Atención Por Favor.

Ante todo nos dirigimos y agradecemos a todos por la ayuda que nos dan con este blog ya sean seguidores, oyentes del programa de radio y por sobre todo a todos aquellos propietarios de webs, blogs, libros y todos los lugares donde han obtenidos la información y nos han acercado a nuestro mail para que podamos publicarlas en este humilde blog, para que todas las semanas desde hace ya 7 años podamos compartir en dos emisiones las tantas historias, enigmas y misterios del universo que se van pasando de generación en generación y así reflejar esas viejas leyendas, historias, enigmas y misterios que de niños oímos mas de una vez y que nos asustaban en algunos casos como también en otras nos enseñaban a valorar y respetar esas narraciones.

Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.



martes, 6 de julio de 2010

La Torre De Los Deseos, Leyenda Medieval


Esta leyenda de ambientación exótica aparece en el Libro de las maravillas del mundo, de Juan de Mandevilla, escrito en torno a 1350. Se desconoce la fuente de la cual la tomó el autor inglés, aunque probablemente se trate de una creación propia, al menos en la parte que intenta explicar el auge y caída de la Orden del Temple. Por otro lado, el motivo central recuerda a algunos episodios de las novelas de caballerías.

Cuenta Mandevilla que en el lejano reino de Armenia, más allá de la ciudad de Layays, sobre una escarpada roca, se eleva un viejo castillo en una de cuyas salas hay una percha de cetrería hermosamente forjada. Sobre la percha descansa un gavilán que es cuidado día y noche por una hermosa dama de la raza de las hadas. A todos los que llegan al castillo, si son capaces de vigilar al gavilán durante siete días y siete noches, la dama les concede un deseo. Pero ¡ay de aquel que se quede dormido durante ese tiempo!, porque entonces se desvanecerá como un sueño y nadie volverá a saber de él.

Entre los que pasaron la prueba se cuenta un rey de Armenia, quien tras haber recibido noticias sobre el castillo lo buscó sin descanso hasta encontrarlo. En su interior halló la percha con el gavilán, al que guardó durante siete días y siete noches. Cuando se cumplió el plazo, apareció la dama y le preguntó qué era lo que deseaba, pues le sería concedido. El rey respondió que no quería riquezas ni poder, pues de uno y otro tenía en abundancia. Y en verdad que hasta entonces no había pensado pedir nada, pero en aquel momento, mientras miraba a la dama, esta le pareció sumamente hermosa, mucho más que cualquier mujer a la que hubiese abrazado nunca, y le dijo que deseaba yacer con ella una noche.

La dama respondió que, además de parecerle indigno que intentase aprovechar la situación para satisfacer sus bajos instintos, aquello que pedía le era imposible de cumplir, pues solo podía conceder dones terrenales y ella misma era un ser espectral. Por tanto, concedió, haría como si nunca hubiese escuchado sus palabras y le daría la oportunidad de hablar de nuevo.

Pero como el rey, terco, seguía solicitando lo mismo, ella le despidió diciéndole que ya que no pedía nada, le concedería algo por voluntad propia: desde aquel momento, él y sus descendientes no disfrutarían de un solo momento de paz, y serían vasallos de sus enemigos y verían como sus bienes disminuían hasta desaparecer. Y así fue, dice Mandevilla, puesto que durante muchos años el reino de Armenia estuvo en guerra con los sarracenos y se vio obligado a rendirles tributo.

Al Castillo del Gavilán llegó también un hombre pobre que pasó con éxito la prueba. Como premio dijo a la dama que le gustaría poseer muchos bienes y saber comerciar con ellos. La dama se lo concedió, y este hombre llegó a convertirse en el mercader más próspero y conocido de su época, aunque su nombre no se ha conservado.
Asimismo, vigiló al gavilán durante siete días y siete noches, sin dormir un solo momento, un caballero templario, quien pidió a la dama una bolsa que siempre estuviese llena de oro. La dama se la entregó advirtiéndole que aquella bolsa suponía el fin de su orden, pues debido a su riqueza se volverían orgullosos y caerían protegiéndola. Así sucedió, concluye Madevilla, que escribía apenas 40 años después de que el último gran maestre de la orden, Jacques de Molay, pereciese en la hoguera.

