“Esto pasó en
Ciudad hace cosa de 20 años cuando recién me casé, ocurrió en una
añosa pensión que está en calle Avellaneda, a pocas cuadras de los
portones del parque”martes, 9 de abril de 2019
La Pensión del Miedo
“Esto pasó en
Ciudad hace cosa de 20 años cuando recién me casé, ocurrió en una
añosa pensión que está en calle Avellaneda, a pocas cuadras de los
portones del parque”
Allí llegamos con
mi esposa embarazada a vivir de allegados con mi hermana que
alquilaba una pieza por módicos 600 pesos que incluían habitación
con dos camas, derecho a baño comunitario, cocina comunitaria y los
domingos comedor comunitario.
El caso es que yo
había hablado con el encargado de la pensión, un chileno a quien
llamaré Adriano y quien, para los efectos de la historia merece una
reseña.
El tipo era un
vividor, un tahúr entregado a los goces de la vida a pesar de cargar
sobre sus hombros con 40 y tantos y una renguera producto de una
accidente en moto, lo que no le impedía bailar al ritmo de los
éxitos de Sandro, a quien se parecía físicamente y deleitarnos los
domingos durante el asado de patio con los temas del gitano cantados
histriónicamente con un vaso de lata a modo de micrófono.
Adriano era además
plomero gasista por oficio y ahí enganché con él para que me
enseñara a trabajar y me diera laburo dado que salido recién del
cole y con una mina y un gurí en camino no podía pretender ser
gerente de nada como hoy en día.
Adriano era un tipo
oscuro, igual que el Turco dueño de la pensión que venía solo una
vez al mes y solo entraba a la habitación del encargado a cobrar lo
recogido por éste de los otros inquilino, sin que el resto le
pudiera hacer ver sus molestias por lo desvencijado del edificio.
Y como estas
antigüedades abundan en Mendoza, tenía guardada una historia que
hasta el día de hoy me pone los pelos de punta cuando recuerdo.
Toda la gente que
allí vivía lo hacía normalmente… pero de noche y sobre todo
cuando había luna, se escondían temprano y cerraban los postigos de
las puertas que tenían vidrios (o falta de ellos) que permitían la
vista hacia el exterior (e interior respectivamente), ponían la
televisión fuerte o la música para no oír los sonidos del
exterior.
Siendo joven era un
tipo poco dado a la cobardía, pero aquella ceremonia de encerrarse
me empezó a inquietar y más aún cuando cambié de laburo y empecé
a trabajar de noche…
Entré a trabajar al
carrito que está en el cerro La Gloria como sanguchero y de noche,
para ganar más, de mozo, por ende llegaba a casa a eso de las 4 o 5
de la mañana, debiendo recorrer hasta mi residencia una distancia de
treinta metros desde el tétrico portón de calle, pasando por las
habitaciones de dos pisos del frente lo que le daba a la pensión un
aspecto fantasmagórico, una vez ingresado al patio principal, se
accedía mediante una galería a las piezas.
Fue en el patio
donde por primera vez me sentí vigilado, observado desde arriba, era
difícil de explicar, pero se sentía como un frío que bajaba cual
un manto de hielo, a pesar de estar en pleno verano, que me obligaba
a apurar el paso para meterme a la pieza… debo hoy reconocer que me
recagaba de miedo y no me atrevía a mirar al techo. Entonces empecé
a indagar y a medida que lo hacía los eventos se desencadenaron
vertiginosamente.
Pregunté a los
vecinos y la mayoría rehuía a las respuestas como si estuviesen
siendo vigilados, amordazados por una mano invisible, fue Mirta, una
vecina ya entrada en años y con un pasado opulento (psicóloga
retirada y enloquecida por el abandono marital) quien me llamó un
día a su cuarto, al lado del nuestro y me contó…
- Vos, pajarito (así
le gustaba llamarnos a mi mujer y a mí) no te imaginas lo que acá
ha pasado, el tipo ese, Adriano, vos lo conocés, tiene mucho que ver
en esto por eso nos callamos, lo que acá pasa va más allá del
entendimiento humano… por lo que más quieras ¡¡no preguntes
más!!
En este punto sus
cenicientos ojos revelaban un dejo de horror, un horror latente y
presente, como si hablara conmigo y con alguien más dentro de
aquella habitación… me supo transmitir su miedo y mi inicial
coraza de hombría e ignorancia se tornó de inmediato en pavor.
Estábamos solos en la habitación, sobre la mesa estaba una
lamparita de mesa con un foquito de 60 watts que iluminaba
mortecinamente la estancia y si inicialmente nuestras sombras eran
dos sobre la pared, al culminar las palabras de Mirta… ¡sobre mi
sombra aparecía otra en forma horizontal!, me quedé helado mirando,
sintiendo sobre mí el frío que he descrito con anterioridad,
entonces haciendo acopio de valor, me desembaracé de aquel hipnótico
trance y volví mi vista hacia mi vecina. Esto me desmoronó, sus
ojos miraban la pared sobre mí y con horror asentía, mientras
lágrimas corrían por sus descarnadas mejillas. Hui de allí sin dar
crédito a lo que había visto. ¿Cómo podía ella haber visto esa
sombra sobre mi si hacía tiempo un severo glaucoma la había
enceguecido totalmente?
En los días
siguientes los sucesos se desencadenaron vertiginosamente, como si mi
intrusión hubiese despertado o molestado a aquella cosa, por las
noches se oía en las chapas del techo un constante ir y venir de
pasos fuertes y gruñidos… bajos y estertóreos, siempre
deteniéndose sobre nuestro cuarto, gruñendo, rascando las latas y
tratando de bajar. Debo contar que estas casas, para quienes no hayan
visto alguna, poseían en vez de cielo raso una lona gruesa colgando
sobre la mampostería y que con el viento (el zonda por ejemplo) se
movía como la vela de un barco.
Entonces cuando la
cosa caminaba o corría por el techo lona se cimbraba y arrojaba
sobre nosotros polvo y restos de insectos secos.
Hasta que una noche,
que recuerdo hasta hoy, volviendo del trabajo y cuando los sucesos
habían amainado un poco, la ví…
Sobre el techo, en
el ángulo que quebraba la pensión en dos, de pie estaba una figura
femenina, una mujer de pelo suelto y ropa clara, con las manos
crispadas a los lados del cuerpo, mirando el techo bajo sus pies. Mi
horror me paralizó y me obligó a presenciar aquello que no era de
este mundo. Sus pies desnudos, su ropa de niña mecida por la brisa
cálida del verano, sus manos convertidas en dos arañas gigantescas
cuyas falanges se agitaban como látigos sobre sus muslos,
aprestándose a saltar… aprestándose a bajar… pero ¿adonde?…
¡¡la habitación de Adriano!!, esta tenía un tragaluz y el chileno
tenía su cama justo debajo para poder tomar a la luz de la luna y
las estrellas, y ahora una aparición lo estaba acechando por esa
misma claraboya.
La mujer empezó a
moverse en círculos alrededor del agujero en el techo y cuando me
daba la espalda, mi respiración se soltaba, fueron dos vueltas, me
acuerdo muy claro y a la tercera… me vio, o eso creo porque detuvo
su cancina y macabra ronda dirigiendo su faz hacia el patio donde yo
estaba petrificado, echó hacia arriba los hombros y comenzó a
gruñir, tal como había oído en las carreras por el techo, un
gruñido seco, sin vida, de odio, de perdición.
