Las Moiras o Parcas
son representaciones alegóricas del destino. Hijas de Zeus y la
titánide Temis, o bien sólo de ésta, o bien anteriores incluso a
Temis, como cuenta Hesíodo, hijas de la Noche.viernes, 7 de agosto de 2020
Las Moiras, Hilanderas del Destino
Las Moiras o Parcas
son representaciones alegóricas del destino. Hijas de Zeus y la
titánide Temis, o bien sólo de ésta, o bien anteriores incluso a
Temis, como cuenta Hesíodo, hijas de la Noche.
Convencionalmente se
cuentan tres hermanas. Éstas se encargan de hacer cumplir el destino
de los hombres siguiendo las órdenes, precisamente, del dios que
lleva su nombre, Moros (destino). Para ello tienen asignadas unas
tareas muy específicas que podrían representar cada una de las
partes de la vida. Al ser figuras del ámbito de la muerte, las
Moiras residen en el reino del Hades, hacia donde son atraídas, a
través de la Estigia, las víctimas de su rueca. En la tradición,
las Moiras o Parcas han sido objeto de confusiones con otros seres de
la mitología, como las Grayas o incluso de forma imperdonable con
las Harpías. También su campo de acción se ha visto en ocasiones
afectado, de tal modo que pudieran llegar a representar en sí mismas
la fuerza del destino. De esto es significativo el nombre alternativo
que reciben las Parcas romanas: Fata, precisamente, "destinos".
Onomástica y
funciones
Por orden de edad,
sus nombres griegos son Cloto, Láquesis y Átropos, siendo los
romanos . La primera sostiene una rueca con hilos de distintos
materiales, en función de la persona cuya vida represente el hilo.
Así, las personas que han de ser ricas y felices se encuentran
identificadas por hilos de seda y oro, mientras que para las personas
desdichadas sólo hay hilos de lana y cáñamo. Junto a ella se
encuentra la intermedia en edad, Láquesis. Ésta da vueltas al huso,
atando y enrrollando los hilos y repartiendo la suerte entre los
mortales. Por último, la mayor, Átropos, vigila que el trabajo esté
bien hecho y, sin previo aviso, corta los hilos que le place y acaba
con las vidas de los hombres, cortando tanta lana como seda.
Como suele suceder
en el ecosistema mitológico, los nombres con que nos llegan sus
personajes no son elegidos al azar: el nombre de Cloto, la primera y
más joven de las hermanas, procede directamente del verbo κλώθω
(klótho, hilar); el de la segunda, Láquesis, del verbo λαγχάνω
(lankháno tocar en suerte); y el de la última, Átropos, está
relacionado con el verbo τρέπω (trépo rehuir) que, tras
añadírsele el alfa privativa, vendría a darnos su significado
completo. Con esto, las tres hermanas serían referidas bajo sus
propios eufemismos: la Hilandera, la Repartidora de suerte y la
Fatal, en el sentido de inevitable.
Moiras y Moros
El concepto en
general del destino (en griego μόρος "moros") suele
traer problemas de interpretación etiológica de la historia, ya sea
la real o la ficticia. Por ello, en la cultura griega ---como en el
resto de civilizaciones---, si no llega a caer de lleno en una
inconsistencia sistémica, sí suele rozar el reino de las paradojas.
En el caso del
griego Destino, hijo de la Noche, se trata de una personificación
alegórica mucho más antigua que Zeus y, tal vez por eso, mantiene
un poder superior al de su muy lejano sobrino, rey de los dioses. Por
otro lado, Moros conserva un campo de acción totémico más cercano
a la esencia primigenia de la naturaleza. De esta manera, como Tetis
supiera que su hijo con Peleo, Aquiles pie-raudo (usando, en homenaje
a García Calvo, su traducción del epíteto), fuera a morir, intentó
esquivar al destino bañándolo en las aguas infernales con la idea
de hacerlo invulnerable. Sin embargo, esto no fue obstáculo para la
voluntad del Destino.
En el caso de las
Moiras, sin embargo, la discusión sobre su primacía frente a Zeus
se vuelve más polémica puesto que, como hemos mencionado en la
Introducción, la tradición sobre su nacimiento es diversa. La
versión de unas Moiras nacidas de Zeus ofrecería el poder sobre
éstas al rey de los dioses, mientras que un parentesco directo con
la Noche haría a las Moiras independientes y dueñas de su acción
fática, al servicio exclusivo del Destino.
Algunas apariciones
posteriores
Por su atractiva
entidad alegórica, las Moiras han sido mencionadas profusamente a la
largo de la historia del arte. Suelen verse descritas como tres
ancianas juntas en su labor de hilanderas, y pueden ir acompañadas
de una cuarta figura que representa aquél a quien sirven. En el
cuadro de Luca Giordano, por ejemplo, se encuentra el Demogorgon,
supremo custodio de las potencias ocultas que aparece encapuchado por
detrás de la escena principal.
En Las Parcas de
Goya, por otro lado, nos encontramos con un cuarto sujeto, rodeado
por las tres hermanas, que no se corresponde con un ser superior. Con
las manos sujetas a su espalda, se ha supuesto en él la víctima del
último trabajo de las Moiras. En la escena, Átropos se dispone a
cortar el hilo de la vida de éste, antes de llevárselo a la laguna
Estigia.
La alegoría griega
de las Moiras ha evolucionado en ocasiones, bien por confusión o
bien por interés, hacia la representación de la Muerte, de tal modo
que en algunos casos aquéllas han recibido los atributos que ésta
porta en otros imaginarios (como la guadaña); y al revés, también
la figura única y sola de la Muerte se ha visto nombrada por el
nombre de aquéllas, como nos recuerda J.M. Serrat en sus hermosos y
archiconocidos versos:
Si un día para mi
mal
viene a buscarme la
Parca,
empujad al mar mi
barca
con un levante
otoñal
...
Por último, una de
las realizaciones de las Moiras que más han calado en la infancia y
juventud actuales es la que hizo Disney en su película sobre el
vástago héroe, hijo de Zeus, Hércules. En este caso, las hermanas
aparecen representadas como tres ancianas que cumplen con el Destino
de los mortales, más allá de los deseos del malicioso Señor del
Hades, quien consulta al gracioso trío de hilanderas, que residen en
su reino, con el fin de intentar esquivar las voces del destino, una
vez más, en vano. En este caso, además, las tres ancianas comparten
un solo ojo, con el que llegan a vislumbrar el destino, un rasgo
propio, en realidad, de otro tríptico femenino en la mitología
griega más antigua: las Grayas.
También en la
segunda parte de la película juvenil surgida del personaje de Rick
Riordan, Percy Jackson, encontramos una amable representación de las
Moiras, convertidas esta vez en taxistas del satírico Carro de la
Condenación, un típico taxi neoyorquino. En el fragmento que
podemos ver más abajo podremos escuchar, además, cómo una de ellas
llama a su hermana Tempestad, un nombre que no coincide con ninguno
de los de las Moiras.
Artemisa La Diosa de la Caza
Artemisa es
probablemente una las diosas más antiguas del panteón griego y
también de las más veneradas. La mitología se ha encargado de
presentarla como una diosa joven y virgen, que renunció al
matrimonio.
En la etapa clásica
de la mitología griega, Artemisa fue descrita como la hija de Zeus y
Leto, hermana de Apolo dios del sol. Fue también denominada como la
diosa de la caza, los animales salvajes, el terreno virgen, los
nacimientos y la virginidad, donde se le atribuía el alivio y
bienestar de las mujeres ante cualquier enfermedad.
