Atención Por Favor.

Ante todo nos dirigimos y agradecemos a todos por la ayuda que nos dan con este blog ya sean seguidores, oyentes del programa de radio y por sobre todo a todos aquellos propietarios de webs, blogs, libros y todos los lugares donde han obtenidos la información y nos han acercado a nuestro mail para que podamos publicarlas en este humilde blog, para que todas las semanas desde hace ya 7 años podamos compartir en dos emisiones las tantas historias, enigmas y misterios del universo que se van pasando de generación en generación y así reflejar esas viejas leyendas, historias, enigmas y misterios que de niños oímos mas de una vez y que nos asustaban en algunos casos como también en otras nos enseñaban a valorar y respetar esas narraciones.

Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.



martes, 6 de julio de 2010

La Sección Áurea, El Número De Oro


Matemáticos, arquitectos o filósofos parecen haber creído, desde la antigüedad, en la existencia de una relación geométrica privilegiada y excelsa, ulteriormente bautizada como sección áurea, divina proporción, razón dorada o número de oro.

La sección áurea se obtiene al dividir un segmento en dos, de modo que las partes resultantes estén entre sí en la misma proporción que la mayor de ellas y la suma de las dos. En otras palabras, se divide un segmento AB en AX y XB de manera que AX:AB=XB:AX.

El número (positivo) inherente a tal proporción es 1+(raíz de)5/2, número irracional que vale 1,6 18 033 989…a tal número, es decir, a tal representación numérica de la sección áurea se lo llama número de oro. Por lo tanto, sección áurea y número de oro vienen a ser lo mismo.

La divina proporción vuelve a estar muy en boga, a causa de la atención que en los últimos años se le ha dedicado tanto desde la literatura como desde el cine más comerciales, aun cuando el tema principal fuesen sociedades y grupos secretos. No es de extrañar. El número de oro tiene unas propiedades que han fascinado a todo aquel que lo ha estudiado con detenimiento. Hay incluso una pregunta que está todavía por resolver: ¿marca la sección áurea el canon eterno de la belleza del universo?

Veamos. Los primeros en soñar con una mística racional del número fueron los pitagóricos. Es célebre la historia del descubrimiento por parte de Pitágoras (o de algún discípulo) de distintos acordes musicales en relación con los diferentes tamaños de una cuerda.

Como los primeros podían representarse numéricamente, se dedujo que las proporciones conmensurables (en definitiva, números) eran la esencia última de la armonía que regía el mundo. Esto es, que lo real era en el fondo número, que la naturaleza era número.

El fanatismo de los pitagóricos llegó a tal extremo que la leyenda cuenta lo siguiente: cuando uno de los miembros de la secta descubrió la existencia de los números inconmensurables, por ejemplo de la inconmensurabilidad entre la diagonal y el lado de un cuadrado, los compañeros de fe matemática lo arrojaron por la borda (iban en un barco, acaso hacia Sicilia). Esta leyenda nos aporta un dato sin embargo auténtico: el asombro (y hasta miedo) que el descubrimiento de los números irracionales provocó en los griegos.

Pero nos estamos apartando de lo que ahora importa: la sección áurea. ¿Cuando se tuvo un conocimiento de ella? Parece que su huella se encuentra en ciertos elementos de la pirámide de Keops, aunque algunos discuten que se conociese antes de Grecia. El número de oro sí se halla en varias de las obras antiguas más representativas, lo que explicaría su permanencia como canon de belleza: así, el Partenón.

El gran revival de la sección áurea fue en el Renacimiento, época grandiosa en la que se mezclaban las ansias más sisíficas y prometeicas con el mayor de los candores. En el Renacimiento un astrónomo no lo era sin ser mago, y todo científico y artista tenía algo de brujo. Así, el número de oro se convirtió en fórmula mágica (que rescataba una sabiduría antigua olvidada), símbolo cosmológico y clave secreta de la arquitectura y de las artes.