No lo soporté más,
corrí venciendo el miedo, pero en cámara lenta, no podía correr,
mis piernas daban largas zancadas pero no podía salir del patio,
siempre bajo la vigilancia de la cosa, rodeé una hilera de malvones
que crecían en una cantera de piedra y me acuclillé, como un feto
intentando gritar. Pedí ayuda sin emitir más que un ronco estertor,
como cuando una sueña cosas horribles y trata de gritar sin
conseguirlo.
Levanté la vista,
con ardientes lágrimas brotando descontroladas, con una mezcla de
horror y creciente adormecimiento y grite en voz baja:
- Mamita lo tuyo no
es conmigo, soltame…
Y desperté con la
luna sobre mí, temblando y con mis manos crispadas y vacilantes, con
la cabeza agachada, me arrastré por el lado del alero del patio
hasta alcanzar la trancada puerta de mi cuarto… golpeé con sigilo,
pero con urgencia, y entré como un galgo a la apenas iluminada
habitación donde mi mujer y mi hijo recién nacido dormían sin
haber oído nada.
Nada le conté, pero
hice todos los esfuerzos por emigrar, cuanto antes de allí,
consiguiéndolo casi un mes más tarde.
Supe luego que
Adriano había estado de novio con una chica de 20 años y que habían
vivido hacia años en la pieza del cuidador. Luego de una aventura de
él con otra mujer, la chica se colgó del techo en donde las alas de
la pensión se juntaban y se veían las vigas de la añosa
construcción.
Hace poco supe que
Adriano se mudó a una casa de calle Belgrano y que los vecinos ya
hablaban de los raros hábitos del hombre y la fijación de los gatos
del sector que han agarrado de correr y gruñir por los techos de su
casa por las noches.
Hace poco también
pasé por la oscura pensión de calle Avellaneda… la herrumbrosa
puerta de hierro sigue allí a media cuadra de la Boulogne… como un
viejo que se niega a mudarse para que pasé por su casa una
autopista…
domingo, 7 de abril de 2019
El Fantasma Del Jardín De Infantes
El
principal de los motivos es tratar de contar todo sin dar nombres ni
detalles específicos, ya que hay una familia que aún llora a su muerto y
mucha gente que trabaja en el jardín de infantes de este terrible
suceso. Sinceramente lo que me lleva a contarla es que esta vez doy fe
de que es totalmente real porque fue partícipe de los hechos… hechos que
aún pueden ser comprobados por cualquier alma inquisitiva como la mía.
Hace
algunos años se suicidó un personaje público en Mendoza, vamos a
llamarlo Pedro. Hay varios rumores sobre su suicidio, los cuales no
vienen al caso, lo que sí les puedo comentar es que el hecho fue en el
primer piso de su casa, que hacía las veces de oficina de trabajo.
Pedro era
un ferviente radioescucha y amante de los gatos. Felipe (nombre alusivo
también) era el gato que lo acompañaba durante sus tarde noches de
trabajo con la radio de fondo.
El caso
conmocionó la provincia, la familia aún hoy no ha hecho público el
motivo de tan drástica decisión. Incluso se comenta que previo al suceso
hubo un caliente ida y vuelta con un colega suyo. Pedro decidió
suicidarse, lo que olvidó fue que los suicidas quedan en el umbral de la
vida y la muerte, vagando errantes.
La familia
al muy poco tiempo vendió la enorme casa, son más que obvios los
motivos. Incluso la misma fue vendida a un precio casi irrisorio, como
para sacársela de encima rápidamente. En el lugar se abrió un jardín de
infantes, el cual al poco tiempo se llenó de alumnos.
En el piso
de arriba abrieron varias aulas y la oficina de la directora, quien
siempre era la primera en entrar y la última en irse. Esta oficina era
la habitación donde Pedro se había suicidado.
La
historia comenzó un día en que una conocida mía me contó que los niños
veían a un señor vestido de negro pasando por el pasillo, a mi conocida
le vamos a poner el nombre de Alba. Cuando los chicos le decían “Seño,
seño, ¿Quién es ese señor?” Alba se daba vuelta y no veía a nadie. Al
principio relacionó todo con la imaginación de los niños, hasta ahí no
había contado nunca nada.
Me vino
con la historia el día que desapareció uno de sus alumnitos. Se pueden
imaginar los nervios de todo el personal buscando al niño por todos
lados. La directora no quería llamar a la policía para no alarmar a los
padres y las seños habían colapsado por la situación. A último momento,
Alba encontró a su alumnito en el sótano de la casa. Entre retos,
llantos y ovarios que descendían de las gargantas a sus respectivos
lugares, Alba y la directora le preguntaron al nene como había llegado
ahí abajo, cuando la puerta de entrada al sótano estaba cerrada con
llave, llave que la directora guardaba en un cajón de su escritorio. El
nene contestó que el “señor de negro” lo había llevado de la mano y le
había dicho que se quedara a esperarlo que le traería un regalo. Un
escalofrío recorrió toda la espalda de Alba, quien al momento fue citada
a una reunión en privado en el despacho de la directora.
Como era
de esperar, se le pidió casi de manera amenazante que el hecho no
trascendiera. Las llaves del sótano habían desaparecido del cajón de la
directora. Obviamente Alba llegó muy shokeada a su casa y fue al poco
tiempo cuando me enteré del suceso.
Lo que
comenzó a ocurrir después fue que los chicos veían un gato entrar por
las ventanas de las aulas. Ya no eran solamente los alumnos de Alba,
sino que eran todos los alumnos del jardín. Además, un hombre de negro
asustaba a una seño pero no le llamaba la atención a un niño, un gato
sí. Alba cuenta que observaba con horror cuando todos sus alumnitos se
paraban a ver al gatito en la ventana y lo saludaban al tiempo que ella
no veía absolutamente nada.
Una mañana
de invierno se comenzó a escuchar una radio en la oficina de la
directora, comenzó suave, como el ruido de un aparato viejo. Luego el
sonido empezó a aumentar, hasta que se hizo bastante molesto para
mantener a los alumnos concentrados. Alba me comentó que parecía una
especie de discurso lo que se escuchaba, una voz vitoreada por varias
voces. Llegó un punto en el que se puso muy fuerte la radio y Alba
decidió ir hasta la oficina de la directora para pedirle que bajara el
volumen. Al llegar la habitación estaba cerrada. Alba golpeó una vez,
volvió a golpear y nada, llamó a la directora y nada, luego de un minuto
se asustó, pensando que quizás la directora se podía haber desmayado y
comenzó a llamarla fuerte, sin gritar, por miedo a que se asustaran sus
alumnos. Las demás seños salieron al pasillo y vieron la cara de nervios
de Alba, llamando a la directora y tratando de no gritar al tiempo que
les hacía gestos con las manos y la cara. La llamaron al unísono y nada,
golpearon más fuerte y no se oían respuestas, la radio ya estaba a un
volumen insoportable.