En la mitología
romana era conocida cmo Diana, a quien le rendían culto en el templo
de Aventino, quienes le realizaban culto eran principalmente pobres y
esclavos. Incluso se menciona, que en este templo ofrecían asilo a
aquellas personas de carácter humilde.
Historia de Artemisa
Los mitógrafos
describen a la diosa griega artemisa como hija de Zeus y Leto. Siendo
una infidelidad de Zeus, la diosa Hera amenazó con desembocar su ira
sobre aquella tierra que se encargara de acoger a Leto para dar a
luz. La joven Leto, emprendió un viaje por diversas regiones y en
todas era rechazada, por temor a la ira de Hera.
Después de tanto
recorrido, Leto llegó a la isla errante de Delos, región que
cambiaba de posición constantemente en el mar y que debido a esa
característica, facilitaba el escape de la venganza de la reina de
los dioses.
Historia de Artemisa
Los mitógrafos
describen a la diosa griega artemisa como hija de Zeus y Leto. Siendo
una infidelidad de Zeus, la diosa Hera amenazó con desembocar su ira
sobre aquella tierra que se encargara de acoger a Leto para dar a
luz. La joven Leto, emprendió un viaje por diversas regiones y en
todas era rechazada, por temor a la ira de Hera.
Después de tanto
recorrido, Leto llegó a la isla errante de Delos, región que
cambiaba de posición constantemente en el mar y que debido a esa
característica, facilitaba el escape de la venganza de la reina de
los dioses.
Los atributos de la
diosa griega Artemisa eran el arco y la flecha principalmente, que
eran dorados y podían causar la muerte inmediata. También se
mencionan los carros y la lira, como diosa de los bailes y canciones
de las doncellas.
En muchas ocasiones
era retratada con un ciervo en sus manos, simbolizando a la caza. Por
lo tanto, también es considerado uno de sus atributos.
En una ocasión, la
diosa griega Artemisa se encontraba dándose un baño en el bosque
ágora en compañía de todas sus ninfas, cuando Acteón (príncipe y
cazador, hijo de Aristeo y Autónoe) que estaba transitando por allí,
la vio por casualidad.
Las ninfas
procuraron ocultar su cuerpo, pero de igual forma se enfadó por
haber sido observada desnuda y salpicó agua al rostro de Acteón. A
través de esto, lo transformo en un ciervo e incitó a cada uno de
sus sabuesos lo atacaran y finalmente, los destrozaron sin saber que
se trataba de su propio dueño.
Mito de Adonis
Existen varias
versiones sobre este mito, en la más conocida se menciona que
Artemisa envió un jabalí a matarlo como castigo por haber presumido
de ser mejor cazador que ella. Posteriormente, durante el relato de
otros mitos, Adonis fue descrito como favorito de Afrodita y esta era
la responsable de la muerte de Hipólito (favorito de Artemisa) y
para vengarlo, la diosa Artemisa dio la muerte a Adonis.
Orión y Artemisa
Después de
abandonar a Eros, Orion se convirtió en compañero de caza para
Artemisa y esta terminó por matarle.
Las razones de su
muerte varían, una de las teorías implica que lo mató por intentar
violarla. Artemisa destinó un escorpión desde la isla de Quíos a
matarle y ambos fueron ubicados entre las estrellas como
constelaciones. Esta leyenda explica por qué la constelación de
Escorpio aparece justo cuando Orion se posiciona y es justamente,
porque aún lo persigue.
Otra de las razones,
se debía a los celos de Apolo, quien tenía temor de que su hermana
perdiera la virginidad con Orión. Por esta razón, planificó un
ardid para que Orión muriera. Se encargó de explicarle a Gea la
vanidad del cazador y esta envió un escorpión contra él. En vista
de esto, Orion trató de huir nadando hacia la isla de Delos, donde
suponía que Eros lo protegería y Apolo desafió a Artemisa a
disparar sus flechas contra el que se alejaba dentro del mar,
acusándolo de violación a Opis. Artemisa disparó su flecha y lo
mató, al descubrir la realidad, no pudo revivirlo y lo colocó entre
las estrellas.
Templo de Artemisa
en Éfeso
Ubicado en la ciudad
de Éfeso en Asia Menor, aproximadamente a 50 kilómetros al sur de
Esmirna (Turquía). Considerado una de las siete maravillas de la
antigüedad.
Era un templo de
pequeñas dimensiones, rodeado por un numeroso bosque de columnas
jónicas de gran tamaño. De cielo abierto, que se alzaba sobre un
basamento rectangular de mármol.
El templo de
Atermisa en Éfeso poseía una gran fachada decorada, antecedida por
un voluminoso jardín que daba paso al majestuoso bosque de columnas,
en cuyo centro abarcaba el templo que contemplaba la estatua de la
diosa Artemisa.
Este templo poseía
importantes propiedades en Asia menor y era considerado por la
población como un lugar de asilo.
Relaciones y
descendencia
Debido a su voto de
virginidad, nunca mantuvo relaciones con dioses ni mortales, por lo
que no se le conoce descendencia. Solo se cuenta con una referencia
de Homero sobre Orión, como amado de Artemisa a pesar de que en
otras fuentes lo presentan simplemente como un compañero de cacería.
Hay múltiples
teorías de la muerte de Orión, pero lo que sí es un hecho es que
la diosa Artemisa intercedió para que luego de muerta fuera
inmortalizada en forma de estrella dentro de la constelación.
El culto a la diosa
de la caza Artemisa estuvo ampliamente distribuido por todo el mundo
Mediterráneo. Sin embargo, es presumible decir que muchos de los
rituales recogidos por diversas fuentes, en realidad han sido
asimilados por esta diosa pero que originalmente se debían a
múltiples divinidades locales.
En Esparta, se
trataba de una divinidad principal contando con importantes y
extensos santuarios que se formaban previamente a la fundación de la
ciudad.
En el santuario de
Artemisa Ortia, se conmemoraban ritos de principio conocidos como la
diamastigosis, que consistía en la disposición de alimentos en el
altar, protegidos por sacerdotes poseedores de látigos. Un grupo de
hombres y mujeres jóvenes debían intentar apoderarse de los
alimentos, mientras que los sacerdotes violentamente los golpeaban
con sus látigos.
Ahora bien, en
Atenas, se celebraba el ritual de las Brauronias en honor a la diosa
griega Artemisa. Este consistía en el consagramiento de las jóvenes
atenienses a la diosa.
Artemisa al
permanecer virgen, fue denominada como la diosa de la fertilidad. En
Atenas, fue asimilada e identificada por algunos con Hécate.
Diomedes
Diomedes es uno de
los principales héroes griegos que combatieron en la guerra de
Troya. A pesar de que en la Ilíada de Homero se le presenta como uno
de los guerreros más poderosos, capaz incluso de hacer frente a las
mismas divinidades, la figura de Diomedes es una de las menos
conocidas por el público en general. La mayor parte de las
adaptaciones modernas del mito prescinden del personaje y se centran
en el resto de los héroes, motivo por el que Diomedes apenas es
conocido y recordado hoy en día.
