Atención Por Favor.

Ante todo nos dirigimos y agradecemos a todos por la ayuda que nos dan con este blog ya sean seguidores, oyentes del programa de radio y por sobre todo a todos aquellos propietarios de webs, blogs, libros y todos los lugares donde han obtenidos la información y nos han acercado a nuestro mail para que podamos publicarlas en este humilde blog, para que todas las semanas desde hace ya 7 años podamos compartir en dos emisiones las tantas historias, enigmas y misterios del universo que se van pasando de generación en generación y así reflejar esas viejas leyendas, historias, enigmas y misterios que de niños oímos mas de una vez y que nos asustaban en algunos casos como también en otras nos enseñaban a valorar y respetar esas narraciones.

Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.



domingo, 21 de marzo de 2010

Otoño


El otoño es una de las estaciones del año. Astronómicamente, comienza con el equinoccio de otoño (entre el 21 o el 20 de marzo en el hemisferio sur y entre el 22 y el 23 de septiembre en el hemisferio norte), y termina con el solsticio de invierno (alrededor del 21 de junio en el hemisferio sur y del 21 de diciembre en el hemisferio norte ).

Sin embargo, a veces es considerado como los meses enteros de marzo, abril y mayo en el hemisferio sur y de septiembre, octubre y noviembre en el hemisferio norte.

En ambos hemisferios, el otoño es la estación de el invierno cosechas de, por ejemplo, el maíz y el girasol. En literatura el otoño, en sentido figurado, representa la vejez. Durante el otoño, las hojas de los árboles caducos cambian y su color verde se vuelve amarillento y amarronado, hasta que se secan y caen ayudadas por el viento que sopla con mayor fuerza. Desde esta estación la temperatura comienza a ser un poco fría.

lunes, 15 de marzo de 2010

Hathor, La Diosa Egipcia


En la mitología egipcia, Hathor era la gran divinidad que los griegos identificaron con Afrodita. Diosa del Cielo, era considerada como hija de Ra. Su nombre egipcio era Hut-Hor, interpretado como “la morada de Horus”, de quien, se la hacía madre, explicando esta denominación porque el Sol según se decía, se encerraba en su seno cada tarde para renacer al día siguiente.

Los textos decían también de ella que era la gran vaca celeste que había creado al Mundo y todo cuanto contiene, incluso el Sol. Por ello se la representaba en forma de vaca, su animal sagrado, bien con cuerpo de diosa y cabeza de vaca, o simplemente con cabeza humana adornada de cuernos y disco solar, también con orejas de vaca y grandes trenzas que encuadraban su rostro.

Protectora de las mujeres y de cuanto afectaba a su gracia y adornos, Hathor conoció y gozó de inmensa popularidad como diosa del amor y de la alegría. Se la proclamaba “dueña de la alegría, soberana de la danza, ama de la música, señora del canto, reina de los saltos y patrona del enlazamiento de de las guirnaldas”. Y su templo “mansión de la embriaguez y lugar de la vida agradable”. Benévola con los vivos, lo era aún más con los muertos. Con el nombre de “reina de Occidente”, era la protectora de las necrópolis.

También era llamada la “Dama del sicomoro”, porque escondida entre las hojas de este árbol, en los límites del desierto, salía para ofrecer a los muertos el agua y el pan de bienvenida. Se decía también que ella era la que sostenía la larga escalera por la cual los justificados podían subir al Cielo.

Se creía también en las siete Hathores, consideradas sus hijas o una manifestación de ella misma, cuyo papel era parecido al de las hadas de cuento pues, cuando nacía un niño, las siete Hathores iban a su lado y le anunciaban su destino.

El principal santuario dedicado a Hathor estaba en Dendera, donde era venerada como diosa del amor, la maternidad, la belleza juvenil, la alegría y el erotismo. Fue diosa del nomo XXII del Alto Egipto, III del Bajo Egipto y de varios del Egipto Medio. El matrimonio Horus-Hathor era venerado en el Alto Egipto, sobre todo en la zona de Tebas, donde tenía lugar las fiestas anuales en honor a ambas deidades.