De pronto
subió un celador que dijo que sentía los ruidos de la radio desde el
jardín de afuera. Vio a las seños desesperadas intentando abrir y pensó
lo mismo que todas, que algo le podría haber pasado a la directora.
Forcejeó un poco la puerta y luego la abrió con el hombro de un golpazo.
El ruido se mezcló con el volumen de la radio, el cual se cortó en seco
al abrirse la puerta… la habitación estaba vacía. Entraron todas las
seños para ver si la directora estaba en el baño privado de la oficina y
nada. Estando todos adentro apareció la directora que venía de hacer
trámites, desde la calle. Jamás tuvo una radio en la habitación.
La
siguiente semana la directora puso su oficina en la planta baja, y dejó
la habitación donde se suicidó Pedro como una despensa de materiales.
Una tarde
noche estaba en la casa de Alba y me llamó desesperada. Los papás de un
alumno estaban llegando de viaje y estaban un poco demorados, le habían
pedido a Alba que se quedara con su hijo a esperarlos en el jardín
porque no tenían a nadie que lo pasara a buscar. Luego de una hora de
espera la directora le dio las llaves de la entrada a Alba y le pidió
que se quedara sola, porque ella tenía que volver a su casa y no se
podía quedar más. Alba bajó al hall y se quedó con el nene. Al poco
tiempo oscureció y comenzó a escuchar la radio desde arriba de las
escaleras. Alzó al nene al tiempo que este señalaba para arriba y decía
“mire seño ahí está el señor con el gatito Felipe”, salió al jardín de
la casa y me llamó. Por una cuestión legal no pueden esperar a los
padres del niño en la vereda del jardín, si pasa algo se les arma
tremendo lío profesional. Alba estaba aterrada, todas sus cosas se
habían quedado en el piso de arriba y al nene aún no lo pasaban a
buscar.
En el
ínterin entre que llegué yo, pasaron a buscar al nene, pero Alba tenía
las llaves de su auto, de su casa y su portafolio en el primer piso. No
se había animado a contarles nada a los papás del nene, pero tampoco se
había animado a subir ella sola a buscar las cosas.
Yo
realmente sabía un poco más de la historia. Sabía del suicidio pero
jamás se lo quise comentar, para no asustarla, por lo que realmente
estaba muerto de miedo. Debo aclarar que soy bastante miedoso, así que
no me animé a subir solo. Cerca del jardín vive un amigo mío, así que lo
llamé y al toque se vino. Si bien no sentía nada de ruido ni nada, en
el ambiente había algo denso y negativo.
Llegó mi
amigo y le contamos más o menos lo que pasaba, él no entendía porque no
me había animado a subir a buscar las cosas. Entonces fuimos los dos,
comenzamos a subir las escaleras y nada. Llegamos al pasillo, a la
derecha estaba la salita de Alba y al fondo la despensa con la puerta
cerrada. Entramos los dos a la sala de Alba a buscar todas sus cosas, no
sentíamos ruido ni nada, de pronto se empezó a escuchar un ruidito,
como de alguien sintonizando una radio. Las piernas me comenzaron a
temblar y le dije a mi amigo que nos fuésemos ya.
Lo primero
que hicimos al salir de la salita fue mirar hacia la despensa… la
puerta estaba abierta. El corazón se me salió por la boca y le grité a
mi amigo que nos fuéramos ya. Mi amigo me agarró de la manga de la
campera y me dijo “esperá boludo, no seas cagón, no pasa nada, vení
vamos a ver”. Le contesté que ni en pedo, que estaba loco, que la
cortara y que bajáramos que estaba cagado en las patas. Él no quiso
bajar y debo reconocer que el miedo se apoderó de mí. Le dije que no me
hiciera eso, por favor, que me sentía un cobarde si me iba pero que
estaba muerto de miedo, me vio temblando entero y tuvo algo de piedad.
Me dijo “bueno, quedate vos acá y bancame, yo voy a ver”. Yo temblaba
como nunca en mi vida, ya era tarde para decirle que no, el muy hijo de
puta avanzaba decidido hacia la puerta de la despensa.
De pronto la
radio paró de sintonizarse y quedó fija en el discurso ese que
escuchaban las seños. Entonces llegó a la puerta, miro para adentro y la
puerta se cerró de golpe. Salimos los dos al palo… corrí desesperado e
incluso no se en qué momento bajé las escaleras. Al llegar al hall mi
amigo estaba blanco, Alba nos preguntó de afuera qué había pasado,
qué habíamos visto. Mi amigo se apresuró a hablar y me calló, muy
relajado dijo que no habíamos visto nada, que me estaba haciendo un
chiste. Yo lo miré con cara de orto y le dije que no podía ser tan
boludo de hacerme asustar así. Nos despedimos y cada uno se fue a su
auto.
Me subí al
auto y me comenzó a sonar el celu, era mi amigo. “Bomur, llamo para
contarte culiado, no te quise asustar porque estaba esta flaca y tenía
un pánico tremendo, ella labura ahí y tiene que ir todos los días, pero
no voy más a esa casa culiado”, le pregunté que qué había visto. Cabe
aclarar que en ningún momento le contamos absolutamente nada de la
historia, ni Alba ni yo. “No boludo, no sabés, estaba re oscuro, pero
así como en sombras pude ver a un viejo vestido de negro acariciando un
gato que tenía en los brazos”.
Alba es mi
amiga y se lo tuve que contar, ahí pasaba algo feo y no se merecía que
le pasase nada raro. A los pocos días renunció. Hoy por hoy han
renunciado todas y cada unas de las seños compañeras de Alba, todas por
el mismo motivo… y el jardín sigue funcionando en el mismo lugar.
La Maldición del Mítico Boliche del Este
Neuquén era un
boliche mendocino ubicado sobre el Acceso Este (Ruta 7) en la
localidad de Fray Luis Beltrán de Maipú, a unos30 kilómetrosde la
ciudad de Mendoza. El lugar era fantástico, abría los sábados y
era lo mejor de Mendoza. Lo fue durante varios años, desde 1991
hasta el 2004.
Neuquén tenía
cinco pistas, que iba desde una populosa pista de éxitos generales,
con escenario para bandas, hasta una ultra vip, únicamente para
destacados y agraciados menducos. Además el lugar tenía pistas
afuera, una al aire libre y otra techada, pileta gigante y un salón
para eventos enorme.
No solamente
llevaban bandas del momento, comoLa Barra, Rodrigo o Sombras, sino
que llevaban a rockeros del palo, comoLa Manchade Rolando, Turf y
Viejas Locas. Los Rancheros eran habitúes del lugar.
El precio de la
entrada no era barato, pero incluía dos tragos, una cerveza, un
pancho y un café… ¡era una cosa de locos! Y como quedaba al
medio, entre el gran Mendoza y la zona Este, el lugar se ponía hasta
las manos y se llenaba de gente que no se veía a diario (como pasa
ahora) y de todas las clases sociales. Iban los “nenes bien” de
la zona este, los “campechanos” que habían laburado toda la
semana en el campo, “los de la ciudad” hartos de los lugares
citadinos, “las de la ciudad”, cansadas de los mismos de siempre
y todo el mundo. “Los de ciudad” se volvían locos con las
“campechanas” y viceversa. Era un hermoso lugar y sobre todo, una
máquina de facturar.