DIOMEDES ANTES DE LA
ILÍADA
Diomedes era hijo
del rey Tideo, de lo que recibe el nombre de Tidida. Su madre,
Deípile, era hija de Adrasto, rey de Argos, ciudad cuyo trono heredó
Diomedes. La tradición no nos ha legado muchos datos acerca de la
juventud de Diomedes, más allá de su matrimonio con Egialea, que
según unas fuentes era su prima y según otras su tía.
El padre de
Diomedes, Tideo, fue uno de los caudillos que participaron en la
expedición de los llamados Siete contra Tebas, todos los cuales
murieron en la batalla para conquistar la ciudad beocia. Diomedes,
junto con los demás hijos de los caídos, juraron durante las honras
fúnebres de sus padres, vengar su muerte conquistando Tebas algún
día. Estos jóvenes, conocidos como los Epígonos, se reunieron diez
años después bajo el mando de Alcmeón, logrando convocar un
poderoso ejército que consiguió tomar la ciudad de Troya. Ya en
esta guerra y a pesar de contar sólo con quince años, Diomedes se
mostró como uno de los mejores guerreros, ganándose el respeto de
sus compañeros. Tras esta guerra, Diomedes regresó a Argos, donde
su abuelo Adrasto acababa de morir. Fue coronado rey y se convirtió
de este modo en uno de los soberanos más poderosos de toda Grecia.
Diomedes fue uno de
los pretendientes de Helena que, tras ser ésta entregada en
matrimonio a Menelao, se comprometieron por juramento a acudir en su
ayuda si algún hombre trataba de arrebatarle a su esposa. Fue
después de fracasar en su intento de casarse con Helena cuando
Diomedes se casó con Egialea.
Al declararse la
guerra de Troya tras ser Helena secuestrada por Paris, Diomedes hizo
honro al juramento, poniendo al servicio del ejército griego un
total de ochenta naves, el tercer contingente más numeroso después
de los de Micenas y Pilos. Su prestigio entre el resto de los
Epígonos que habían combatido contra Tebas, llevaron a algunos de
ellos, como Esteneleo y Euríalo, a unirse con él y aceptar su
mando. Desde el comienzo de la campaña, Diomedes demostró que no
sólo era un poderoso guerrero, sino también un buen orador, un
hábil estratega y un astuto urdidor de planes. Fue este carácter
artero el que llevó a Diomedes a congeniar con Odiseo, rey de ítaca,
con el que trabó una gran amistad. Ambos, Diomedes y Odiseo, se
convirtieron muy pronto en los hombres de confianza de Agamenón, rey
de Micenas, tal y como demuestra el hecho de que fueran ellos los
encargados de llevar a la pequeña Ifigenia a Áulide, donde sería
sacrificada para que las naves griegas pudieran llegar a Troya. En
todas las versiones que transmiten las fuentes acerca de la muerte
del rey Palamedes, el hombre que había desenmascarado a Odiseo para
obligarle a acudir a Troya, Diomedes colabora con el rey de ítaca en
mayor o menor medida.
DIOMEDES EN LA
ILÍADA
Desde el momento en
el que estallan las hostilidades entre griegos y troyanos, Diomedes
se convierte en uno de los más firmes baluartes de los ejércitos
aqueos. Diomedes es el más fuerte de los caudillos argivos, sólo
superado por Áyax y Aquiles, pero superando él a éstos en
templanza e inteligencia.
Los libros V y VI de
la Ilíada son conocidos como la “aristeía” de Diomedes, una
larga sucesión de versos en los que se narran las hazañas del héroe
en lucha contra sus enemigos. Todo comienza con la intervención de
la diosa Atenea, que infunde en Diomedes un valor especial para
entrar en la batalla y no amedrentarse ante sus enemigos. Además, la
diosa concede al héroe el poder de distinguir qué combatientes eran
mortales y cuáles eran dioses camuflados como tales. Investido de
tales poderes, Diomedes parte a la batalla y consigue exterminar a un
gran número de troyanos, incluyendo dos hijos de Príamo. Eneas, al
ver la masacre que Diomedes está causando entre las filas troyanas,
decide enfrentarse a él ayudado por Pándaro, su auriga y arquero.
Tras matar a Pándaro, Diomedes se enfrenta a Eneas, arrojándole una
gran piedra encima. Cuando está a punto de matarlo, la diosa
Afrodita, madre de Eneas, se presenta para tratar de salvar a su
hijo. Diomedes no duda en atacar a la diosa y consigue herirla en una
mano con su lanza, tras lo cual Afrodita huye hacia el Olimpo.
El dios Apolo se
presenta entonces en el campo de batalla, dispuesto a doblegar al
insolente mortal que se atreve a atacar a los dioses. Aunque llega a
atacarle hasta tres veces, finalmente Diomedes desiste en su intento
de combatir contra el dios y se retira del campo de batalla, no sin
antes llevarse los caballos de Eneas, dos bestias inmortales
descendientes de los caballos del mismo Zeus. Apolo, irritado, pide
ayuda a Ares, dios de la guerra, que desciende al campo de batalla
para equilibrar la situación tras la matanza perpetrada por
Diomedes. La propia Atenea decide entonces intervenir, haciendo que
Diomedes regrese al campo de batalla con ella misma como auriga
dirigiendo su carro. Dado que Atenea va tocada con el yelmo de Hades,
que le confiere invisibilidad incluso a ojos de los dioses, Ares cree
que es sólo Diomedes el que se dirige hacia él, por lo que se
decide a hacerle frente. Es en ese momento cuando Atena dirige el
brazo del héroe, que arroja su lanza contra el dios y le alcanza de
pleno, causándole un gran dolor y un colosal estallido de cólera.
En el curso de este
mismo combate, se produce el encuentro de Diomedes y el troyano
Glauco, un gran guerrero con el que combate y entabla conversación.
Al descubrir ambos que sus familias están unidas por lazos de
hospitalidad, deciden intercambiarse regalos y dejar de combatir. Sin
embargo, gracias a la intervención de Atenea, que nubla el
entendimiento de Glauco, los regalos que Diomedes recibe son mucho
más valiosos que los éste entrega a Glauco.
En un episodio
conocido como la “Dolonía”, Diomedes es elegido junto con Odiseo
para salir del campamento de los griegos en secreto y durante la
noche, y dirigirse al campamento de los aliados de los troyanos en
busca de información. En el camino, atrapan al espía troyano Dolon,
al que consiguen arrancarle una gran cantidad de información acerca
de la estrategia de los troyanos. Tras el interrogatorio, Diomedes
decide dar muerte al prisionero para evitar que pueda continuar con
sus labores de espionaje.
Aunque originalmente
era una misión de espionaje, Diomedes y Odiseo deciden atacar por su
cuenta el campamento de los tracios, aliados de los troyanos,
aprovechando la oscuridad de la noche. Tras asesinar con sigilo a
Reso, rey de los tracios, y a muchos de sus hombres, los dos héroes
griegos roban los caballos del caudillo y los llevan consigo al
campamento de los aqueos, cumpliendo con ello la profecía que decía
que si los caballos de Reso seguían pastando en las llanuras
troyanas, la ciudad nunca caería.
La última aparición
de Diomedes en el poema homérico se produce durante los juegos
fúnebres en honor de Patrocolo. Diomedes gana todos los certámenes
a los que se presenta, gracias a que cuenta con los caballos más
rápidos y a su propia fuerza y agilidad. Especialmente intenso es el
combate en el que se enfrenta con Áyax, un guerrero más fuerte que
él, pero mucho más lento y pesado. Diomedes hace uso de su agilidad
para derribar al rey de Salamina, por lo que el resto de griegos,
temerosos de que el combate termine con la muerte de uno de los dos,
les suplican que cesen en la lucha.