Hathor tuvo templos dedicados también en Abu Simbel –identificada con Nefertari–, File, Deir el-Medina, Deir el-Bahari, Serabit el-Jadim (Sinaí), Gebelein y otras ciudades denominadas Afroditópolis.

sábado, 13 de marzo de 2010

Chicomecoatl, La Gran Diosa del Maiz


Chicomecoátl, palabra náhuatl que quiere decir “Siete Serpiente”, era el nombre de la gran diosa del maíz. Sahagún equipara a esta divinal figura con la Ceres de la Roma antigua, y acerca de ella destaca lo siguiente: “…era la diosa de los mantenimientos, así de lo que se come como de lo que se bebe… debió ser esta mujer la primera que comenzó a hacer pan y otros manjares y guisados. La pintaban con una corona de papel en la cabeza, y en una mano un manojo de mazorcas y en la otra una rodela con una flor de sol, su falda y blusón adornados con flores acuáticas”.

De acuerdo a un canto dedicado a su reverenciada presencia, se sabe que vivía en el celestial y paradisiaco jardín Tlalocan, y que cuando culminaba la fructificación del maíz, retornaba a su plácido hogar. A su templo se le conocía como Chicometeótl iteopan y se le celebraban ritos principalmente en el mes de huey tzoztli o “la gran vigilia”. Los aztecas le dedicaban muchas ofrendas, consistentes más que nada en alimentos, que colocaban a los pies de los dioses particulares de las casas y de los templos. A la postre todo era llevado al templo propio de Chicomecoátl, en donde los alimentos eran degustados por los asistentes. Luego, en otra jornada, (en el mes de esta divinidad, el Ochpaniztli) los sacerdotes designados para llevar a cabo el ceremonial de la diosa Chicomecoátl, se disfrazaban con las pieles de los prisioneros cautivos, sacrificados un día antes y se situaban en las alturas de un templete desde donde lanzaban a la gente del pueblo, los fieles allí congregados, semillas de maíz y calabaza, de colores variopintos. Las hermosas doncellas que cuidaban del templo de la diosa, lucían brazos y piernas ornamentados con plumas, y sus núbiles rostros con marmaja. Ellas llevaban en la espalda siete mazorcas de maíz untadas de hule y protegidas con papel. Precisamente a partir de estas mazorcas se conseguían las semillas para el sagrado ritual del año venidero. Completando este ceremonial se ungía a una mujer joven que tenía el cometido de encarnar a la diosa Chicomecoátl. Portaba además, en la frente, una pluma verde, simbolizando una espiga de maíz; luego, al anochecer le cortaban la pluma junto a la cabellera y los ofrecían a la imagen de la diosa. Por la mañana, en el punto culminante de los festejos para Chimecoátl , se sacrificaba a esta joven y a varios cautivos sobre las mazorcas, en aras de la fertilidad y la prosperidad continua de las cosechas y del gran pueblo mexica.

Hanuman, El Gran Rey Mono


Hanuman, el rey mono, nació para ayudar a Rama en su enfrentamiento contra Ravana. Y su nacimiento fue previamente planificado por el propio Visnú, el cual pidió a los dioses que crearan una raza especial de monos que fueran capaces de luchar contra los temibles demonios.

Todo comenzó cuando el Rey Dasaratha, que ansiaba ser padre, regaló a sus tres esposas ricos dulces para endulzar sus espíritus y hacer nacer en ellas sentimientos maternales. Pero una de ellas, de nombre Kaikeyi, sintiéndose ofendida al ser la última en recibir su porción del manjar, lo dejó a un lado dispuesta a no probarlo. Fue entonces cuando pasó por allí un pájaro que, cediendo ante la tentación, lo atrapó en pleno vuelo.

Pero poco duró en su poder el botín pues terminó dejándolo caer sobre un frondoso bosque, en donde Vayu hizo que fuera a parar ante Anjana, una mona que se lo comió tras recibir esa petición del mismísimo Siva. Tras esto Anjana quedó embarazada y el fruto de su estado de buena esperanza fue Hanuman, el rey mono.