La Columna Inoxidable de Nueva Delhi


Nuestra atención se posa en una columna de Nueva Delhi. A los pies de la Torre de la Victoria, imponente y majestuosa con sus 70 metros de altura, se hallan los restos de Qutb Minar y una mezquita que data de finales del XIII y pasa por ser el primer templo islámico erigido en territorio indio.

Es en el patio de la mezquita donde se encuentra nuestra columna. De unos siete metros y con un peso superior al de cinco toneladas, no parece demasiada cosa para la notoriedad alcanzada en el competitivo mundo de la arqueología. ¿Será su edad, más de 1600 años, lo que explique tal suceso?

Al fin y al cabo, ¿qué son 1600 años con los buenos milenios que portan a su espalda las pirámides de Egipto? La edad de la columna por sí sola no es motivo de admiración. Pero lo que causa verdadero asombro y notable perplejidad es una característica que no ha pasado desapercibida a ojos de los investigadores.

La columna es de hierro…y no se oxida. Se mantiene impecable, no como esos cuchillos de todo a cien en cuya hoja se lee Acero Inoxidable, y a los dos meses una inquietante sombra anaranjada empieza a cubrir su ya nunca más sonrisa “Profiden”. La columna no, la columna es otra cosa. Y claro, después de rascarnos la cabeza, nos preguntamos: ¿pero una aleación de la que resulte un acero inoxidable no era invento de nuestra época?

¿Cómo es que en la India del siglo V se tenía conocimiento de tal técnica? ¿Eran los herreros de allí discípulos aventajados del cojo Hefesto? Estas preguntas están en el candelero y, de manera incisiva, trascienden el mero caso de una columna aislada para desembocar en uno de los enigmas más fascinantes del universo del misterio.

Nos referimos a las tecnologías del pasado. Tendemos a ver la historia de una manera lineal, evolutiva y acumulativa. ¿Y si tal concepción fuese errónea? ¿Y si en el pasado distintas civilizaciones hubiesen llegado a conocimientos luego perdidos y que sólo de forma ardua y costosa nuestra cultura ha recuperado?

Es absolutamente cierto que la tecnociencia es un rasgo determinante e idiosincrático de nuestras sociedades. La revolución científica, primero, y la económica, después, coadyuvadas por una ulterior revolución industrial en parte dependiente de aquellas dos, acabaron dando lugar a una sociedad tecnológica, única en la historia por lo que sabemos.

Sin embargo, eso no quiere decir que, por otros caminos, las culturas del pasado no llegaron a unos conocimientos de los que nosotros solamente tuvimos noticia a través del desarrollo tecnológico. Unos conocimientos asociados a unas técnicas que permitirían la construcción, por ejemplo, de las pirámides. ¿O es que hay necesidad de recurrir a inteligencia extraterrestre cada vez que no comprendemos un hecho insólito de nuestra historia?

La Sección Áurea, El Número De Oro


Matemáticos, arquitectos o filósofos parecen haber creído, desde la antigüedad, en la existencia de una relación geométrica privilegiada y excelsa, ulteriormente bautizada como sección áurea, divina proporción, razón dorada o número de oro.

La sección áurea se obtiene al dividir un segmento en dos, de modo que las partes resultantes estén entre sí en la misma proporción que la mayor de ellas y la suma de las dos. En otras palabras, se divide un segmento AB en AX y XB de manera que AX:AB=XB:AX.

El número (positivo) inherente a tal proporción es 1+(raíz de)5/2, número irracional que vale 1,6 18 033 989…a tal número, es decir, a tal representación numérica de la sección áurea se lo llama número de oro. Por lo tanto, sección áurea y número de oro vienen a ser lo mismo.

La divina proporción vuelve a estar muy en boga, a causa de la atención que en los últimos años se le ha dedicado tanto desde la literatura como desde el cine más comerciales, aun cuando el tema principal fuesen sociedades y grupos secretos. No es de extrañar. El número de oro tiene unas propiedades que han fascinado a todo aquel que lo ha estudiado con detenimiento. Hay incluso una pregunta que está todavía por resolver: ¿marca la sección áurea el canon eterno de la belleza del universo?

Veamos. Los primeros en soñar con una mística racional del número fueron los pitagóricos. Es célebre la historia del descubrimiento por parte de Pitágoras (o de algún discípulo) de distintos acordes musicales en relación con los diferentes tamaños de una cuerda.