DIOMEDES DESPUÉS DE
LA ILÍADA
Cuando Aquiles mata
a Pentesilea y se echa a llorar sobre su cadáver, el despreciable
Tersites se burla de él, provocando la cólera del Pelida, que mata
al guerrero griego. Mientras todos los caudillos griegos se alegran
de la muerte de Tersites, Diomedes es el único que protesta, ya que
éste era primo suyo y le había ayudado en el pasado a vengar la
muerte de su abuelo. Aunque Diomedes y Aquiles están a punto de
enzarzarse en combate, el resto de los caudillos les disuaden para
que depongan las armas. En algunas versiones, Diomedes se venga de
Aquiles arrojando el cadáver de Pentesilea al Escamandro para que
nadie pudiera rendirle honras fúnebres adecuadas.
Algunas fuentes
señalan que, tras la muerte de Aquiles, Diomedes acompañó a Odiseo
a la corte de Esciros para reclutar a Neoptólemo, ya que una
profecía había señalado que sólo si el hijo de Aquiles combatía
junto a los griegos éstos conseguirían tomar Troya. Del mismo modo,
Odiseo y Diomedes acuden en busca de Filioctetes, ya que sólo con el
concurso de su arco se podría poner fin a la guerra. Diomedes y
Odiseo usan su astucia para robar el arco, tras lo cual el resentido
Filoctetes, que había sido abandonado en la isla por los griegos
años atrás, decide unirse a ellos también.
Cuando el adivino
Heleno, hijo de Príamo, es capturado por los griegos, éste les
revela que sólo si consiguen sacar el Paladio, la estatua de Atenea,
de Troya, podrán tomar la ciudad. Una vez más, se encarga la misión
a Odiseo y Diomedes, pues éstos habían demostrado en el pasado su
habilidad como espías y su astucia. Ambos consiguen llegar hasta las
murallas, y mientras Diomedes aguarda en el exterior, Odiseo consigue
entrar de incógnito en la ciudad. Una vez dentro es reconocido por
Helena que, cansada de la guerra y abatida tras la muerte de Paris,
le revela a Odiseo dónde se encuentra el Paladio. Tras ayudar a
Diomedes a entrar en Troya, ambos matan a un grupo de guerreros
troyanos y entran en el templo de Atenea, donde Diomedes arranca con
sus propias manos la estatua de la diosa.
Una vez en el
exterior se produce una de las escenas más extrañas relatadas por
algunas fuentes. Mientras se dirigían hacia el campamento de los
aqueos, Odiseo trató de asesinar a Diomedes por la espalda para
reclamar toda la gloria de haber robado el Paladio. Diomedes,
alertado por el brillo de la espada, se da la vuelta y consigue
desarmar a Odiseo, al que perdona la vida debido a que su presencia
era necesaria para conquistar Troya. Odiseo vuelve al campamento de
los griegos maniatado y conducido por su hasta entonces amigo.
Diomedes conservó
el Paladio una vez de vuelta en el campamento. La tradición cuenta
dos versiones acerca del destino de la estatua. Para algunos autores,
Diomedes la llevó a Argos, donde permaneció hasta tiempos
históricos. Según otros, se lo restituyó a Eneas, único
superviviente de la aristocracia troyana tras la caída de la ciudad,
para lavar el crimen cometido asesinando a los sacerdotes de Atenea.
Cuando Odiseo
concibió el ardid del caballo de madera para tomar definitivamente
Troya, Diomedes fue uno de los que iba en el interior del artefacto,
causando una gran mortandad entre los teucros en el momento en el que
se desató la matanza.
DIOMEDES TRAS LA
GUERRA DE TROYA
Tras la guerra,
Diomedes fue uno de los primeros caudillos en abandonar las costas de
Troya para regresar a su hogar. Gracias a la protección de la diosa
Atenea, consiguió regresar a Argos sin sufrir contratiempos,
mientras el resto de reyes griegos sufrían penosas cuitas durante el
viaje.
Una vez en Argos,
Diomedes se encontró con que la muerte de Palamedes le había traído
consecuencias inesperadas en su propio hogar. Algunas fuentes cuentan
que su esposa Egialea había sido convencida por el hermano o el
padre de Palamedes de que Diomedes había tomado una nueva mujer en
Troya, por lo que ésta se adelantó en su venganza tomando varios
amantes. Algunos autores, sin embargo, señalan que fue la diosa
Afrodita quien, molesta por la herida que Diomedes le había causado
en la mano durante la batalla, encendió en el corazón de Egialea la
pasión que le llevó al adulterio. Cuando Diomedes llegó a Argos se
encontró con que su esposa había vuelto a toda la población en su
contra, y que tuvo que refugiarse en un templo para evitar ser
asesinado. Fuentes más tardías cuentan que Diomedes nunca consiguió
llegar a Argos, sino que sus compañeros fueron transformados en
pájaros que le atormentaban con sus picotazos como castigo por haber
herido a la diosa Afrodita.
Diomedes partió
exiliado a Italia, donde fue acogido por el rey Dauno, encantado de
contar entre sus guerreros con un héroe como él. Gracias a la ayuda
de Diomedes, Dauno logró derrotar a sus enemigos, los mesapios.
Diomedes se casó con la hija de Dauno, uniendo su sangre a la esta
dinastía y engendrando una larga estirpe de reyes. Desde entonces,
Diomedes se dedicó a fundar diversas ciudades en Italia, que en
época romana aún decían descender de este héroe argivo.
Cuando Turno, rey de
los rútulos, pidió ayuda a Diomedes para enfrentarse a Eneas y los
latinos, éste se negó, afirmando estar cansado de la guerra y
recomendando a Turno que hiciera la paz con sus enemigos. Es de
suponer que Diomedes vivió el resto de sus días en paz, gobernando
su nuevo reino sin involucrarse en conflictos ajenos.
miércoles, 5 de agosto de 2020
Cástor y Pólux, los Hijos de Zeus
Cástor y Pólux
eran hijos de Leda y, por tanto, hermanos de Helena y Clitemnestra.
Símbolos del amor fraternal, fueron en la Antigüedad los gemelos
por antonomasia. El gusto del parabólico fatum por lo miserable hizo
que uno de ellos disfrutara de condición divina, mientras otro se
hallaba sujeto al destino de los mortales.
Nacimiento
Su madre, Leda,
oriunda de Etolia, era esposa de Tíndaro (o Tindaréo), rey de
Esparta y hermano de Ícaro. Según una de las versiones, ésta
resultó ser objeto de deseo de Zeus, quien decidió convertirse en
cisne para garantizar el culmen del cortejo. En efecto, Leda no pudo
resistirse a semejantes encantos anseriformes y, como consecuencia,
quedó encinta. Pero, naturalmente, su relación marital seguía su
curso normal y, como resultado, a Leda le tocó protagonizar un parto
múltiple y variopinto: dos huevos, o tal vez, un huevo y dos
muchachos, o quizás, dos huevos y un muchacho o, incluso, dos niñas
y dos niños; sea como fuere, puesto que las versiones del mito se
quitan la razón alternativamente en cuanto al huevo, Leda tuvo a
Helena, a Clitemnestra y dos gemelos: Cástor y Pólux; la primera y
el último, como fruto de la libido olímpica; Clitemnestra y Cástor,
únicos de sangre plenamente mortal, procedente de su relación con
Tíndaro.