La divina proporción fue el título de un libro de Luca Pacioli editado en 1509, y la sección áurea determina el famoso Homo quadratus de Leonardo, por citar solamente dos ejemplos. Pero es que, de repente, los mejores hombres de la época creyeron que el número de oro definía la estructura oculta del universo visible. Y así se entregaron a ella con pasión a la hora de levantar catedrales, construir edificios, representar figuras, diseñar objetos o crear pinturas. Fascinante.

sábado, 3 de julio de 2010

El Nacimiento de las Isondúes


Cuentan que en el inicio de los tiempos, cuando Tupá, el dios supremo de los guaraníes, creó a los hombres, quiso que tuvieran lo necesario para sobrevivir, por lo que les regaló el fuego para que se calienten durante las noches frías. Entonces los hombres vivían en armonía y se reunían cordialmente a la luz de las fogatas para hablar y compartir experiencias, cuentos y risas.

Un día, Añá, el espíritu del mal, andaba caminando por esas tierras y se encontró con los hombres reunidos alegremente alrededor del fuego. Su oscuro corazón quedó lleno de envidia puesto que esperaba ver al hombre sufriendo a causa del frío. En cambio los halló riendo y compartiendo charlas en paz, sin motivo para discutir o pelear.

Furioso decidió apagar el fuego que reunía a los hombres, por lo que se transformó en viento y arremetió contra las fogatas apagándolas una a una. Las chispas saltaban y volaban de acá para allá, y Añá las perseguía tratando que no quede rastro de fuego. Los hombres se quedaron petrificados a causa del miedo y de la sorpresa del viento nocturno. Todo parecía favorecer las crueles intenciones del mal.

Pero Tupá estaba viendo lo que pasaba por lo que decidió engañar a Añá y transformó las chispas que perseguía en pequeños insectos que al volar se prendían y apagaban fugazmente, y a los cuales llamó Isondúes. Añá, sin tomar conciencia del cambio, continuó soplando atrás de los bichitos que se fueron alejando de los hombres, prendiéndose y apagándose intermitentemente, diseminándose por los montes.

Mientras tanto, Tupá volvió donde estaban reunidos los hombres y les enseño a reavivar el fuego a partir de las brasas que aún permanecían encendidas.

Así fue como nacieron las luciérnagas o bichitos de luz, las cuales todavía andan de aquí para allá mostrando su brillo a intervalos y engañando a Añá, que continúa volando tras de ellas y soplándolas pensando que son las chispas del fuego que reúne a los hombres.

El Castillo de Buena Esperanza en Sudáfrica


Africa es un continente muy ligado a las creencias espirituales, a las tradiciones y al respeto a sus muertos. Africa roba el corazón con sus historias y leyendas, con sus inexplicables encuentros y desencuentros con otros mundos, con sus supersticiones, donde se mezclan espíritus errantes, miedos y antiguos ritos ancestrales.

El Castillo de Buena Esperanza, en Ciudad del Cabo, es uno de esos lugares reservados a la leyenda y a las extrañas creencias en un más allá donde los espíritus agonizan en espera del reposo eterno.

Pieter Gysbert van Noodt es uno de esos espíritus. Gobernador de El Cabo en el siglo XVIII, era un hombre temible y severo que mandó a la horca a siete soldados que habían intentado desertar. Estos soldados habían sido sentenciados por el consejo militar a ser apaleados y deportados. Conocedor de la sentencia, y para que sirviera de escarmiento, el gobernador levantó la sentencia y mandó ahorcarlos. De nada sirvieron las peticiones de clemencia: cuando llegó el momento fatal uno de aquellos soldados, invocando al cielo, levantó la vista y pidió justicia divina contra el gobernador van Noodt.

Aquella noche, van Noodt fue encontrado muerto en su silla, con el rictus contraído de espanto y el horror dibujado en su cara. Siendo gobernador como era, su entierro debía hacerse siguiendo todos los fastos, y aunque así se hizo para aparentar, lo cierto es que el ataúd se enterró vacío, pues temerosos de una maldición no quisieron enterrarlo realmente en campo santo. Su cuerpo fue echado, sin más honores, a una fosa.