Había un rumor que
se corría “tras bambalinas” y era de público conocimiento: el
dueño del lugar le había vendido el alma al diablo a cambio de que
Neuquén anduviese bien.
Recuerdo que en
aquella época me pasaban dos cosas, por un lado tenía pésima
suerte con las minas y por otro lado me encantaban las historias de
terror, por lo que cuando iba andaba más preocupado en conocer más
del mito que en levantar minitas. Y fue así como me enteré mucho
más de los que todo el mundo sabía. No puedo revelar mis fuentes
porque aún hoy trabajan en la noche, pero son confiables y ciertas.
La leyenda cuenta
que había un pacto entre el dueño del boliche y el diablo, lo que
pocos saben es que ese pacto tenía cláusulas, condiciones y
sanciones si no se respetaba. Se firmó entre dos partes, el dueño
del boliche, al que llamaremos alusivamente Jorge y Adramelec,
demonio de las finanzas y los negocios. El pacto aseguraba el éxito
desmesurado del boliche, lo cual estaba en vista de todos, era común
que entre cinco y siete mil personas fueran los sábados a bailar
ahí. Como contraprestación no solamente bastaba la entrega del alma
de Jorge a Adramelec, sino que se debían ir haciendo algunas
“modificaciones” y “reformas” oscuras al boliche.
Estas reformas
comenzaban con la creación de una serie de estatuas paganas, con las
diversas formas que Adramelec se presentaba a los humanos, que iban
desde un mulo hasta un pavo real. El pacto contemplaba seis estatuas
ubicadas de una manera muy precisa y detallada por el demonio. Las
seis estatuas debían estar distribuidas dentro del boliche de manera
tal que cinco formaran una estrella de cinco puntas y la sexta (y
última en instalarse) debía marcar el centro de esta estrella
demoníaca. Todas las almas que anduviesen por el perímetro de la
estrella iban a ser dominadas por Adramelec, sin consenso previo de
las mismas. Ese era el fin de la primera reforma. La segunda y más
espantosa reforma era la creación de un templo satánico en los
subsuelos del boliche, el cual se comenzó a construir a fines del
2003.
De no cumplir con
las obligaciones, Jorge no solamente iba a perder su alma y padecer
la quiebra absoluta del boliche y el embargo de todos sus bienes,
sino que iba a arriesgar su linaje. El mismo iba a ser borrado de la
faz de la tierra por Adramelec, eliminando a todos los hijos varones
que llevasen su apellido.
El pacto fue firmado
en Octubre de1992, amenos de un año de inaugurado, cuando el boliche
estaba casi en la ruina económica, con su fama por el piso y con un
público cada vez más reducido. Pero, poco a poco, la fama de
Neuquén comenzó a crecer a un ritmo vertiginoso y sus pistas se
abarrotaron de gente.
Y así arrancó el
93, con un boliche que rebosaba de gente, al cual iban miles de
personas, bandas y era una máquina de generar eventos… e ingresos.
Al ver su objetivo
logrado y sus bolsillos pesados de tanto dinero, Jorge olvidó el
pacto firmado. Le parecía desagradable la idea de las estatuas y
pensaba que todo bastaba con la entrega de su alma. Su vida había
dado un vuelco absoluto, ahora él y su familia andaban en las más
poderosas coupés, vivían en la mejor de las casas, se daba todos
los gustos y se codeaban con gente muy vip e importante. El cuerpo de
Jorge tocaba el cielo con las manos, al tiempo que su alma tocaba lo
más profundo del infierno.
La primera señal
que Adramelec le mostró a Jorge en reclamo del pacto fue un verano
en que él y su familia estaban en Cancún. Uno de sus hijos sufrió
una especie de “golpe de calor”, o “picadura” de algo
extraño, lo cual lo postró en la cama y lo tuvo más de un mes en
el hospital, sin que ningún médico especialista supiese que le
pasaba. Una noche en la que Jorge lo estaba cuidando vio como su hijo
se retorcía de dolor, por algo que le quemaba el pecho. Al acercarse
al pobre adolescente, Jorge pudo ver como en su pecho se dibujaba una
estrella de cinco puntas ardiente. Esa noche juró a Adramelec
comenzar con la instalación de las nefastas estatuas. Aquella mañana
su hijo “misteriosamente” amaneció sin ningún signo de
enfermedad.
La primera estatua
fue colocada en la entrada del boliche, donde había una flecha que
señalaba su locación. Al llegar a la puerta de Neuquén podíamos
ver una misteriosa flecha que en teoría señalaba el cielo. Lo que
nadie observaba (por la oscuridad de la noche) era que la flecha
señalaba la primera de las estatuas de Adramelec… una pequeña
gárgola observando todo.
Al poco tiempo,
Jorge nuevamente olvidó el pacto, aborrecía la idea de continuar
con la instalación de estas desagradables estatuas. Al tiempo
comenzó a tener pesadillas, horrorosos eventos en los que Adramelec
se le aparecía en forma de mulo y le recordaba lo que había
firmado. Entonces pasó el tiempo y Jorge continuó sin cumplir su
parte del pacto… y pagó caro su negación.
En julio del 97 el
mayor de sus hijos sufrió un trágico accidente automovilístico en
el que perdió la vida. No se encontraron rastros de colisión con
otro auto o frenadas, no venía en estado de ebriedad ni bajo los
efectos de ningún estupefaciente, misteriosamente por algún suceso
que ningún perito pudo determinar con exactitud, el auto en el que
viajaba se volcó y le quitó la vida de una manera desagradable e
instantánea. En el momento de reconocer el cuerpo, Jorge vio como en
el pecho del maltrecho cuerpo ardía una estrella de cinco puntas.
Esa misma noche se
instaló la segunda estatua, entre los sanitarios de la pista
principal. Justo donde Adramelec le dejó una marca imborrable, para
que jamás olvide de lo que le había costado esa segunda estatua.
Esa marca nefasta perdura aún hoy en el mismo lugar y no hay pintura
que la borre.
Neuquén crecía en
popularidad al ritmo que Jorge se hundía en un pozo de depresión y
espanto. Las pesadillas y los sucesos paranormales eran habituales en
la mansión de Jorge, lo que lo llevó a mudarse varios kilómetros
desde donde estaba. Todo se comenzó a poner muy denso… hasta que
empezaron a pasar cosas en el boliche.
Lo primero que
sucedió fue que la gente se desmayaba dentro del lugar, se comenta
que las almas más puras no podían tolerar la atmósfera demoníaca
del ambiente, los superaba y los desmayaba. No era normal que aún en
invierno y con tanto espacio la gente se desplomase así sin más.
Luego se comenzaron
a ver espectros errantes en los patios y en los techos de la pista de
Rock Nacional. Era impresionante el recambio del personal de
maestranza, pagasen lo que pagasen, nadie toleraba ir más de una
vez, por los ruidos y las cosas espantosas que pasaban antes del
ingreso de la gente y luego al quedarse ordenando todo. Por algún
motivo que ningún técnico pudo develar, pero que nosotros, los que
sabíamos la verdad siempre intuimos, a las tres de la mañana (hora
del diablo) se cortaba un instante la luz y entre los gritos de la
multitud se escuchaba un lamento atroz de fondo. Sinceramente era
tétrico.