Como los primeros podían representarse numéricamente, se dedujo que las proporciones conmensurables (en definitiva, números) eran la esencia última de la armonía que regía el mundo. Esto es, que lo real era en el fondo número, que la naturaleza era número.

El fanatismo de los pitagóricos llegó a tal extremo que la leyenda cuenta lo siguiente: cuando uno de los miembros de la secta descubrió la existencia de los números inconmensurables, por ejemplo de la inconmensurabilidad entre la diagonal y el lado de un cuadrado, los compañeros de fe matemática lo arrojaron por la borda (iban en un barco, acaso hacia Sicilia). Esta leyenda nos aporta un dato sin embargo auténtico: el asombro (y hasta miedo) que el descubrimiento de los números irracionales provocó en los griegos.

Pero nos estamos apartando de lo que ahora importa: la sección áurea. ¿Cuando se tuvo un conocimiento de ella? Parece que su huella se encuentra en ciertos elementos de la pirámide de Keops, aunque algunos discuten que se conociese antes de Grecia. El número de oro sí se halla en varias de las obras antiguas más representativas, lo que explicaría su permanencia como canon de belleza: así, el Partenón.

El gran revival de la sección áurea fue en el Renacimiento, época grandiosa en la que se mezclaban las ansias más sisíficas y prometeicas con el mayor de los candores. En el Renacimiento un astrónomo no lo era sin ser mago, y todo científico y artista tenía algo de brujo. Así, el número de oro se convirtió en fórmula mágica (que rescataba una sabiduría antigua olvidada), símbolo cosmológico y clave secreta de la arquitectura y de las artes.

La divina proporción fue el título de un libro de Luca Pacioli editado en 1509, y la sección áurea determina el famoso Homo quadratus de Leonardo, por citar solamente dos ejemplos. Pero es que, de repente, los mejores hombres de la época creyeron que el número de oro definía la estructura oculta del universo visible. Y así se entregaron a ella con pasión a la hora de levantar catedrales, construir edificios, representar figuras, diseñar objetos o crear pinturas. Fascinante.

sábado, 3 de julio de 2010

El Nacimiento de las Isondúes


Cuentan que en el inicio de los tiempos, cuando Tupá, el dios supremo de los guaraníes, creó a los hombres, quiso que tuvieran lo necesario para sobrevivir, por lo que les regaló el fuego para que se calienten durante las noches frías. Entonces los hombres vivían en armonía y se reunían cordialmente a la luz de las fogatas para hablar y compartir experiencias, cuentos y risas.

Un día, Añá, el espíritu del mal, andaba caminando por esas tierras y se encontró con los hombres reunidos alegremente alrededor del fuego. Su oscuro corazón quedó lleno de envidia puesto que esperaba ver al hombre sufriendo a causa del frío. En cambio los halló riendo y compartiendo charlas en paz, sin motivo para discutir o pelear.

Furioso decidió apagar el fuego que reunía a los hombres, por lo que se transformó en viento y arremetió contra las fogatas apagándolas una a una. Las chispas saltaban y volaban de acá para allá, y Añá las perseguía tratando que no quede rastro de fuego. Los hombres se quedaron petrificados a causa del miedo y de la sorpresa del viento nocturno. Todo parecía favorecer las crueles intenciones del mal.

Pero Tupá estaba viendo lo que pasaba por lo que decidió engañar a Añá y transformó las chispas que perseguía en pequeños insectos que al volar se prendían y apagaban fugazmente, y a los cuales llamó Isondúes. Añá, sin tomar conciencia del cambio, continuó soplando atrás de los bichitos que se fueron alejando de los hombres, prendiéndose y apagándose intermitentemente, diseminándose por los montes.

Mientras tanto, Tupá volvió donde estaban reunidos los hombres y les enseño a reavivar el fuego a partir de las brasas que aún permanecían encendidas.

Así fue como nacieron las luciérnagas o bichitos de luz, las cuales todavía andan de aquí para allá mostrando su brillo a intervalos y engañando a Añá, que continúa volando tras de ellas y soplándolas pensando que son las chispas del fuego que reúne a los hombres.