Desde entonces, en el castillo se han venido observando muchos sucesos y apariciones extrañas. Es normal que las luces se apaguen y enciendan solas, que se escuchen voces o que las campanas del castillo suenen.

Sin embargo, este tañido de campanas también se atribuye a un soldado que se suicidó colgándose de la cuerda de éstas. Dicen que de vez en cuando una silueta se ve en las almenas, junto a las campanas, y que se trata del espíritu de este pobre soldado.

La historia del Castillo de Buena Esperanza está sembrada de sucesos lúgubres y es que durante muchos años el castillo sirvió de prisión para muchos desgraciados que acabaron perdiendo la vida en sus oscuros calabozos. Entre estos calabozos es famoso el conocido como “agujero negro” (die Donker Gat), una celda donde se encadenaba a los presos en la oscuridad. Esta celda se inunda cuando sube la marea en invierno y atrapó, ahogando, a muchos de aquellos prisioneros.

Pero el castillo ha visto agrandada su leyenda con múltiples historias más, quien sabe si fruto de la imaginación popular. También se cuenta que suele verse el espíritu de un gran perro que se abalanza sobre los turistas y que solamente desaparece justo en el momento en que va a impactar contra ellos. O la amenazante figura de una dama gris que se pasea por las estancias y dicen pertenece a una artista que escribía y pintaba sobre el castillo. Lady Ann Barnard, que así se llamaba, creó una sala de baile y diseñó la piscina de los delfines del castillo, donde se bañaba desnuda. Dicen que era tal su amor por el castillo que acabó quedándose en él eternamente…

La Leyenda de Lady Shalott


Lady Shalott, de quien dicen que antes fue una poderosa bruja y cuyo nombre era Elaine, vivía encerrada en la torre de un castillo situado en la isla de Shalott, isla que se encontraba muy cerca a las míticas tierras de Camelot.

Condenada por una antigua maldición a ver el mundo sólo a través de un espejo mágico, le estaba totalmente prohibido asomarse por la ventana. Así, ella podía ver lo que ocurría fuera pero nadie podía verla a ella. Las gentes del lugar tan sólo conocían su voz, el dulce y melancólico cantar que la acompañaba en su irremediable soledad. Su cantar y sus tapices…

Ocupaba sus horas tejiendo preciosos tapices en los que plasmaba todo aquello cuanto el espejo le mostraba. Conoció así no sólo Camelot sino también al Rey Arturo y a los Caballeros de la Mesa Redonda.

Pero he aquí que un día uno de ellos llamó especialmente su atención y no podía dejar de mirarlo. Era Sir Lancelot, sin duda el más gallardo y apuesto de todos los hombres al servicio del Rey Arturo. Tanto le impresionó que pronto se dio cuenta de que de él se había enamorado sin remedio y de que necesitaba verlo sin la intermediación de su espejo.

Entonces osó asomarse a la ventana y lo buscó en la lejanía… En ese preciso instante el espejo se rompió en mil pedazos mientras que por toda la estancia un viento huracanado levantó por los aires los tapices y los arrojó por la ventana profanada, cayendo por doquier. Su suerte estaba echada.

Lady Shalott huyó del castillo y subió a una barca rumbo a Camelot, esperando llegar antes que la inevitable muerte que sabía que la buscaba. Un cántico de despedida comenzó a emanar de su garganta, cántico que dejaba una estela de honda tristeza a su paso.

Cuando su pequeña embarcación llega a la orilla ya es tarde. Su cuerpo yace ya inerte. En una mano lleva un lirio y en la otra una carta escrita durante el viaje, único testigo ya de su amor desgraciado.
Cuenta que el propio Sir Lancelot, tras conocer esta triste historia, rogó, embargado de una honda emoción, por el alma de la joven Lady Shalott.

jueves, 1 de julio de 2010

El Origen de las Pirámides de Güímar


Las pirámides de Güímar en Tenerife son unas misteriosas construcciones de origen desconocido y que albergan en sí ancestrales secretos. Rodeadas por la belleza árida del sur de la Isla, su altura aproximada es de 5 metros de alto y se asemejan arquitectónicamente con las pirámides de Egipto, Mesopotamia, Cerdeña, Sicilia, Sudamérica y otras partes del mundo, que las dota de un sorprendente halo de misticismo.