El temple de Jorge
toco fondo cuando en el invierno del 99 una parejita que había ido a
besarse a la zona de la piscina sufrió un terrible evento. María
Estévez murió ahogada en el fondo de la piscina. Su novio, Hernán
Siarrochi, nunca pudo contar lo que vio. Hoy es un paciente más del
Hospital Psiquiátrico El Sauce. Según los informes en la denuncia
policial asentada en la comisaría 27, el musgo que había en la
piscina la tomó de los pies y la llevó al fondo. La autopsia revela
muerte por ahogamiento, pero los médicos contaron en aquel entonces
que había una importante cantidad de musgo en los pulmones de la
desgraciada María. Por este evento Jorge instaló la tercera estatua
hacia el norte de las inmediaciones, donde jamás creció el pasto.
La misma no se veía desde adentro del boliche sino que había que
darse la vuelta por atrás y era un horrible pavo real con las plumas
sin pelos.
Los rumores cobraron
fuerza cuando una seguidilla de accidentes ocurrieron en la puerta
del boliche, uno de ellos se cobró la vida de tres jóvenes que
quedaron desparramados por la calle, luego de esto se instaló la
cuarta estatua en la pista vip, ubicada a la derecha del boliche. Era
una serpiente enroscada en una cruz. El ánimo de Jorge no era el de
instalar todas las estatuas, por eso demoraba el cumplimiento del
pacto y al parecer, Adramelec lo sabía. Poco a poco la popularidad
del boliche fue decayendo y los pocos presentes vivíamos con mayor
frecuencia sucesos sobrenaturales y apariciones extrañas. Fue ahí
cuando sucedió la trágica anécdota de los chicos de San Martín
(esta la puedo contar en otra nota).
De no ser por la
muerte del hermano varón de Jorge, la quinta estatua jamás se
hubiese instalado. El extraño evento tuvo lugar un domingo, luego de
un asado de la familia en el boliche, en diciembre del 2003. Como de
costumbre se juntaron todos a almorzar y uno a uno se fueron
marchando. El hermano de Jorge se quedó tomando sol. La mañana del
lunes lo encontraron colgado de la higuera de los jardines. Este
hecho nunca se hizo público y solo los allegados a la fuente de
información tuvimos acceso. Tantas muertes iban a ser la ruina del
lugar. Por este motivo la quinta estatua se instaló ahí mismo,
donde Adramelec señaló dejando la sangre y la orina del hermano de
Jorge en el piso para siempre, sobre la nefasta higuera del jardín.
La construcción de
la última estatua se puso en marcha, al tiempo que se comenzó a
hacer el templo del subsuelo. Los obreros que trabajaron en él
cuentan que era una especie de pentágono con un altar en el medio de
piedra, todo pintado de negro y con estacas que hacían de decorado.
Varios de los habitúes podíamos ver como entre la pista de Rock
Nacional y el quincho se iba montando une enorme estatua como de una
cabra con enormes cuernos rectos. La estrella de cinco puntas estaba
formada, esta sería el centro de la estrella, de esta manera se
cerraba el pacto infernal.
Hacia fines del
verano del 2004 la estatua estaba terminada y era espantosamente
real. El artista que talló la estatua amaneció muerto enla
Terminaldel Sol, un extraño paro cardíaco a sus jóvenes treinta y
dos años… Ninguno de los obreros que ayudaron a ponerla de pié
quiso estar presente para la inauguración informal. Aunque jamás
ninguno la había visto por estar cubierta con una tela blanca, todos
sentían una sensación de temor e inseguridad desde que comenzaron a
trabajar en la obra que la circundaba. Incluso uno a uno los obreros
del templo del subsuelo fueron enfermando. Cuenta la leyenda que un
martes Jorge fue solo al boliche para quitar el telón y de esa
manera poder vivir en paz nuevamente y al quitarlo, fue tan horrible
la sensación que le causó ver la demoníaca estatua, que él mismo
la destrozó con un pico.
Ese martes, el menor
de sus hijos, el único varón que quedaba en la familia (su hermano,
el que se suicidó, murió sin hijos) fue víctima de un terrible
accidente en el acceso Este, a escasos kilómetros del boliche, donde
perdió la vida en el acto.
Aquel fin de semana
Neuquén estaba cerrado por duelo, duelo que duró para siempre. El
pacto se había roto y Jorge había pagado con su alma y su linaje…
La Trágica Historia de los Chicos de San Martín
La historia es nocturna, sucede en fiestas y
en boliches, las zonas donde el rumor se repite es en Corralitos,La
Primavera, Fray Luis Beltrán, San Martín y Palmira, este último
lugar es donde el mito es más latente y poderoso. Una chica vestida
de blanco, de tez pálida y pelo negro es sacada a bailar por un
chico. Luego de pasar la noche bailando y charlando él le ofrece
llevarla a su casa, lo que ella acepta gustosa. Lo hace dar varias
vueltas y le pide que paren en un lugar solitario. Él se detiene
entusiasmado por la posibilidad de intimar, pero solo se lleva unos
besos y una que otra caricia. La “anécdota” concluye cuando ella
se baja en el cementerio zonal e ingresa por la puerta, a veces
incluso hasta traspasando las rejas.
Una variante, que
escuché enLa Primavera, mucho más jugosa y tétrica, es que él la
lleva hasta su casa, ella entra y él se va. Al otro día encuentra
en su auto una campera de jean y vuelve al domicilio donde la dejó.
Lo atiende el padre de ella y le comenta dolorido que su hija murió
hace unos años, le pregunta el porqué de la búsqueda, el chico le
comenta aterrado y el padre se da cuenta espantado de que la campera
era efectivamente de ella.
Sobre esta variante
avancé bastante, al punto de que llegué hasta la casa donde
teóricamente había sucedido el tema. Me atendió un señor bastante
viejo y me hice pasar por periodista de un diario (cosa que he hecho
para averiguar todo lo que se, falsificación una tarjeta de
presentación). No me dejó entrar, pero desde la vereda me enteré
que era viudo, que efectivamente hacía unos años había perdido una
hija y cuando le pregunté por el tema de la campera de jean, se le
llenaron los ojos de lagrimas y me cerró la puerta en la cara. Saco
dos conclusiones, o la historia es verdad y el viejo no quiere contar
nada, o la historia no es verdad y está cansado del rumor.
Previo a contarles
la historia quiero aclarar que todo lo que les voy a escribir es
real, pero he tomado las precauciones de cambiar absolutamente todos
los detalles, por respeto a las víctimas, en agradecimiento a los
familiares y allegados que me dieron detalles y por cuestiones
legales, ya que el caso está aún latente en la fiscalía. Además,
suficientes problemas hemos tenido y causado con la nota de Neuquén…
donde justamente arranca esta nueva historia.
Era sábado a la
noche, Marcos, Ignacio y Damián, eran tres amigos de San Martín que
habían ido a bailar al boliche Neuquén, como religiosamente lo
hacían cada sábado. Damián era el más ávido para el levante,
Marcos lo segundeaba bastante bien e Ignacio era el que menos ganaba,
pero siempre estaba. Los tres eran inseparables, toda la primaria y
la secundaria la habían echo juntos, solamente se separaron en la
universidad, cuando Marcos se decidió por contador, Ignacio por
policía y Damián por enólogo.