Ninguna versión del
mito niega que Helena procediera de la unión de Leda con Zeus, pero
no en todas se atribuye la misma naturaleza a los gemelos: algunas
versiones dan a ambos la misma consideración de héroes, hijos de
Zeus por igual; de hecho, así tendría más sentido la denominación
que se les da: dioscuros (del griego Diòs koûroi -> hijos de
Zeus); sin embargo, el nudo esencial del mito de los gemelos no
tendría lugar. La versión más extendida es la que hace de Pólux y
Helena hijos de la pasión de Zeus y Leda, nacidos de un mismo huevo,
y a Cástor hijo mortal del rey espartano, en otro huevo con
Clitemnestra. A pesar de todo, muchos poetas, por más que uno de los
Dioscuros, al menos, disfrutara de la condición divina, solían
llamar Tindáridas a ambos hermanos. Un ejemplo lo encontramos en el
poema 10 de los Tristia de Ovidio, que compara los caminos de la nave
que le conduce al exilio y de la de Minerva: ésta viaja por las
Simplégades, usualmente ubicadas en el estrecho del Bósforo,
mientras que él, desde Samotracia, se separa hacia el Lago Bistonio,
actualmente Lago Vistonida, y sigue su camino a pie hacia Tomis,
actual ciudad rumana de Constanza:
«uos quoque,
Tyndaridae, quos haec colit insula, fratres,
mite precor duplici
numen adesse uiae.»
[Ovid, Trist I, 10,
45-46]
También vosotros,
hermanos Tindáridas, a quienes rinde culto esta isla, os ruego que
con favorable voluntad prestéis ayuda en el doble camino.
La constelación de
los gemelos
Cástor y Pólux
raptaron a las hijas de Leucipo, prometidas a Idas y a Linceo, para
casarse con ellas. Idas, ofendido, mató a Cástor, y Pólux, en
venganza, mató al hermano del asesino de su hermano, Linceo. Como
consecuencia de estas rencillas letales, Pólux se vio separado de
Cástor por vez primera y, tal era su amor por él que le pidió a
Zeus que o bien devolviera a la vida a Cástor, o bien le privara a
él de su innata inmortalidad. Zeus, no pudiendo soportar más el
dolor de sus hijos, pero sin estar dispuesto a cambiar por completo
las consecuencias de lo sucedido, dispuso que Pólux residiera en los
Infiernos siempre que Cástor volviera a pisar la tierra, haciéndolos
alternativamente muertos y vivos y concediendo a Pólux, así,
simultáneamente las dos proposiciones de su petición. Más tarde,
Zeus los colocó entre los astros, en la constelación que hoy
reconocemos y llamamos Géminis, compuesta por dos figuras unidas.
Una vez más, la tradición nos ofrece otras versiones sensiblemente
diferentes; cabe destacar el tratamiento que les dan Píndaro y
Ovidio, y no hay que olvidar el himno que se les dedica dentro de los
Himnos Homéricos.
Atributos y
representaciones posteriores
Como los gemelos
fueran considerados excelentes jinetes y aguerridos boxeadores, en el
imaginario se encontraban muy vinculados a determinadas actividades
deportivas, por lo que se han prestado al patronazgo de varios
certámenes de atletismo. Su representación iconográfica los sitúa
usualmente junto a dos lustrosos corceles de color blanco o, también,
montados sobre éstos. El blanco es un color privilegiado en toda su
historia, partiendo por el pulcro color del ave que los hiciera
hermanos. Ellos mismos son dos jóvenes bien formados, que blanden
sendas lanzas. Pueden tener cubierta la cabeza con un gorro de forma
singular.
La principal
atribución de los originales Dioscuros es la de protectores de los
navegantes y guardianes del archipiélago. En este sentido, eran
identificados con el fenómeno conocido como fuego de San Telmo, una
especie de resplandor de color blanco azulado, a veces de aspecto
semejante al del fuego, que se produce durante las tormentas
eléctricas en estructuras elevadas, en este caso, en lo alto de las
arboladuras de los navíos, divisados con mucha frecuencia por los
marineros.
De aquí no tardaron
en otorgarles el título general de guardianes, como vemos en la
ciudad de Roma. En efecto, en la Città Eterna, Cástor y Pólux son
los encargados de velar por la urbe en lo alto de la incómoda
Cordonata, a medio camino entre rampa y escalinata diseñada por
Miguel Ángel, que sube por la colina capitolina hasta la Piazza del
Campidoglio. En ella se disponen geniales tres esculturas para tres
edificios: un Marco Aurelio ecuestre para un Palacio Senatorial, en
el centro, que actualmente se erige como la sede del Ayuntamiento de
Roma, flanqueado ---como nos lo describe el genial e intrépido
Javier Reverte en Un otoño romano--- por dos gemelos, que
constituyen los museos capitolinos: el Palacio de los Conservadores y
el Nuevo, cuyas esculturas correspondientes son también dos gemelos,
los hermanos Dioscuros, de pie sobre la balaustrada de la plaza,
junto a dos bestias equinas que apenas parecen poder soportar la
grandeza de los cuerpos de los hijos de Júpiter Tonante.
Las esculturas
fueron trasladadas a su actual ubicación desde el templo dedicado a
los Dioscuros del Circo Flaminio. Este templo fue erigido a
principios del s.V a.C., y fue reformado y reconstruido varias veces.
El acontecimiento que motivó la construcción del templo parece que
tuvo lugar en la Batalla del Lago Regilo, entre romanos y latinos: En
el fragor de la batalla, dos jóvenes desconocidos fueron divisados
luchando a favor de los romanos; luego anunciaron la victoria de este
bando y no se les volvió a ver. En la actualidad aún se levantan
del templo tres columnas. En fin, volviendo a la Piazza del
Campidoglio, esta ubicación parece la idónea para los gemelos,
Cástor y Pólux, dada la consagración a Júpiter de la colina, por
extensión del templo a él dedicado, que se hallaba en lo cima.
El mito de los
hermanos encuentra paralelismos en otras mitologías: sin ir más
lejos, en Rómulo y Remo. En cualquier caso, han sido objeto de culto
allá donde llegaron los romanos y, así, en el cristianismo por
ejemplo, encontramos una clara trasposición en las figuras de los
apóstoles, concretamente en el caso de Santiago, en quien se unieron
Jacobo y su hermano, Juan, y, según San Marcos, fueron nombrados por
Jesús Hijos del Trueno. La identificación es evidente. Muchas han
sido y en varios formatos las representaciones tardías que incluyen
a los gemelos y, en especial, su concepción; el tratamiento es de
dispares caracteres según el autor: Rubén Darío, Rainer Maria
Rilke, etc.
Cerramos con unos
últimos versos de Eneas en los que suplica a la Sibila, poniendo por
ejemplos a Orfeo y a Pólux:
[...]Gnatique
patrisque,
alma, precor,
miserere;---potes namque omnia, nec te
nequiquam lucis
Hecate praefecit Avernis;---
si potuit Manes
arcessere coniugis Orpheus,
Threïcia fretus
cithara fidibusque canoris,
si fratrem Pollux
alterna morte redemit,
itque reditque viam
totiens.[...]