Y nació Hanuman, y era tal su apetito que pronto Anjana se dio cuenta de que era casi imposible saciarlo. Poco podía hacer sino intentar constantemente satisfacerlo.

Y hasta tal punto llegó que cierto día Hanuman, ansioso por encontrar qué llevarse a la boca, quiso comerse el Sol, al que veía como un inmenso y apetitoso fruto de piel dorada. Saltó entonces el rey mono en dirección al Sol para atraparlo y devorarlo, pero éste consiguió escaparse. Hanuman, que no estaba dispuesto a perder tan tentadora delicia, lo persiguió a través del cielo utilizando para ello su capacidad para volar.

Pero Indra, dios del cielo visible, enfadado, lanzó un rayo sobre el osado mono que lo hizo caer hasta la tierra. Ésto desagradó bastante a Vayu, siempre atento a los pasos dados por Hanuman, el cual levantó un viento tan intenso sobre todos los dioses hasta conseguir producirles una terrible indigestión. Indra tuvo entonces que disculparse ante Vayu y, como muestra de su arrepentimiento, concedió el don de la inmortalidad al rey mono.

Otras versiones del mito del Rey Mono en la mitología hindú hablan de que fue Rama quien le concedió la inmortalidad, y fue para cumplir su deseo de vivir tanto tiempo como los mortales recordaran al dios Rama.

Varuna, Divinidad Hindú


En la religión védica primitiva, (antes del hinduísmo), Varuna era un dios muy importante, que regía los bajos fondos y el reino de los muertos, así como también era el dios de la lluvia, creador de rayos, tormentas y truenos.

Varuna era el jefe de los Aditias y amo del panteón védico; el Urano de los hindúes. Resplandeciendo con sombría claridad, Varuna estaba en conexión con la Luna, depósito del licor sacrificial, el Soma. Él velaba por la conservación de esta ambrosía a través de las alternativas de crecimiento y decrecimiento del astro de la noche. Como, además, la Luna era una de las moradas de los muertos, Varuna compartía con el primer difunto, Yama, el título de rey de los muertos.

Varuna tenía el Cielo por vestido, no conocía el sueño y nada escapaba a su vigilancia, pues sus oídos eran las estrellas y éstas eran innumerables. De su garganta manaban las siete corrientes de agua celestial, fuentes de todos los ríos de la Tierra. Dios de las Aguas y de la Verdad, enviaba la hidropesía como castigo a los malos: “Pues el Mal es la Mentira, y no hay otro bien que el Bien, que es la Verdad”.

A Varuna se le representaba como un hombre blanco montado sobre un monstruo marino, el Makara, y con un lazo en la mano: alusión a su papel de justiciero. Se enamoró de la ninfa Urvasi al mismo tiempo que el Sol, Surya. Tuvieron un hijo famoso por su ascetismo: Agastia.
Soberano del orden, tanto físico como moral, Varuna está presente en todas partes. “Sigue la huella de los pájaros que vuelan por el cielo lo mismo que el surco del navío en las aguas”. Conocía el pasado y el porvenir. Era testigo de toda acción y presente estaba, asimismo, en toda convención. Ninguna autoridad igualaba a la suya. Pese a tanta excelencia y prerrogativas, en los himnos era ya un dios secundario.

Tezcatlipoca, El Dios Del Espejo Humeante


En los tiempos míticos, el tiempo mismo se difumina en mythos y como una niebla iridiscente los restos de lo causal se dispersan y construyen laberintos de azar y de contingencia, auténticas veredas hacia el misterio más pleno: el insondable espacio sagrado, el triunfo de la posibilidad sobre el hecho escueto que nunca se da como tal.

De allí justamente brotan las jubilosas figuras de las deidades prehispánicas, y de entre ellas destaca sobremanera la del gran dios Tezcatlipoca.

Su nombre quiere decir “espejo humeante” en náhuatl, pero también se le conoce como Telpochtli, es decir “el mancebo” ; o también Yoalli Ehecatl “viento nocturno” así como Titlacahua “ cuyos hombres somos “ y Moyocoyani “ que expresa “el que se inventa a sí mismo”.