Esa noche era
bastante linda, Ignacio se quedó con una mina que conocía y le dejó
el campo de batalla libre a Damián y Marcos que se jugaron toda las
fichas en la pista vip. Damián ganó al segundo intento y Marcos se
quedó deambulando por la pista hasta tarde. Una vez que se resignó
a que no era su noche, tomó varios tragos de más. Al cabo de un par
de horas estaba bastante ebrio, por lo que salió a la pista del
patio a tomar algo de aire. Estaba mirando hacia el cielo, intentando
inspirar más oxígeno del habitual, cuando le tocaron la espalda.
Solamente bastó que la chica le pidiese fuego para que Marcos
activase todas sus virtudes de galán y terminase conociendo desde
que se llamaba Amalia hasta el sabor de su boca.
Se hicieron las seis
y se juntaron en la puerta del boliche, para volverse en el auto de
Damián, pero no volvían los tres solos, sino que Amalia los
acompañaba. Ella vivía también en San Martín y Marcos se había
ofrecido a llevarla con ellos.
Manejaron por el
acceso hasta la entrada a San Martín, en vez de tomar hacia la
ciudad se dirigieron hacia el otro lado, hacia el Norte. Comenzaron a
gastarla por lo lejos que vivía, ella no respondía más que con una
mueca extraña. Luego de varios kilómetros Amalia señaló que
debían tomar por un callejón hacia la derecha (Este), saliéndose
de la calle asfaltada y entrando a un camino de tierra, los chistes
sobre la lejanía de la casa se tornaron menos chistes. Manejaba
Damián, iba de acompañante Ignacio y atrás iban Amalia y Marcos a
los arrumacos. Dicen que la mirada de Amalia era misteriosa y
seductora. Damián e Ignacio no podían dejar de mirarla por el
espejo retrovisor, su palidez era abrumante. Pasados varios minutos
la calle se angostó y a escasos metros veían como se curvaba hacia
la derecha, Marcos no quería más besos y se impacientaba por llegar
a destino. Amalia le señaló a Damián que no doblase a la derecha,
sino que se metiese despacio por un callejón que había hacia la
izquierda, Damián dobló dubitativo y un poco asustado. De pronto un
viento comenzó a zamarrear los sauces llorones que poblaban la zona.
Estaban solo ellos en aquel callejón, la última casita había
pasado hacía kilómetros. Ninguno de los tres hablaba.
Manejaron unos
doscientos metros, donde el callejón se había transformado en una
mera huella. No se veía absolutamente nada. Damián detuvo la marcha
sin apagar el auto porque era casi imposible seguir avanzando, Marcos
le preguntó sorprendido si era acá por donde vivía y si faltaba
mucho. Ella contestó que si, que unos metros más adelante, que
siguiera un poco más, su voz había cambiado y su palidez
resplandecía en la oscuridad del auto. Ignacio bajó el vidrio
polarizado para tratar de mirar mejor hacia la derecha, un frío
polar y el ruido del silencio penetraron el habitáculo. Damián
titubeó y tartamudeando le dijo a Amalia que no podía seguir
avanzando… no sabía que más decir. Amalia le dijo que solo
faltaban unos metros. Marcos estaba mudo, el frío del cuerpo de la
chica lo estaba congelando. Damián encendió las luces altas y no
vio absolutamente ninguna casa ni nada, incluso no había más
huella. La mirada de Amalia estaba fija en él. De pronto Ignacio
reaccionó y le dijo a Amalia que no podían seguir, que se iba a
enterrar el auto, que bajase y que ellos la iban a acompañar
caminando. Damián le clavó una mirada desesperada a Ignacio y le
dijo que no se iba a bajar, que no iba a dejar el auto solo. Marcos
le soltó la mano a Amalia y dijo que tenía mucho frío, que no se
iba a bajar porque se iba a enfermar, desconcertado de miedo. Ignacio
miró hacia la oscuridad, ahora la mirada de Amalia penetraba sus
pupilas desde el retrovisor, entonces bajó la mirada y le dijo que
fuese sola, que ellos la iluminaban y la miraban desde el auto.
Amalia levantó una ceja en señal burlesca. No importa chicos,
ustedes vayan, yo voy sola, no quería caminar nomás. Mitad
sorprendidos, mitad aterrados, vieron como Amalia se bajaba del auto,
saludaba con un beso a Marcos y luego se perdía entre el forraje
silvestre del descampado. Los tres tiritaban de frío… pero más de
pánico. Todo sin saber porqué. No se… esa mina…
El viento comenzó a
correr más fuerte y se empezó a levantar polvo y tierra, Ignacio
subió el vidrio y le pidió a Damián que se fuesen ya, que le daba
miedo estar donde estaban, en el medio de la nada, con la oscuridad
de la noche cubriéndolo todo.
Entonces comenzó a
llover, y las ráfagas de viento azotaron contra el auto, salieron
marcha atrás del callejón y condujeron a toda prisa hasta la calle
asfaltada. El terror que sentían los tres les impidió hablar hasta
no estar nuevamente cerca de casa. No sabían porque. La noche llegó
a su fin y cada uno se fue a acostar, ninguno pudo dormir.
Al otro día, como
todos los domingos, se juntaron después de almuerzo para picar algo
previo al partido de Boca – San Lorenzo. Siempre se contaban las
aventuras y desventuras de la noche anterior, pero obviamente ese
domingo todo se centro en el suceso de Amalia. Ninguno se animaba a
comentar el pánico tremendo que habían sentido. Luego de un rato,
Marcos les pidió a sus amigos que lo acompañaran hasta la casa de
Amalia. Él puso la excusa de que la quería ver, que se había
olvidado de pedirle el teléfono y que era una linda mina para
volverse a juntar, aunque los tres sabían que quería volver para
ver realmente donde vivía, porque ninguno aquella noche pudo pegar
un ojo pensando en lo extraña de la situación.
Aquella tarde noche
Ignacio tenía que cumplir horario en la comisaría de San Martín,
por lo que no pudo acompañarlos, pero Marcos y Damián fueron antes
que se hiciera de noche otra vez.
La tarde del domingo
era nublada y gris, fresca como luego de haber llovido durante la
noche anterior. Se dirigieron hacia el norte, por la misma calle,
tomaron por la calle de tierra hacia el este, manejaron varios
kilómetros hasta la curva pronunciada y doblaron lentamente hacia la
izquierda por el callejón. Manejaron los doscientos metros y pararon
el auto, la claridad de la tarde aún alumbraba bien la zona. Tan
bien como para que ambos pudiesen ver que no había ninguna casa a la
redonda, ni rastros de viviendas, incluso ningún material que
demostrase que por ahí pasara gente, como papeles, bolsas, caños o
mugre. Damián observó hacia la calle de tierra y solo vio las
huellas del auto, las recorrió con su mirada hasta llegar al lugar
donde estaba estacionado y siguió con la cabeza hasta la puerta por
donde se bajó Amalia, como haciendo un plan mental, como un
detective que va uniendo cabos. De pronto vio las huellas de ella, le
dijo a Marcos y ambos comenzaron a seguir el rastro. El agua las
había borrado bastante pero no hecho desaparecer, sobre todo porque
al rato de haberse bajado Amalia comenzó a llover.