El Castillo de Buena Esperanza en Sudáfrica


Africa es un continente muy ligado a las creencias espirituales, a las tradiciones y al respeto a sus muertos. Africa roba el corazón con sus historias y leyendas, con sus inexplicables encuentros y desencuentros con otros mundos, con sus supersticiones, donde se mezclan espíritus errantes, miedos y antiguos ritos ancestrales.

El Castillo de Buena Esperanza, en Ciudad del Cabo, es uno de esos lugares reservados a la leyenda y a las extrañas creencias en un más allá donde los espíritus agonizan en espera del reposo eterno.

Pieter Gysbert van Noodt es uno de esos espíritus. Gobernador de El Cabo en el siglo XVIII, era un hombre temible y severo que mandó a la horca a siete soldados que habían intentado desertar. Estos soldados habían sido sentenciados por el consejo militar a ser apaleados y deportados. Conocedor de la sentencia, y para que sirviera de escarmiento, el gobernador levantó la sentencia y mandó ahorcarlos. De nada sirvieron las peticiones de clemencia: cuando llegó el momento fatal uno de aquellos soldados, invocando al cielo, levantó la vista y pidió justicia divina contra el gobernador van Noodt.

Aquella noche, van Noodt fue encontrado muerto en su silla, con el rictus contraído de espanto y el horror dibujado en su cara. Siendo gobernador como era, su entierro debía hacerse siguiendo todos los fastos, y aunque así se hizo para aparentar, lo cierto es que el ataúd se enterró vacío, pues temerosos de una maldición no quisieron enterrarlo realmente en campo santo. Su cuerpo fue echado, sin más honores, a una fosa.

Desde entonces, en el castillo se han venido observando muchos sucesos y apariciones extrañas. Es normal que las luces se apaguen y enciendan solas, que se escuchen voces o que las campanas del castillo suenen.

Sin embargo, este tañido de campanas también se atribuye a un soldado que se suicidó colgándose de la cuerda de éstas. Dicen que de vez en cuando una silueta se ve en las almenas, junto a las campanas, y que se trata del espíritu de este pobre soldado.

La historia del Castillo de Buena Esperanza está sembrada de sucesos lúgubres y es que durante muchos años el castillo sirvió de prisión para muchos desgraciados que acabaron perdiendo la vida en sus oscuros calabozos. Entre estos calabozos es famoso el conocido como “agujero negro” (die Donker Gat), una celda donde se encadenaba a los presos en la oscuridad. Esta celda se inunda cuando sube la marea en invierno y atrapó, ahogando, a muchos de aquellos prisioneros.

Pero el castillo ha visto agrandada su leyenda con múltiples historias más, quien sabe si fruto de la imaginación popular. También se cuenta que suele verse el espíritu de un gran perro que se abalanza sobre los turistas y que solamente desaparece justo en el momento en que va a impactar contra ellos. O la amenazante figura de una dama gris que se pasea por las estancias y dicen pertenece a una artista que escribía y pintaba sobre el castillo. Lady Ann Barnard, que así se llamaba, creó una sala de baile y diseñó la piscina de los delfines del castillo, donde se bañaba desnuda. Dicen que era tal su amor por el castillo que acabó quedándose en él eternamente…

La Leyenda de Lady Shalott


Lady Shalott, de quien dicen que antes fue una poderosa bruja y cuyo nombre era Elaine, vivía encerrada en la torre de un castillo situado en la isla de Shalott, isla que se encontraba muy cerca a las míticas tierras de Camelot.

Condenada por una antigua maldición a ver el mundo sólo a través de un espejo mágico, le estaba totalmente prohibido asomarse por la ventana. Así, ella podía ver lo que ocurría fuera pero nadie podía verla a ella. Las gentes del lugar tan sólo conocían su voz, el dulce y melancólico cantar que la acompañaba en su irremediable soledad. Su cantar y sus tapices…

Ocupaba sus horas tejiendo preciosos tapices en los que plasmaba todo aquello cuanto el espejo le mostraba. Conoció así no sólo Camelot sino también al Rey Arturo y a los Caballeros de la Mesa Redonda.

Pero he aquí que un día uno de ellos llamó especialmente su atención y no podía dejar de mirarlo. Era Sir Lancelot, sin duda el más gallardo y apuesto de todos los hombres al servicio del Rey Arturo. Tanto le impresionó que pronto se dio cuenta de que de él se había enamorado sin remedio y de que necesitaba verlo sin la intermediación de su espejo.