Popularmente, la autoría de las pirámides se atribuyó a campesinos -que las llaman “Majanos“-, pero desde 1991 se está investigando profusamente su auténtica procedencia, intentando demostrar que éstas no pudieron ser erigidas por ellos. Thor Heyerdahl (1914- 2002), un famoso explorador e investigador noruego, trabajó incesantemente en la resolución del misterio.

Una de las teorías en las que más profundizó fue en la de que los conocimientos arquitectónicos pudieron transmitirse a través de los mares y para ello no dudo en realizar arriesgadas travesías en pequeñas embarcaciones, cuando se suponía que en aquellas épocas el hombre no estaba preparado para cruzar los océanos.

En una de sus aventuras, llega a Canarias invitado por su buen amigo Fred Olsen, quien le comenta la existencia de pirámides. Heyerdah se sintió fascinado por la historia, convencido de que sus autores tendrían que haber sido los egipcios. Esto suponía la confirmación a su teoría de que los conocimientos en la antigüedad cruzaban el mar. Según el investigador, todo comenzó en Egipto, luego hubo un paso en Canarias y, por último, se llevaron a Sudamérica.

Pero Heyerdah fue más allá al afirmar que no fueron los egipcios quienes llegaron a América, sino los guanches -los primeros pobladores de las Islas- que cargaban en sus hombros los prodigiosos conocimientos; además, sentenció que un grandioso invento sólo se puede originar en un punto geográfico, no coincidir en varios. Para corroborar sus hipótesis, éste excavó en el centro mismo de las Pirámides de Gúímar sin encontrar nada. Su objetivo era el de hallar momias guanches y no dudó en consultar a numerosos expertos en este tipo de construcciones -piramidólogos- que declararon que eran de procedencia antiquísima.

Estos resultados no fueron suficientes, y arqueólogos de renombre estudiaron el lugar y determinaron que éstas datan del siglo XIX y que fueron, lo más factible, levantadas por las gentes del lugar para retirar las piedras del suelo y así poder cultivar la cochinilla. Es decir, que en vez de amontonar las piedras de origen volcánico de cualquier manera, las colocaron a modo de terrazas lo que derivó en las diferentes plantas que han permanecido hasta hoy en día.

Pero lo que sí es indudable son los datos arrojados por investigaciones de astrofísicos que han descubierto que las pirámides están orientadas astronómicamente hacia los solsticios de verano e invierno, lo que para muchos equivale a misterio, aunque la realidad apunte a que levantaron en el siglo XIX.
Hoy en día visitar las Pirámides de Güimar es uno de los atractivos turísticos del sur de la isla de Tenerife.

La Leyenda del Drago Milenario de Canarias


Cuenta la leyenda que hace muchísimos años desembarcó la costa de Tenerife, concretamente en la indómita playa de San Marcos, en Icod de los Vinos, un mercader ansioso por adquirir “Sangre de Drago”, muy preciada en la época.

Pero he aquí que al llegar a dicha playa, se fijó en unas jóvenes muchachas que se divertían bañándose en aquella cálida tarde de verano. El mercader, de carácter avaricioso, se propuso poseer a alguna de aquellas bellas guanches y se lanzó a perseguirlas. Logró dar alcance a una y pensó en lo fácil que le había resultado. Pero no reparó ni por un momento en la inteligente mirada de la doncella a quien tenía cautiva.

Entonces ella le ofreció, como muestra de amistad y de admiración , hermosos frutos propios de la isla, frutos que parecían haber nacido en el Jardín de las Hespérides. Tan complacido se sintió el confiado hombre, que se sentó a comer cuanto ante él estaba dispuesto y no prestó la atención debida a la astuta muchacha, que aprovechó para saltar al otro lado de un barranco cercano con la agilidad propia de una gacela.

