13()—6O a.C.), los más conocidos — la medicina romana, salió de su etapa pretécnica. Entre los más importantes médicos del Imperio Romano se destaca Aurelio Cornelio Celso (25 a.C. — 45 d.C.) que en su obra Medicina describió la técnica, indicaciones, oportunidad y lugar de la sangría, afirmando que su aplicación no admitía límites de edad o sexo, debiéndose sólo considerar la resistencia y fuerza vital del individuo por tratar. La fama de Celso fue sólo superada por Claudio Galeno (131-203/205 d.C.) cuyas obras se convirtieron, casi dogmáticamente, en la fuente obligada del saber médico occidental de los siguientes seis siglos. Galeno atribuía a la flebotornía la puesta en marcha de una vis “attracziva” venosa que por “horror al vacío” atraía la sangre arterial. En la medicina galénica la sangría, que también recurría a la incisión de arterias superficiales luego prolijamente ligadas en ambos extremos casi no mostraba contraindicaciones pero se indicaba, de forma especial, en el tratamiento de las neumopatías y en el miembro superior homolateral. Como otra colateral utilización de la sangría merece recordarse que según Aulio Gellio (s. II d.C.) también se utilizaban de forma punitiva en soldados indisciplinados o cobardes.

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