[...] et mi genus ab
Iove summo.
[Virgilio, Eneida
VI, 116-122]
Del hijo y su padre
ruego tengas compasión, Nutricia, pues todo lo puedes y no sin razón
Hécate te puso al frente de los bosques del Averno; si pudo Orfeo
hacer venir los manes de su mujer, confiando en su cítara tracia y
en la melodiosa lira, si a su hermano recobró Pólux mediante su
muerte alterna, y va y viene constantemente por el mismo camino.
[...] También yo tengo una estirpe procedente del elevado Júpiter.
Apolo, Dios de la Belleza
Apolo es, sin duda,
uno de los dioses más complejos de todo el panteón clásico.
Resulta muy difícil resumir los ámbitos de influencia de esta
divinidad, pues sufrió numerosos cambios y procesos de sincretismo
con otros dioses de menor importancia, acabando por asumir su
iconografía y sus funciones. De este modo, Apolo se convirtió en el
dios de la belleza y todo lo relacionado con ella: la música, las
artes plásticas, la luz. Junto con estas facetas, Apolo es también
el dios de ámbitos tan dispares como la curación, la profecía, el
tiro con arco… Ejemplo del proceso de sincretismo que experimentó
Apolo con otras divinidades fue su asimilación con Helios, el dios
del sol, del mismo modo que su hermana Artemisa fue identificada con
Selene, la diosa de la luna.
NACIMIENTO E
INFANCIA
El nacimiento de
Apolo y su hermana melliza Artemisa fue fruto de la relación entre
Zeus y Leto, una divinidad menor. Al descubrir la nueva infidelidad
de su esposo, Hera amenazó con descargar su ira sobre la tierra que
acogiera a Leto para dar a luz. La joven inició entonces un largo
peregrinaje por diversas regiones, pero en todas ellas, temerosos de
despertar la cólera de Hera, rechazaban darle acogida. De este modo,
Leto llegó a la isla errante de Delos, un lugar que cambiaba
constantemente de posición en el mar y que, en consecuencia, podía
escapar con más facilidad de la venganza de la reina de los dioses.
En esta isla Leto dio a luz a dos mellizos, Apolo y Artemisa.
Agradecido por haber acogido el nacimiento de sus hijos, Zeus puso
fin al peregrinar eterno de la isla de Delos y la fijó en el Océano,
protegiéndola de las posibles represalias de la diosa Hera.
Posteriormente, la isla de Delos fue consagrada al culto al dios
Apolo y llegó a convertirse en uno de los santuarios más
importantes de esta divinidad.
Tras el nacimiento
de los dos bebés, Hera no depuso su ira contra Leto. Deseosa de
cobrarse su venganza, la diosa envió contra Leto a la monstruosa
serpiente Pitón, guardiana del santuario profético de Delfos. Sin
embargo, el joven Apolo, tras armarse con el arco y las flechas que
Hefesto había forjado para él, se enfrentó a Pitón y le quitó la
vida. De este modo, Apolo se convirtió en la divinidad tutelar del
oráculo de Delfos, asumiendo el carácter de dios profético. Según
algunos mitógrafos, Hera hizo aún un nuevo intento para acabar con
la vida de Leto, encargando al gigante Ticio que la asesinara. Una
vez más fue Apolo, en esta ocasión con ayuda de su hermana
Artemisa, el encargado de proteger a su madre. Los mellizos
derrotaron al gigante y lograron que Zeus le castigara encadenándolo
al Tártaro, la región más profunda del infierno.
MITOLOGÍA
Los mitos que los
escritores antiguos narraban acerca de Apolo estuvieron en muchas
ocasiones ligados a este amor filial que el dios demostró en sus
primeros años de vida. Uno de estos mitos cuenta cómo Níobe, reina
de Tebas, se jactó en público de ser superior a Leto al haber
parido y criado a catorce hijos, mientras la diosa sólo había
engendrado dos. Como castigo ante esta impiedad, Leto pidió a sus
hijos que acabaran con la vida de los hijos e hijas de Níobe,
encargo que éstos cumplieron de inmediato. Los catorce jóvenes
murieron bajo las flechas de los mellizos. Níobe, loca de dolor ante
la muerte de sus hijos, escapó de Tebas y buscó refugio en Asia,
donde se tendió a llorar desconsoladamente hasta convertirse en
piedra. De sus abundantes lágrimas se formaron las fuentes del río
Aqueloo.
Como dios de la
música, Apolo fue el protagonista de diversos mitos. Aunque se le
representa con gran cantidad de instrumentos y se le supone el
dominio de todos ellos, el que caracteriza a Apolo por encima de
todos los demás es la lira. Este instrumento de cuerda fue entregado
a Apolo por el dios Hermes, que lo había construido al vaciar el
caparazón de una tortuga y tensar sobre él los ligamentos de un
buey recién sacrificado. Apolo se consideraba a sí mismo el músico
más extraordinario de cuantas criaturas existían.
Todo aquel que
rivalizaba con él en este campo tenía que asumir su derrota o
sufrir las iras del dios. El dios Pan se atrevió a competir con
Apolo en un certamen musical, y aunque él aceptó su derrota, el rey
Midas, soberano de frigia, que estaba presente en el acto, puso en
cuestionamiento la victoria del dios de la música, por lo que éste
le castigó haciéndole crecer dos orejas de burro en la cabeza. Más
trágico aún resultó el destino del sátiro Marsias, que, orgulloso
de su habilidad con el aulós, pequeño instrumento de viento,
desafió a Apolo a un certamen musical. Aunque Marsias se demostró
como un hábil flautista, Apolo acabo por vencer gracias a que la
lira podía acompañarse de forma simultánea con el canto del
intérprete mientras el instrumento de viento no tenía esta
posibilidad. Como castigo por la insolencia demostrada al desafiar a
un dios, Apolo colgó al sátiro de un árbol y le arrancó la piel.
RELACIONES Y
DESCENDENCIA
Los amores de Apolo
fueron variados y fecundos. El dios de la belleza y las artes nunca
escogió una consorte de forma estable, sino que se complació en
satisfacer sus deseos sexuales con una gran variedad de parejas
esporádicas, tanto de sexo femenino como masculino.
Una de las
relaciones amorosas del dios Apolo que han resultado más célebres
por su abundante representación en las artes de diversas épocas es
la que le unió con la ninfa Dafne. El relato más completo, y el más
hermoso, de este mito lo encontramos en las Metamorfosis del poeta
latino Ovidio. Según esta versión, el dios Apolo se burló del
pequeño Cupido por su escasa habilidad con el arco y las flechas,
afirmando que su propia habilidad con estas armas no tenía rival
entre el resto de los dioses. Cupido, ofendido ante esta afirmación,
concibió una venganza: extrajo de su carcaj una flecha de oro y una
de plomo.