Se escondió entonces entre los árboles mientras el confuso mercader intentaba adivinar su silueta entre el denso bosque. De pronto apareció ante él un árbol extraño y aterrador que, blandiendo sus ramas como espadas y cuyo tronco serpenteaba amenazadoramente, protegía tras su asombrosa presencia a la indefensa muchacha.

Dicen que entonces el mercader, preso del terror, lanzó un arma afilada que llevaba en la mano, la cual fue a clavarse en el tronco de aquel árbol. Y cuentan que empezó a gotear de la herida producida un líquido rojo y denso que parecía sangre. Ante tal visión el hombre, aturdido, huyó como alma que lleva el diablo y, una vez pudo alcanzar su embarcación, se perdió mar adentro.

El drago canario, Dracoena Draco o Draco Palma Canariensis, es un impresionante árbol de ramas espesas cuyas hojas simulan afiladas espadas. Especia longeva, su fama proviene de su peculiar resina, la cual es densa y del color de la sangre. Venerado ya en tiempos de los romanos, esa llamativa sustancia era considerada benefactora de la salud y por ello era ansiada por todos.

Para los guanches, aborígenes de las Islas Canarias, representaba la manifestación terrenal de un dios protector.
Por otra parte, diversas teorías consideran que eran precisamente las Islas Canarias lo que en épocas antiguas se conocía como el Jardín de las Hespérides, en el que un dragón de 100 cabezas protegía a las Hespérides, las tres hijas de Atlas.

La Leyenda del Hombre Rojo y los Médicis


“L’Écorcheur”(el Matarife) era un asesino a sueldo al servicio de la reina Catalina de Médicis. Siniestro y sin escrúpulos, su método para solucionar problemas era temido por todos los enemigos de la reina. A cambio de una ingente cantidad de dinero, realizaba el trabajo sucio de forma, paradójicamente, limpia y efectiva. No obstante, a medida que aumentaban sus encargos y manchaba sus manos de sangre, la reina empezaba a sospechar que su asesino sabía demasiado. Ergo, decidió deshacerse de él, utilizando para tal fin a un nuevo esbirro, de nombre Sr. De Neuville.

Aunque intentó zafarse de su atacante, el Matarife no pudo sortear su suerte. En uno de los pasillos del Palacio de Tullerías, fue asesinado por Sr. De Neuville, quién le asestó varias puñaladas con un estilete.

Agonizando, y envuelto en un charco de sangre profirió una maldición: “¡volveré!” Minutos después, el esbirro Neuville huía en la oscuridad de las estancias de palacio, hasta que una escalofriante sensación lo paró en seco… Presintió que un hombre ensangrentado lo seguía y desenvainó presto su espada. No había nadie. Consternado, regresó sobre su pasos para cerciorarse de que el Matarife estaba realmente muerto.

Al llegar al lugar, comprobó aterrorizado que el cadáver no estaba; sólo quedaba como prueba un gran charco de sangre. Rápidamente, acudió a los aposentos de la reina, quién envió a sus hombre a rematar al Matarife. Por mucho que rastrearon el palacio, éste no apareció. La monarca, extrañada, decidió encerrarse a cal y canto.

Pocos días después, el astrólogo de la reina, Cosme Ruggieri, acudía a ésta para contarle que había tenido un encuentro con hombre ensangrentado, quién predijo la muerte de la reina y una serie de desgracias que caerían sobre los propietarios del Palacio de las Tullerías.

Al volver a sus aposentos, la propia Catalina se topó de frente con el hombre ensangrentado. Pavorosa, ordenó a sus criados a que empaquetaran sus cosas y abandonó el recinto para nunca más volver. La política de los Medicis pasó por diversos conflictos hasta perder su influencia; tiempo después, la reina cayó enferma de una gripe que derivó en una pleuresía.
Dicen que en su lecho de muerte recordó la profecía del Hombre de rojo. Igualmente, y en la noche de la muerte de Catalina de Médicis, varios testigos afirman haber visto a un hombre ensangrentado deambulando por los jardines de las Tullerías.