Caminaron varios
metros, vieron como las huellas sorteaban yuyos y piedras y de pronto
vieron algo extraño. Las huellas se fundían con un montón de
tierra fresca, distinta a la tierra del lugar. En el acto de dieron
cuenta de que era tierra removida. Ambos se miraron y una corazonada
de miedo les piantó una duda y una seguridad. No bastaron palabras.
Marcos cortó un yuyo grueso y comenzó a correr tierra removida,
luego cavó un poco. Se agachó para hundir más el palo en la tierra
cuando sintió que topaba con algo de contextura blanda. Arrojó el
palo por los aires y siguió cavando con sus manos, al tiempo que
Damián lo miraba nervioso. Cavó un poco más y de pronto sintió
que tocaba tela con su mano, removió la tierra y vio tela negra,
separó la tierra alrededor del bulto que envolvía la tela y de
pronto lo develó. Marcos saltó para atrás aterrado, ambos vieron
parte del cuello y del hombro de un cuerpo en estado de putrefacción,
una cadenita decoraba ajena la nefasta imagen. Marcos le aseguró que
era la cadenita que rodeaba el cuello que había estado besando toda
la noche anterior.
Ambos huyeron
despavoridos hasta el auto, subieron, hicieron marcha atrás al
tiempo que el viento nuevamente se levantaba. Mientras Damián
manejaba a altísima velocidad por la calle de tierra, Marcos llamaba
al teléfono de la comisaría donde estaba Ignacio de guardia. Al
cabo de varios minutos de espera en el asfalto llegaron dos móviles
de policía dirigidos por Ignacio que conocía perfectamente la
locación del siniestro. Marcos y Damián siguieron a los móviles,
pero les prohibieron entrar a la zona donde habían visto el cadáver
de Amalia.
Un oficial se quedó
custodiando a Marcos y a Damián que estaban espantados de miedo, los
otros policías junto a Ignacio fueron directo a la zona señalada.
Pasó un tiempo que se hizo eterno para ambos, cuando regresó
Ignacio. Le pidió al policía custodio que los dejara solos.
Muchachos nos vemos nada, fueron las palabras de Ignacio. Volvieron a
señalarle la zona y ante la negativa de hallar algo nuevamente los
llamaron para que entren en la zona. Marcos y Damián iban adelante,
acompañado por el séquito de oficiales. Llegaron a la zona donde
habían visto enterrado el cadáver de Amalia, estaba cercado y
hurgado, pero no habían rastros de nada. Un calor invadió el cuerpo
de ambos, mezcla de horror y vergüenza, los dos sabían lo que
habían visto. Marcos cavó un poco más, al tiempo que Damián
caminaba alrededor intentando encontrar otro lugar, pero estaba
seguro de no haber fallado.
Dos horas después y
con la noche oscureciendo todo por completo, decidieron terminar la
búsqueda y echarle la culpa al cansancio de los muchachos por la
noche anterior. El tema era ¿Dónde vivía Amalia? Uno de los
móviles regresó junto a Damián y a Marcos y el otro, conducido por
Ignacio, se quedó por la zona para preguntar por aquella tal Amalia
en las casas que estuviesen más cercanas al lugar. Ignacio tenía
grabada a fuego su mirada y la tez de su piel… esa piel
horrorosamente blanca.
Aquella noche
Ignacio llamó a sus amigos comentándoles que no había nada, ni
rastros de Amalia, dijo que iba a ver en los padrones municipales por
las mujeres de ese nombre y de aproximadamente esa edad que pudiesen
vivir por la zona, porque le llamaba la atención lo sucedido.
Desde aquella noche
todo cambió para los tres. Los tres comenzaron a tener pesadillas
extrañas, los tres comenzaron a perder más tiempo de lo normal
pensando en esa noche. No se animaron a volver a salir porque no
tenían ganas de nada, las juntadas se habían transformado en un
horrible contar y recontar de la historia. Pero fue Marcos el que
comenzó con las visiones.
Una noche los padres
de Marcos llamaron aterrados a Ignacio, que estaba en la comisaría.
Cuando se encontraron, Marcos estaba bajo un ataque de pánico y no
quería entrar a su habitación. En compañía de Ignacio se animó.
La habitación estaba absolutamente desordenada, Ignacio pensó que
el desorden lo había hecho Marcos en su estado alterado, pero este
juró y perjuró que solo la cama había quedado desarmada. Al cabo
de unas semanas las pesadillas se habían hecho tan frecuentes y
espantosas que Marcos no quiso dormir más de día. Curas,
curanderos, exorcistas y brujas se negaron a entrar en su habitación
por las fuerzas oscuras que decían percibir. Dos meses después la
casa estaba en venta y la familia de Marcos alquilaba en otro barrio.
Por vergüenza, Marcos no había querido contar nada, pero las
pesadillas no habían cesado.
Entretanto Ignacio
continuó averiguando en la policía y en el padrón municipal por
alguna Amalia asesinada, desaparecida o fallecida. Habían algunas
pistas, pero nada contundente. De vez en cuando mandaba a algún
oficial a que observase la zona, pero jamás ninguno de los tres se
animó a volver.
Damián comenzó con
pesadillas para luego tener visiones despierto. Todo empezó una
noche que se estaba afeitando y pudo ver por el rabillo del ojo como
alguien lo observaba desde la ducha. Al darse vuelta, ese alguien
desapareció. También le pasaba de estar en cualquier lugar y
presentir que alguien lo miraba, sin encontrar quien. El terror en el
que había sucumbido lo había llevado a dejar de salir de noche. Una
noche tuvo que viajar obligadamente hacia la ciudad de Mendoza. Les
pidió a sus amigos que lo acompañen. Marcos estaba realmente
desvastado psicológicamente, no solo había dejado de dormir de día,
sino que había dejado de estudiar y de salir. Ignacio no trabajaba
así que fue sin dudar.
Apenas subieron al
Acceso Este se largó una lluvia torrencial, Damián iba manejando
despacio por precaución. Los dos iban callados, atentos a lo que
pasaba alrededor. De pronto vieron algo delante de ellos, Damián
prendió las luces altas del auto y ambos vieron a una chica
caminando al costado de la ruta… vestida de negro. El corazón de
ambos comenzó a latir y sin saber si continuar o seguir de largo
pasaron al lado de ella. En ese justo instante la chica alzó la
mirada y ambos pudieron verla a los ojos… era Amalia.
Ignacio le dijo a
Damián que pare, este se negó rotundamente. Desenfundó su arma y
le dijo que pare, Damián lo miró y continuó acelerando, al tiempo
que negaba parar. El policía levantó más el arma, haciendo alusión
a que acabaría con ella, Damián se asustó y lo increpó diciéndole
que qué iba a hacer, que si iba a andar matando minas así porque
sí. Los dos discutieron fuertemente, mientras Ignacio insistía con
frenar, Damián aceleraba más y más. De pronto alguien le hace una
especie de cambio de luces a la distancia, Ignacio contó que no fue
un vehículo el que irradió luz, intuitivamente los dos miraron por
el espejo retrovisor… y ahí estaba ella.