La flecha de oro
producía el efecto de hacer caer presa del amor a todo aquel
alcanzado por ella. La de plomo causaba el efecto contrario, la
víctima del flechazo rechazaba cualquier proposición amorosa que se
le hiciera. Cupido, para cobrarse su venganza, alcanzó a Apolo con
la flecha de oro, mientras disparaba la de plomo a la ninfa Dafne,
una divinidad de gran belleza de la que el dios de la música cayó
de inmediato enamorado. Pese a la insistencia del dios, Dafne, movida
por el efecto de la flecha de plomo, rechazó todas las proposiciones
de Apolo. Las propuestas de Apolo se hicieron cada vez más
apremiantes, de modo que la ninfa echó a correr para escapar de los
deseos del dios. Al sentirse incapaz de escapar de su perseguidor,
Dafne elevó una plegaria a la diosa Gea para que ésta la ayudara de
alguna manera. En respuesta a sus súplicas, Gea transformó a la
ninfa en un árbol, el laurel, de modo que ésta pudo escapar a los
deseos sexuales de Apolo. El dios, sin embargo, continuó sintiendo
una gran devoción por el árbol que antaño fuera su amada Dafne, y
escogió el laurel como uno de sus símbolos. De este modo, el laurel
se convirtió en la planta que coronaba las sienes de poetas y
músicos, así como en uno de los productos asociados a las artes
adivinatorias de la pitonisa del oráculo de Delfos.
El poeta Ovidio
narra otro mito amoroso que tiene como protagonistas al dios Apolo y
a dos hermanas, Leucótoe y Clitia. El dios, prendado de la belleza
de Leucótoe, se hizo pasar por la madre de ésta para lograr el
acceso a sus habitaciones y, una vez allí, mantener relaciones
sexuales con la joven. La hermana de ésta, Clitia, celosa ante las
atenciones que Leucótoe recibía de un dios, denunció estas
relaciones al padre de ambas.
Éste, enfurecido, ordenó que su hija
fuera enterrada viva para purgar la vergüenza que había caído
sobre la familia. Clitia, al descubrir que la muerte de su hermana no
hacía que el dios Apolo se fijara en ella, enfermó de pena y murió.
Como castigo por lo que había hecho, el dios Apolo la convirtió en
un girasol. Por este motivo, esta planta está condenada a seguir
eternamente el movimiento del sol, encarnación de Apolo-Helios, por
el firmamento.
De entre los amores
homosexuales del dios Apolo tuvo especial relevancia su relación con
el joven Jacinto. Era éste un hermoso espartano del que el dios
quedó prendado. En unos juegos atléticos, muy valorados en Esparta,
otro joven, Céfiro, desvió la trayectoria de un disco lanzado por
Apolo, de modo que el disco acabó impactando en la cabeza de
Jacinto, causándole la muerte.
Como castigo, Apolo
transformó a Céfiro en un viento, mientras que a su amado Jacinto
lo transformaba en una flor. Para los griegos, los dibujos de los
pétalos del jacinto representaban dos letras, la alfa y la i, que
pronunciadas juntas representaban el lamento del dios ante la muerte
del joven espartano.
Otro joven que
recibió las atenciones sexuales de Apolo fue Cipariso. Como regalo
para su joven amante, Apolo le entregó un pequeño ciervo blanco
domesticado. Sin embargo, estando de caza, Cipariso clavó por
accidente su lanza en el costado del pequeño ciervo, causándole la
muerte. Desolado ante este hecho, Cipariso pidió a Apolo que le
permitiera llorar la muerte del animal eternamente. El dios accedió
a esta súplica, convirtiendo al joven en un ciprés. Las gotas de
savia ambarina que resbalan por los troncos de los cipreses serían,
según este mito, las lágrimas que el joven Cipariso derrama aún
por la muerte accidental de su mascota.
APOLO EN EL CICLO
TROYANO
Durante la guerra de
Troya, Apolo se mostró como un firme defensor de los ejércitos del
rey Príamo y un enconado adversario de los griegos. Cuando Agamenón
se negó a devolver a la joven Criseida, capturada como esclava en
una incursión de los ejércitos aqueos, su padre, el sacerdote
Crises, pidió al dios Apolo que vengara la afrenta y enviara una
catástrofe sobre los griegos. El dios escuchó la súplica de su
sacerdote y envió sobre los griegos una terrible peste que causó
entre sus filas una gran mortandad. Ante esta situación, el rey
Agamenón consultó al adivino Calcante qué podían hacer para
paliar la enfermedad. Calcante le reveló que la causa de la peste no
era otra que la ira del dios Apolo, una ira que sólo desaparecería
en el momento en que Agamenón devolviera a Criseida a su padre. El
rey de Micenas aceptó la devolución de la joven, pero sólo si
Aquiles le cedía a una de sus esclavas, la bella Briseida. Aquiles
aceptó aquella exigencia, pero, sintiéndose insultado, decidió
retirarse de la batalla junto con sus tropas, una decisión que
resultaría fatal para los ejércitos griegos. La devolución de
Criseida, sin embargo, logró que Apolo depusiera su cólera e
hiciera remitir la peste que asolaba el campamento de los aqueos.
La intervención más
célebre y decisiva de Apolo en la guerra se produjo cuando el dios,
encolerizado por la prepotencia de Aquiles, dirigió la flecha que el
príncipe Paris le disparó a éste, haciendo que la saeta se clavara
en su talón, el único punto vulnerable de la anatomía del héroe.
Aquiles murió como consecuencia de esta herida, causando una gran
conmoción entre las filas de los griegos. Sólo la llegada a Troya
del hijo del héroe, Neoptólemo, pudo suplir la ausencia de Aquiles.
Sin embargo, las
relaciones de Apolo con los troyanos no siempre tuvieron este
carácter tan positivo. Generaciones antes de la guerra de Troya,
Apolo y Poseidón fueron condenados por Zeus a obedecer las órdenes
del rey de esta ciudad, Laomedonte. El monarca les encargó que
construyeran unas murallas que protegieran el perímetro de la urbe,
y ambos dioses cumplieron su castigo. Sin embargo, una vez concluidos
los trabajos, el rey se negó a entregar a los dioses la recompensa
que les había prometido, motivo por el cual Poseidón, suponemos que
con el concurso de Apolo, envió contra la ciudad de Troya un
monstruo marino, que asoló sus costas hasta que Heracles lo mató.
Hubo otras ocasiones
en las que Apolo se mostró especialmente duro con los troyanos.
Cuando la princesa Andrómaca, hija del rey Príamo, era apenas una
adolescente, el dios se presentó ante ella y requirió sus favores
sexuales. La joven Andrómaca se negó a entregarse al dios, y éste,
como castigo, le concedió a la princesa un regalo envenenado. En
adelante, Andrómaca tendría el don de la profecía y podría ver
todo lo que acontecería en el futuro. Como contrapartida, nadie
creería las palabras de Andrómaca. Con este castigo como carga por
su negativa a los requerimientos del dios, Andrómaca pudo prever la
caída de la ciudad de Troya en el momento en el que el príncipe
Paris puso un pie en el palacio de Príamo; sin embargo, tal como
había vaticinado Apolo, nadie creyó a la princesa.
Hefesto, El Dios de la Fragua
La literatura
antigua nos ha legado varias versiones acerca del nacimiento de
Hefesto. Según Hesíodo, Hera engendró a este dios en solitario
como venganza ante el peculiar nacimiento de Atenea de la cabeza de
Zeus. Sin embargo, Homero cita en alguna ocasión a Hefesto como hijo
de Zeus. Fuera o no hijo del padre de los dioses, el pequeño Hefesto
nació deforme, sin la característica belleza que adornaba al resto
de las divinidades.