Entonces osó asomarse a la ventana y lo buscó en la lejanía… En ese preciso instante el espejo se rompió en mil pedazos mientras que por toda la estancia un viento huracanado levantó por los aires los tapices y los arrojó por la ventana profanada, cayendo por doquier. Su suerte estaba echada.

Lady Shalott huyó del castillo y subió a una barca rumbo a Camelot, esperando llegar antes que la inevitable muerte que sabía que la buscaba. Un cántico de despedida comenzó a emanar de su garganta, cántico que dejaba una estela de honda tristeza a su paso.

Cuando su pequeña embarcación llega a la orilla ya es tarde. Su cuerpo yace ya inerte. En una mano lleva un lirio y en la otra una carta escrita durante el viaje, único testigo ya de su amor desgraciado.
Cuenta que el propio Sir Lancelot, tras conocer esta triste historia, rogó, embargado de una honda emoción, por el alma de la joven Lady Shalott.

jueves, 1 de julio de 2010

El Origen de las Pirámides de Güímar


Las pirámides de Güímar en Tenerife son unas misteriosas construcciones de origen desconocido y que albergan en sí ancestrales secretos. Rodeadas por la belleza árida del sur de la Isla, su altura aproximada es de 5 metros de alto y se asemejan arquitectónicamente con las pirámides de Egipto, Mesopotamia, Cerdeña, Sicilia, Sudamérica y otras partes del mundo, que las dota de un sorprendente halo de misticismo.

Popularmente, la autoría de las pirámides se atribuyó a campesinos -que las llaman “Majanos“-, pero desde 1991 se está investigando profusamente su auténtica procedencia, intentando demostrar que éstas no pudieron ser erigidas por ellos. Thor Heyerdahl (1914- 2002), un famoso explorador e investigador noruego, trabajó incesantemente en la resolución del misterio.

Una de las teorías en las que más profundizó fue en la de que los conocimientos arquitectónicos pudieron transmitirse a través de los mares y para ello no dudo en realizar arriesgadas travesías en pequeñas embarcaciones, cuando se suponía que en aquellas épocas el hombre no estaba preparado para cruzar los océanos.

En una de sus aventuras, llega a Canarias invitado por su buen amigo Fred Olsen, quien le comenta la existencia de pirámides. Heyerdah se sintió fascinado por la historia, convencido de que sus autores tendrían que haber sido los egipcios. Esto suponía la confirmación a su teoría de que los conocimientos en la antigüedad cruzaban el mar. Según el investigador, todo comenzó en Egipto, luego hubo un paso en Canarias y, por último, se llevaron a Sudamérica.

Pero Heyerdah fue más allá al afirmar que no fueron los egipcios quienes llegaron a América, sino los guanches -los primeros pobladores de las Islas- que cargaban en sus hombros los prodigiosos conocimientos; además, sentenció que un grandioso invento sólo se puede originar en un punto geográfico, no coincidir en varios. Para corroborar sus hipótesis, éste excavó en el centro mismo de las Pirámides de Gúímar sin encontrar nada. Su objetivo era el de hallar momias guanches y no dudó en consultar a numerosos expertos en este tipo de construcciones -piramidólogos- que declararon que eran de procedencia antiquísima.

Estos resultados no fueron suficientes, y arqueólogos de renombre estudiaron el lugar y determinaron que éstas datan del siglo XIX y que fueron, lo más factible, levantadas por las gentes del lugar para retirar las piedras del suelo y así poder cultivar la cochinilla. Es decir, que en vez de amontonar las piedras de origen volcánico de cualquier manera, las colocaron a modo de terrazas lo que derivó en las diferentes plantas que han permanecido hasta hoy en día.

Pero lo que sí es indudable son los datos arrojados por investigaciones de astrofísicos que han descubierto que las pirámides están orientadas astronómicamente hacia los solsticios de verano e invierno, lo que para muchos equivale a misterio, aunque la realidad apunte a que levantaron en el siglo XIX.
Hoy en día visitar las Pirámides de Güimar es uno de los atractivos turísticos del sur de la isla de Tenerife.