Es realmente asombroso, el modo en el que este siniestro numen, Tezcatlipoca, se asemeja al Dionisos de los antiguos griegos: ambos se identifican en lo diverso, o más precisamente como un reflejo disperso, teniendo al espejo como uno de sus símbolos privilegiados, en el cual ambos dioses se contemplan llenos de fascinación; su esencia divina esparcida en terrenales existencias; ambos son el mancebo celestial, el joven maestro de otredades, de enigmas perennemente irresolutos que concentran el nombre secreto de la realidad en su ser complejo e infinito.

De Tezcatlipoca, el dios del espejo humeante, apunta Sahagún:

“era tenido por verdadero e invisible, el cual andaba en todo lugar, en el cielo, en la tierra, y en el infierno…y decían: él es el único que entendía acerca del regimiento del mundo, y que sólo daba las prosperidades y las riquezas, y que él sólo las quitaba cuando se le antojaba.”

A Tezcatlipoca se le representaba como un joven con taparrabo y el rostro y las piernas pintadas a rayas. En la cabeza ostentaba un tocado de pedernales, también orejeras de oro en espiral. Además lucía brazaletes de plumas preciosas y muy coloridas. En la espalda cargaba un adorno elaborado de plumas de quetzal, así como un escudo en la mano, también de plumas y una bandera ritual de papel.
Tezcatlipoca es una de las deidades más veneradas y fascinantes de todo el mundo prehispánico.

sábado, 6 de marzo de 2010

Supersticiones Marítimas


Los marineros se han refugiado siempre en una serie de creencias que les ayudan a soportar las duras condiciones de la vida en el mar. Cuando viajas en un barco sólo una débil estructura de acero (o madera) te separa de perecer en la inmensidad del océano. Las supersticiones aportan entonces una cierta sensación de control sobre elementos decisivos para la supervivencia, la mayor parte de las veces tan azarosos como, por ejemplo, las condiciones atmosféricas. Si no rompes ningún tabú y adoptas las medidas adecuadas la ira de los dioses se aplaca, la tormenta no estalla, el viento sopla favorable y tu barco llega sano y salvo a puerto.

Recogemos aquí creencias de épocas diversas:


1) Los barcos, como las personas. Cada navío tiene un nombre distinto y, en cierta manera, su propia personalidad. A veces se les personifica hasta el extremo de atribuirles buena o mala suerte. Siempre han existido barcos con fama de gafe, y otros de los cuales se decía que disfrutaban siempre de tiempo favorable y que, en ocasiones, si sus tripulantes necesitaban algún producto lo encontraban casualmente a la deriva.

La botadura de un barco equivale a su bautizo, y constituye un momento de bastante carga simbólica. La costumbre de romper una botella de champagne contra el casco tiene su origen en la antigüedad, cuando se vertía vino tinto en la cubierta como libación a los dioses del mar. Los vikingos hacían esta ofrenda con la sangre de algún prisionero sobre cuya espalda arrastraban el barco al bajarlo al mar.

El nombre del navío también es importante. Los armadores de épocas pasadas intentaban evitar aquellos relacionados con el fuego, los relámpagos o las tormentas. Según algunos, no se debía cambiar nunca el nombre del barco, aunque entre los piratas era práctica habitual.

2) Malos augurios. Existían fechas nefastas durante las cuales nadie debía abandonar el puerto. En el ámbito anglosajón se consideraba tentar a la suerte salir al mar los viernes (día en que crucificaron a Jesucristo), el primer lunes de abril (día en que Caín mató a Abel), el segundo lunes de agosto (día en que Dios Castigó a Sodoma y Gomorra) o el 31 de diciembre. Los miércoles, sin embargo, eran días favorables. Por otro lado, constituía un mal presagio escuchar las campanas de una iglesia desde el barco mientras este zarpaba.

También podía haber señales positivas. La mejor, los fuegos de San Telmo, esa luminiscencia que aparece en los extremos de los palos del barco bajo unas determinadas condiciones atmosféricas. No obstante, en algunas zonas se creía que si iluminaban a un marinero este moriría antes de que pasaran 24 horas.