Según una versión,
para deshacerse de aquella repugnante criatura, Hera arrojó al niño
desde lo alto del Olimpo. El pequeño Hefesto cayó durante varios
días hasta que impactó contra la superficie del mar, donde le
recogieron las nereidas. Éstas le criaron en la isla de Lemnos, uno
de los centros de culto al dios más importantes de la Antigüedad al
ser el lugar donde el joven Hefesto aprendió las técnicas de la
artesanía, arte en el que se convirtió en el maestro absoluto. La
caída, por tanto, no produjo la muerte al pequeño dios, pero sí
dejó en él una secuela de por vida: una característica cojera que
le impedía caminar con normalidad y que afeaba aún más su aspecto.
Existen, sin embargo, otras versiones acerca de la caída de Hefesto
desde el Olimpo. Según estas versiones, no fue Hera, sino Zeus,
quien arrojó al dios desde la montaña sagrada como castigo, bien
por haber participado junto con su madre en una conspiración para
derrocar al rey de los dioses, bien por haber liberado a ésta de su
cautiverio tras una pelea con su esposo.
La expulsión de
Hefesto del Olimpo no duró mucho. Los dioses, al descubrir su
habilidad como artesano y herrero, comenzaron a hacerle encargos, de
modo que el prestigio del joven dios empezó a aumentar rápidamente.
Su propia madre, Hera, le encargó un trono de oro y diamante para su
palacio. Hefesto aprovechó esta petición para vengarse de su madre:
cuando la reina Hera se sentara en el trono, quedaría atrapada en él
hasta que el propio Hefesto la liberara. Una vez entregado al
encargo, Hera cayó en la trampa. Pese a que todos los dioses
suplicaron a Hefesto que regresara al Olimpo y liberara a su madre,
éste, enojado por el trato que se le había dispensado tras su
nacimiento, se negó a obedecer. Sólo Dioniso consiguió, gracias a
sus artes, emborrachar a Hefesto y hacer que éste regresara al
Olimpo a lomos de un burro. Una vez recuperado de su embriaguez,
Hefesto aceptó liberar a Hera, pero puso una dura condición, tomar
como esposa a la hermosa Afrodita. Zeus, deseoso de ver a Hera libre,
no pudo negarse y le concedió a Hefesto la mano de la más bella de
las diosas.
MITOLOGÍA
Toda la mitología
de Hefesto gira en torno a su fealdad física y su habilidad como
herrero. Como esposo de Afrodita, se encargó de que su esposa
luciera aún más bella de lo que su aspecto natural ya le
proporcionaba, y para ello forjó para la diosa una gran cantidad de
joyas y artefactos de belleza. Pese al amor incondicional que Hefesto
sentía por ella, Afrodita no correspondía sus sentimientos. Incapaz
de resignarse a ser la consorte del deforme dios, Afrodita buscó
consuelo en los brazos del dios de la guerra Ares.
Sin embargo, el
engaño no duró mucho. Helios, dios del sol, que desde lo alto del
firmamento contempla todas las actividades de dioses y mortales,
descubrió la infidelidad de Afrodita y corrió a la fragua de
Hefesto para revelarle al dios el engaño. Éste, irritado, decidió
urdir un engaño para humillar a su esposa y al amante de ésta. En
su fragua tejió una red de plata irrompible. En un momento en el que
Ares y Afrodita estaban copulando en el lecho, Hefesto les sorprendió
y arrojó sobre ellos la red mágica. Los amantes quedaron atrapados
por el artefacto. Hefesto, para humillarles y dejar patente la
traición de su esposa, llamó a todos los dioses para que
contemplaran sus cuerpos desnudos entrelazados. Afrodita,
avergonzada, suplicó a su esposo que la liberara, prometiendo romper
su relación con Ares. Hefesto, ablandado por las súplicas de su
esposa, decidió retirar la red y terminar con el suplicio al que
había sometido a los dos amantes.
En cuanto a la
habilidad de Hefesto como herrero, todos los autores antiguos
coinciden a atribuir a este dios la creación de la mayoría de las
armas y artefactos poderosos que los dioses portaban, bien en la
batalla, bien en su vida cotidiana. Entre los objetos creados por
Hefesto cabe destacar las sandalias con alas de Hermes, el cinturón
de Afrodita, la égida de Zeus, el carro con el que Helios surcaba
los cielos, el arco y las flechas de Eros, el casco de invisibilidad
de Hades… En colaboración con sus ayudantes, los cíclopes,
Hefesto forjaba en su fragua la principal arma de Zeus: los rayos con
los que fulminaba a sus enemigos. Algunos mortales privilegiados,
como Pelope o Armonía, también disfrutaron de los regalos de
Hefesto.
RELACIONES Y
DESCENDENCIA
Los autores antiguos
que hablan del enlace entre Hefesto y Afrodita no citan a ninguno de
sus hijos, por lo que se considera que este matrimonio no tuvo
descendencia. Existe una versión más antigua recogida por Homero,
según la cual no era Afrodita la esposa de Hefesto sino Aglaya, una
de las tres Cárites. Con Aglaya sí habría tenido Hefesto una
descendencia notable: Eucleia, Eufeme, Eucenia y Filofrósine.
En la ciudad de
Atenas se narraba un mito fundacional según el cual el dios Hefesto
era el padre de uno de sus principales reyes, Erictonio. Según este
mito, Hefesto, encendido de pasión ante la belleza de la virginal
Atenea, intentó violarla. Sin embargo, la diosa se resistió, de
forma que el semen de Hefesto acabó derramado en la pierna de
Atenea. Ésta se limpió con repugnancia el semen del dios con un
pedazo de lana y lo arrojó al suelo. La unión de la semilla del
dios con la diosa Gea, divinidad de la tierra, engendró a una
criatura, el pequeño Erictonio. La diosa Atenea se compadeció del
niño y le crió hasta que éste se convirtió en rey de la ciudad
sobre la que esta diosa ejercía como protectora.
HEFESTO EN EL CICLO
TROYANO
El papel que Hefesto
jugó en el ciclo troyano fue de gran importancia. Como poderoso
guerrero y como hábil artesano, Hefesto siempre estuvo del lado de
los griegos, poniendo sus capacidades al servicio de la caída de
Troya. Aunque no conocemos motivo alguno para este alineamiento, es
posible que en la decisión del dios tuviera cierta importancia el
hecho de que Tetis, la nereida que le había criado tras su caída
desde el Olimpo, fuera la madre de Aquiles, el principal héroe
griego.
De hecho, tras la pérdida de la armadura de Aquiles,
capturada como botín por los troyanos después de Que Patroclo
cayera bajo sus armas, Tetis suplicó a Hefesto que le forjara a su
hijo una nueva, más bella y poderosa aún que la anterior. El dios
de la fragua puso toda su habilidad al servicio de su madrastra y
forjó para Aquiles un espectacular juego de armas a cuya descripción
dedica Homero casi todo un canto de su Ilíada. La irrupción de
Aquiles en la batalla ataviado con sus nuevas armas supuso un giro
decisivo para el desarrollo de los combates que culminó con la
muerte de Héctor, el caudillo troyano.
Por otro lado, en la
Teomaquia, Hefesto fue el protagonista de uno de los combates más
impresionantes de todos los narrados en la Ilíada. El dios de la
fragua se enfrentó al Escamandro, el río protector de Troya.
Hefesto, como dios de la herrería, dominaba los poderes del calor y
el fuego, mientras el Escamandro hizo uso de sus corrientes
acuáticas. En este enfrentamiento entre el fuego y el agua, el dios
Hefesto consiguió evaporar las armas de su adversario, alzándose
con la victoria.
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