Sobre el accidente
no tiene sentido ahondar, lo que si les voy a decir es que Damián
perdió el control del auto y pagó con su vida las consecuencias.
Ignacio se salvó de milagro, pero recordaba todo lo sucedido…
incluso los ojos de Amalia en el asiento trasero.
Nadie le creyó,
obviamente le dieron licencia del trabajo, parte por las heridas y
parte por la pericia psicológica que no había sido muy decorosa. El
encierro, la soledad, la angustia de haber perdido un amigo y sobre
todo las apariciones, sumieron a Ignacio en un estado devastador. Las
apariciones cada vez eran más frecuentes y aterradoras, uno de sus
allegados contó que se le aparecía Amalia y lo increpaba por
haberla abandonado, por no haberla acompañado hasta su hogar. Una
noche de martes, Ignacio no soportó más el espanto y se despidió
de este mundo, disparándose un tiro en la boca.
Los compañeros de
la seccional aludieron a una pelea con una supuesta novia. Ignacio no
estaba de novio y los vecinos no escucharon ningún grito, ni vieron
a nadie en el lugar, solo un niño de doce años dijo haber visto
entrar una chica vestida de negro de piel muy blanca por la puerta
del fondo.
Marcos estaba sumido
en una locura total, sus padres desesperados decidieron medicarlo,
pero no hubo droga que calmase su miedo. Temiendo lo peor se
contactaron con un hospital psiquiátrico de primer nivel ubicado en
Temperley, provincia de Buenos Aires, pero no llegaron a llevarlo a
ningún lado. La mañana de un domingo los sorprendió con Marcos
colgado en el perchero de su placard. Toda la pieza estaba
desordenada, todos los cajones abiertos, como si se hubiese librado
una batalla atroz.
Solamente
encontraron una cadenita extraña, que no reconocieron como propiedad
de Marcos, en la parte de atrás estaba escrito “Gracias por
acompañarme a casa”
viernes, 5 de abril de 2019
¿Qué es la Religión Vudú?
Es con toda certeza
uno de los grandes mitos de todos los tiempos. Cuando escuchamos la
palabra vudú, religión vudú o la famosa frase de “te voy a hacer
vudú”, no es que pensemos en algo positivo precisamente. A lo
largo de la historia se nos ha presentado esta creencia como algo
maligno, algo relacionado con el mismísimo diablo y que sirve para
perjudicar a las personas que odiamos, de manera física
especialmente. Es una especie de hechizo, para que se entienda.
No obstante, desde
hace ya poco más de una década, especialmente señalando el año
2003 -fecha en que se hizo oficial la religión Vudú en Haití- que
se ha empezado a esclarecer lo que realmente deriva de esta mitología
que ha sido distorsionada hasta el ridículo, tal y como apuntan los
expertos. Millery Polyné y Elizabeth McAlister, son dos expertos en
la materia que han ayudado a realizar distintos estudios
historiográficos para desmitificar la “mala prensa” que padece
el vudú.
¿En qué consiste
la religión Vudú?
Según apunta
Polyné, un estadounidense de origen haitiano que llegó al Estado de
Florida (EE.UU.) en los años noventa, cuando tan sólo tenía 14
años, ya se quedó impresionado por los comentarios y perjuicios que
se venían reproduciendo cuando su persona estaba presente a la hora
de socializar. “Ni siquiera yo conocía a fondo mi propia
religión”, afirma el autor. Fue a raíz de esos paradójicos
momentos cuando decidió aprovechar su curiosidad y estudiar historia
afroamericana y del Caribe, donde imparte clases como profesor en la
Universidad de Nueva York.
Como suele ocurrir
en este tipo de casos, donde el desconocimiento y una mala proyección
de una cultura lejana resulta poco atractiva de ser investigada,
rápidamente interiorizamos lo primero que se nos brinda detrás de
una pantalla, especialmente si es una serie o película. Existen
también cientos de miles de obras literarias que no han ayudado
precisamente a despejar estas leyendas negras que todavía persiguen
a la religión vudú.
Nada más lejos de
la pura realidad, toda la fantasía que se ha generado por la
indústria citada ha quedado desmentida de manera flagrante. Resulta
que los orígenes del vudú hay que encontrarlos en el período de
los siglos XVI y XVII, cuando las potencias europeas seguían en su
empeño de colonizar a las extensiones de ultramar para seguir
comerciando con esclavos e importar riquezas de las islas caribeñas,
tales como el tabaco, el azúcar o el ron.
De la mano de
misioneros franceses, la religión vudú es descendiente directamente
del catolicismo romano, y algunos de sus preceptos son compartidos
con el cristianismo occidental. Tienen un Dios que manda a espíritus
que obren en la tierra visible mediante el ser humano de carne y
hueso. Curiosamente, el vudú no cree ni en el cielo ni en el
infierno. Simplemente creían en la buena obra y paz que los
ancestros habían encomendado a los que profesaban esta religión.
Una manipulación
intencionada
La historia siempre
se repite y, como se suele afirmar, la escriben los vencedores. Y
este no iba a ser la excepción. Teniendo en cuenta que el vudú
proviene de la época colonial y de esclavitud, los negros que
padecían estas injusticias se refugiaban en una religión que les
permitía mantener cualquier atisbo de esperanza y confort. Fue en
este momento cuando los franceses libraron toda una batalla
propagandística para evitar cualquier tipo de revolución que
permitiera la emancipación de sus lacayos.
En efecto, la
religión vudú fue en algunos momentos un acto revolucionario que
puso en jaque en más de una ocasión a las fuerzas imperialistas del
momento. Por ello, algunas fuerzas globales influyentes como la
Iglesia, políticos haitianos y científicos blancos, empezaron a
organizar un relato criminalizador en contra de esta creencia. Ritos
satánicos, ceremonias carnívoras e idolatría a monstruos es la
imagen que se exportó de la isla a Occidente.
Después de la
independencia de Haití allá por el siglo XVIII, los pobres
lugareños no se quitaron de encima toda esta palabrería. Habiendo
sufrido todo tipo de vejaciones por los franceses, llegó el turno de
los norteamericanos que, curiosamente, se independizaban del imperio
inglés poco antes que los caribeños. Faustin Wirkus, almirante del
ejército estadounidense, vio un potencial enorme en las riquezas a
explotar dentro de Haití, así como instalar bases navales
permanentes para dominar los mares de centroamérica.
El tsunami de Haití
Sigue siendo fresco
el recuerdo de los fatales acontecimientos naturales que padeció la
isla en el año 2010, cuando en un día tranquilo una gigantesca ola
engullía toda la costa, llegando a la zona repleta de hoteles y
resorts turísticos ubicados en primera línea de mar. En la
actualidad, la zona sigue siendo considerada catastrófica, así como
el país más pobre del mundo según un informe de las Naciones
Unidas.
Tampoco en esa
ocasión se salvaron los haitianos de sufrir improperios y calumnias
por su condición de practicar la religión vudista. Sin ir más
lejos, el evangelista y polémico estadounidense Pat Robertson,
afirmó que el desastre natural había sido un castigo de Dios por
haber pactado con el diablo en el año 1791. Unas desafortunadas
declaraciones que no hacen más que incitar el odio y racismo hacia
una población ya muy desgraciada.
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