3) Amuletos y objetos gafe. En la Isla de Man consideraban que una pluma de reyezuelo constituía un buen amuleto contra los naufragios y los ahogamientos, aunque sus propiedades sólo duraban doce meses. En otras zonas era habitual llevar un aro de metal en la oreja para alejar las tormentas.

Con el objetivo de proteger al barco y a su futura tripulación, los armadores colocaban una moneda bajo el palo mayor, tal vez como pago preventivo al barquero infernal Caronte. Una estrella polar dibujada en el extremo del bauprés también ayudaba. Sin embargo, la protección del barco y su tripulación recaía sobre todo en el mascarón de proa. En su origen, los mascarones iban dentro del barco, cumpliendo una función religiosa: primero como cabezas de animales sacrificados a los dioses, después estas fueron sustituidas por tallas de madera. Finalmente pasaron a la proa, bajo la forma de algún animal totémico o alguna deidad marina, hasta que a principios del XIX se popularizaron las figuras femeninas (vestidas o no), por la creencia de que su visión amansaba a los dioses del mar. Si el mascaron fallaba en su cometido, y por tanto el barco naufragaba, se le cortaba la cabeza para que no volviera a ser utilizado.

A bordo se consideraba que traían mal fario las flores y los paraguas. También entregar una bandera a alguien a través de los travesaños de una escalera o ponerse la ropa de un compañero fallecido antes de terminar la travesía.

4) Animales. En términos generales estaba mal vista la presencia en el barco de animales con pelo, al contrario que la de los animales con plumas. Aunque había excepciones: que un gallo cantase a bordo era una señal inequívoca de mala suerte, y la presencia de un gato siempre era apreciada, ya que mantenían a raya a los ratones y proporcionaban distracción a los marineros, aunque algunos creían que los de su especie podían invocar tormentas.

Aunque a veces una aleta de tiburón podía servir de talismán, un tiburón siguiendo al barco por el lado de popa presagiaba la muerte de algún tripulante.

Infligir daño a un albatros podía acarrear consecuencias nefastas, como las que sufre el protagonista del poema “La canción del viejo marinero”, de S. T. Coleridge, al parecer inspirado por la vida del corsario George Shelvocke, quien tras matar a un albatros tuvo siempre mal tiempo. La causa de este tabú radicaba en la creencia de que los marinos muertos se reencarnaban en albatros.

5) Pasajeros peligrosos. Uno de los grupos de supersticiones marineras más curioso es el referente a pasajeros supuestamente funestos. Resulta ya un clásico la creencia de que las mujeres a bordo atraen las tempestades. Los curas también suponían una presencia funesta, al igual que los finlandeses, que tenían fama de ser brujos capaces de hechizar el barco e invocar tormentas.

Pero con independencia de su nacionalidad o condición, cualquiera tenía prohibido silbar a bordo, actividad que podía despertar a los vientos y provocar un temporal, o hacer sonar el cristal de una copa, ya que esto provocaba en algun lugar distante el ahogamiento de un marino.

Los difuntos tampoco eran pasajeros apreciados. A nadie le gustaba transportar un ataúd en su barco, y los marineros que morían en alta mar eran arrojados al océano envueltos en una mortaja de lona con una bala de cañón dentro. La última puntada que cosía la mortaja atravesaba la nariz del fallecido, para que su fantasma no persiguiese al barco. Los ataúdes constituían una mala carga incluso vacíos.
6) ¡Hombre al agua! Pocas experiencias debe de haber más terribles que caer al agua en alta mar y ver cómo tu barco se aleja poco a poco. En épocas pretéritas muchos marineros no sabían nadar, y además se consideraba fuente de mala suerte rescatar a una persona que se estuviera ahogando. Suponía inmiscuirse en los asuntos de los dioses del mar o del destino. Por otro lado, cuando alguien moría ahogado, su cadáver, según creencia muy extendida, iba directo al fondo del mar, a los nueve días regresaba a la superficie y después se hundía definitivamente. Ver un cadáver durante ese breve periodo de tiempo era un mal presagio.